Cuando Elira logró abrirse paso entre el caos, alcanzó el carruaje donde se encontraban apilados varios barriles de brandy. Su corazón palpitaba con fuerza, consciente de que apenas tendría una oportunidad. Tomó uno de los barriles con esfuerzo, apretando los dientes, y descendió con rapidez. Esta vez, sin embargo, su presencia no pasó desapercibida. Soldados del segundo príncipe la interceptaron, pero Elira no dudó en blandir su katana. No era aún una maestra en el arte de la espada, pero había entrenado lo suficiente para combinar su agilidad con la destreza de movimientos que había practicado en secreto. Así, cada estocada y cada giro lograban abrirle espacio entre los guerreros que intentaban detenerla. La joven se acercaba con determinación al centro de la batalla. A lo lejos, disti

