Capítulo 1: La noticia.

1545 Palabras
Zaid. Apenas abrí mis ojos para entender lo que sucedía. Vi a mi hermano —demasiado tonto, al decir verdad— colgado de mi ventana. No pude objetar nada, ya que aquello también llamó mi atención. Revisé el reloj, apenas eran las cuatro de la mañana, y las luces de la patrulla no me dejaban cerrar mis ojos nuevamente. Me levanté atontado, sosteniéndome de la mesita de luz a mi costado y me coloqué a su lado. Él estaba muy concentrado. —¿Qué sucede con la patrulla? —pregunté acercándome lentamente a lo que estábamos viendo. Y por mi sorpresa, la policía estaba sacando a un profesor de mi preparatoria. El maestro Grant de filosofía. —¿Crees que le han encontrado m*******a, o algo así? —murmuró Nick a mi lado, quién no dejaba de espiar continuamente cada movimiento—. O quizás, nuevamente volvió a traficar estupefacientes. Tiene cara de gustarle las pastillas de dormir. —Ya cállate, él jamás ha hecho tal cosa —respondí de mala gana, dándole un codazo en las costillas y escuchando su quejido debido al dolor—. Es raro, además lo llevan esposado. ¿Crees que haya pasado algo, además de lo que dices? Y observamos con cada detalle, cada movimiento que realizaban mientras él era llevado a la patrulla junto a la policía. De repente, la luz nos alumbró a nosotros que espiábamos como estúpidos topos en busca de un nuevo problema. Me agaché a la vez que Nick, quién no dejaba de murmurar que seguramente, el maestro Grant, había sido arrestado por drogas. —Podríamos ir a preguntarle, ¿no? —objetó de repente, alertando mis sentidos de protección ante no ir de testigo por un arresto al cuál no tenía justificación aún. Nick salió de la habitación, corriendo por el pasillo hasta llegar a la entrada. Me levanté lo más rápido, saliendo disparado por el pasillo como él lo había hecho. Repentinamente, vi a mi padre levantarse y con humor de pocos amigos. Nick le pidió silencio, abriendo la puerta lentamente para dejar entrar la luz de la patrulla. Un rojo y azul, que era demasiado fuerte ante nuestros ojos, se mezclaba hasta formarse un intenso púrpura magenta. —Nicholas, ni se te ocurra salir de esta casa —ordenó mi padre, pero Nick no pudo hacerle caso ni siquiera un segundo. Cerró la puerta al fin y al cabo, nadie quería ir de testigo. Pero plantándose frente a mi padre, no pude ocultarme detrás de la pared como un niño chiquito en busca de su mamá. —Ya soy mayor, puedo irme si quisiera. —Pues, ahí tienes la puerta... —respondió mi padre, con una gran sonrisa en su rostro—, y de paso te llevas las malditas latas de cerveza que guardas en el closet. Eres libre, Nicholas, desde hace dos años que eres libre. ¿Qué esperas? ¿O acaso tienes miedo de dejar a Zaid solo..., tal y como lo hizo tu madre? Apretando sus puños, furioso y decidido, Nick se fue a su habitación. Me quedé perplejo, y algo furioso también. Desde que nuestra madre se había ido de la casa, abandonándonos a mí y Nick, todo fue muy distinto y mi padre comenzó a tomar mucho rencor a favor. Muchas de las veces, nos amenazaba con tal de no irnos de la casa. Nick ya era mayor, tenía veinte, pero las amenazas de mi padre dificultaba todo. Él sabía que si se iba, seguramente mi padre me enviaría a un internado para jóvenes rebeldes —cosa que no lo era— y probablemente, Nick, jamás me volvería a ver. —¿Y tú qué? —me señaló con el dedo, para luego apuntarlo hasta el pasillo—. Vete a dormir, ya es tarde. Mañana tienes entrenamiento, y yo tendré mucho trabajo —agregó furioso, viéndome pasar por delante suyo mientras que lo miraba muy asustado. ¿Asustado? ¿De qué? Ya casi tenía dieciocho. Pero me asustaba el hecho de que mi padre, en ese entonces, hacía lo que quisiera con nosotros. Apenas llegué a mi habitación, cerré la puerta y como todo niño adolescente que se asustaba por todo, realmente me asusté al ver a Nick recostado en mi cama y alzando, una y otra vez, la pelota de béisbol en su mano. —No le hagas caso, Zaid —objetó de repente, mientras me sentaba a su lado. Él se removió, sentándose recto mientras que la pelota de béisbol era arrojada al cesto de basura—. Cuando tengas la edad, que será en meses, todo cambiará. En aquel momento, no le entendí de principio. Y como todo un novato que apenas salía de casa a practicar béisbol, le pregunté: —¿Y qué cambiará? Nick se quedó pensativo, mientras que nuevamente se recostaba y comenzaba a explicarme todo con mucha seriedas y una pizca de venganza en sus ojos. Lo conocía perfectamente, y pasarse de la raya ya era una costumbre suya. —Además de crecerte el pene —respondió mientras fruncía las cejas—, te harás mayor. Eso es lo importante, pero también unos centímetros de más en el amigo... —¡Por todos lo santos! —grité en un intento de querer pegarle con la almohada, Nick lo esquivó—. Si no fuera porqué aún vivimos con nuestro padre, te molería a golpes por hablar de mi... de mí miembro reproductor. Ya basta. Ambos reímos, pero de alguna forma me llamaba la atención el arresto del maestro Grant. Nick, minutos después, se fue a su habitación sin antes contarme lo que quizás ya sabía. Que veía muy raro a Rusty, últimamente no comía. Que estaba aislado, no hablaba, no sonreía. Algunas personas sospechaban que estaba en un culto satánico, por su aparición de repente, tan rebelde como oscura, y tatuajes por doquier en su cuerpo. Rusteff, había sido mi mejor amigo desde muy pequeño. Era el niño malvado, el típico bravucón de la clase. Y éramos amigos de tal forma, en que terminó siendo una mala influencia según mi padre. Con Nick lo apodamos Rusty. Pero luego de un tiempo, él se alejó de mi como más pudo y quedamos a una distancia que ya ni hablábamos. Aquella noche me quedé pensando en él, sentía algo raro en mi estomago. Una sensación de miedo, de que algo ocurriría y que nada sería bonito quizás como lo esperaba. Revisé mi móvil, cinco de la mañana, y en cuanto revisé nuevamente hacía afuera, me di cuenta que una patrulla aún quedaba en la acera de la casa de Grant. * * * A la mañana, me desperté a los saltos al sentir el auto de mi padre irse. Nick aún seguía durmiendo, era el momento perfecto de aprovechar un baño antes de ir al entrenamiento. Pero, algo ocurrió que desde ese momento no me dejó pensar algo más de lo que ya pensaba desde hace tiempo. Unos golpes en la puerta, despertaron a Nick. Quejándose y —según él— hambriento, me pidió con amabilidad atender. En cuanto lo hice, un oficial de policía estaba del otro lado. Tragué saliva con fuerza. —Buenos días, ¿tú eres Zaid? —preguntó firme, con sus dos brazos cruzados y en una posición que daba miedo. Asentí con un leve movimiento en la cabeza, en ese momento Nick apareció entre nosotros. Se interpuso en mi camino, y el oficial replicó: —Debes acompañarnos, muchacho, debes declarar ante la policía. —Espere, ¿declarar, qué? —interrumpió Nick, algo asustado quizás como yo. El oficial aclaró su garganta, y dio un paso en silencio, acercándose. —La muerte de tu amigo. Miré a Nick, con la certeza de que no fuera alguien que quizás quería mucho. Pero en completa perplejidad, Nick ni se espetó de lo sucedido. Simplemente me miró y preguntó nuevamente: —¿Qué amigo? —Rusteff, Rusty —contestó el oficial—. Según el sacerdote Domingo, lo han encontrado esta noche y estaba clavado en la cruz de la catedral. Me quedé sin respiración. No pude hablar nada más que un simple asentimiento ante todo lo que el oficial me decía, Nick fue el único valiente. —Pero, ¿por qué vienen a buscarlo a él? ¿Ya no fue suficiente con Grant? —insistió, llevando al oficial mucho más afuera de la casa. —Grant no es asunto suyo. Y necesitamos que él declare, ya que es el único que encontramos en el registro de sus contactos en el móvil —objetó de repente—. ¿Algo más quieres que te explique? Nick negó, no obstante, aquella mañana fui acompañado por él. Mientras que subíamos a la patrulla, vi la mirada de los vecinos comenzar a criticar entre ellos. Jamás nos metíamos en rebeldía, pero más fue la mirada del oficial. Como si su trabajo fuera bien hecho al fin. —Espero volver antes de las diez, tengo que ver el partido de Eagles contra Taurus —resopló Nick, pero el oficial le hizo una señal de que entrara al coche sin chistar. —Esto llevará mucho tiempo, muchacho, pero te aseguro que volverás a casa para rezar el padre nuestro y dormir en paz.
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