Ya pasaba de la media tarde cuando la caravana de mercaderes cruzó las murallas de la capital de Arista. El bullicio de la ciudad los envolvió de inmediato: calles empedradas, pregoneros ofreciendo especias y telas, caballos que relinchaban, nobles que paseaban en carruajes lujosos y mendigos que extendían sus manos a las puertas de las tabernas. Los hombres, exhaustos tras la travesía, se dirigieron sin demora hacia la casa del doctor del pueblo, pensando que aquella dama a la que habían rescatado necesitaba atención inmediata. Pero al abrir las puertas del carruaje, los mercaderes se encontraron con un hecho desconcertante: la joven había desaparecido. Las telas seguían en su sitio, el espacio aún conservaba el leve perfume de flores que desprendía su vestido, pero no había rastro de el

