Dos días después, en la entrada del imperio, la gran caravana del emperador Henry llegaba entre el ruido de los cascos y el bullicio de los sirvientes. Al ser recibido con todos los honores por el príncipe Alex, gobernante de Amatista, este dio la orden para su ingreso y acompañó a Henry personalmente hasta el palacio, donde la pompa y ceremonia no tardaron en comenzar. El palacio estaba repleto de la nobleza; muchas jóvenes damas habían diseñado sus vestidos más lujosos con la esperanza de captar la atención del emperador recién llegado. Sin embargo, lo que ninguna sospechaba era que Henry solo tenía los ojos puestos en una persona: Elira Lauren. Desde su llegada, no había podido apartar la mirada de ella, y Elira, por su parte, tampoco podía negar la fascinación que sentía hacia él. Li

