Lucía salió de su encuentro con Henry con el corazón latiendo con fuerza, aunque su rostro mantenía la compostura perfecta de una dama que nada tenía que ocultar. Cada paso la acercaba al ala oriental del palacio, donde los criados ya preparaban el jardín de la emperatriz para la esperada fiesta de té. El aire olía a flores frescas y a incienso, un recordatorio de que nada en aquel lugar sucedía sin un propósito calculado. La mayoría de las damas habían llegado acompañadas de sus esposos, quienes luego se retirarían a discutir asuntos políticos en los salones reservados. Al ingresar, Lucía notó que varias ya estaban reunidas, exhibiendo abanicos de encaje y joyas que competían con la luz del sol. Cuando llegó la hora indicada, las doncellas guiaron a todas hacia el jardín principal de la

