Marcelo abrió la puerta de su pequeño studio, situado en el segundo piso de una antigua fábrica textil transformada en loft por el ingenio de los arquitectos. Tiró la chaqueta sobre la cama, separada del resto del mono ambiente por un biombo, y marcó la clave en su teléfono para oír sus mensajes. Comenzó a desvestirse, regando sus prendas por todo el lugar, y cuando ya estaba por ingresar al baño sonó el teléfono. Resignadamente tomó el auricular pensando que fuese una llamada de su oficina, pero al oír la voz en el extremo su ánimo giró 180 grados. Hola Teresa. ¡Qué alegría escuchar tu voz!— en realidad había estado esperando ese llamado por días—Hace tres semanas que no tengo noticias tuyas. ¿dónde estás? En Lima. Regresé ayer a la noche, y he dormido doce horas hasta este momento. Nu

