Capítulo2

584 Palabras
Había creado un mural completo con cuadros blancos y nuestras fotos en blanco y n***o. Parecía bonito en su momento, pero ahora me daba igual. Sin embargo, pronto me di cuenta de que los marcos eran de buena calidad. Entonces, me tomé el tiempo de sacar foto por foto, eran muchas. Cuando tuve una de ellas entre mis manos, acaricié la imagen con el dorso del dedo. "Me acuerdo de este día", comenté en voz alta. Habíamos ido a una feria que estaba llena de juegos. Nos subimos a la montaña rusa, y yo estaba llena de pánico. Esa era mi mayor temor, subir allí. Pero lo hice, con valentía y bastante valor, aunque después me arrepentí porque no me gustaba nada aquellos lugares. "Pilar, súbete conmigo", escuché su voz en aquel recuerdo, y obviamente accedí. Me subí con él, como todas las veces que lo hacía cuando él me lo pedía. "Qué idiota fui", murmuré, molesta, y saqué la caja afuera antes de volver a entrar y cerrar la puerta, solo por el marco. Aún recuerdo cuándo él me abandonó, aquellas palabras hirientes, justo cuando yo estaba a punto de decírselo y además estaba embarazada, llena de ilusiones como una completa idiota. "Necesitamos hablar", comentó, y yo lo miré con curiosidad. Estábamos en su casa, la misma que heredó de su padre. Le presté atención. Llevaba unos jeans de color claro y una camisa blanca que le quedaba ajustada a los hombros. Tenía el cabello suelto, lo miré con curiosidad. Mis ojos estaban maquillados de n***o, observándolo con atención. "¿Qué pasa?", pregunté, sin moverme, mientras él se tocaba el rostro, se pasaba la mano por el cabello un par de veces y daba vueltas de un lado al otro sin quedarse quieto. Se acercaba a la ventana y luego volvía hacia mí, pero no se animaba a decirlo. "¿Me quieres terminar, verdad?", pregunté directamente, porque sabía que era la verdad que veía en sus ojos. "Ya no podemos estar juntos", añadió. "Tú tienes 27 años y yo tengo 25. Hemos estado juntos desde que teníamos 15 años. Bueno, tú tenías 17. ¿De verdad me vas a dejar?", pregunté con calma, tratando de comprender su actitud que en ese momento me había destrozado el corazón. "Sí", murmuró un simple "sí", como si todo lo que habíamos vivido en el pasado no hubiera significado nada. Asentí con la cabeza simplemente, tomé mi cartera y me marché. Fue una conversación tan corta como dolorosa, que me arrancó el corazón. Ni tres días después me encontraba golpeando una bolsa de boxeo, enfadada, herida y furiosa. Lo peor era que me quedé con las palabras atrapadas en la garganta, sin poder decirle acerca de mi embarazo. ¿Qué haría ahora? No lo sabía. Estaba sola, a pesar de ser maestra de escuela primaria, en un país donde mi sueldo era el salario mínimo. No sabía qué hacer, aunque quizás lo mejor sería que él se enterara, al menos para que contribuyera con la cuota alimentaria. Pero tampoco quería mendigar su estúpido dinero. Frustrada, me tomé un vaso de agua, y pronto la puerta recibió golpes. "Ya voy", exclamé mientras me acercaba y abría la puerta. "¿Erin?", pregunté en voz alta, sorprendida de ver a mi ex al otro lado de la puerta. "Hola, quería venir a buscar algunas cosas que me quedaron", dijo con tono seco, notando que estaba toda despeinada y sudada. "¿Estuviste haciendo boxeo?", comentó, y asentí.
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