Capítulo 4: ¿Qué está esperando para matarme?
Algo lo está reteniendo.
Él sigue mirando el reloj, retorciéndose en su asiento mientras me observa aquí acostada.
Es jodidamente molesto no poder moverme en absoluto. Él me ató muy bien. Supongo que no quiere que corra de nuevo, lo que significa que una simple táctica de correr ya no funcionará con él. Es demasiado listo.
Si quiero escapar de sus garras, tengo que escuchar y escurrirme en su favor para que no pueda hacer otra cosa que no sea liberarme. Tiene que quererlo por sí mismo, y estoy pensando que ya está sucediendo.
Sabe mi nombre, pero yo no sé el suyo. Me dijo que no lo recuerdo, pero ¿por qué habría de hacerlo? ¿Qué sabe él que yo no sé? ¿quién es él o por qué no lo recuerdo?
Si voy a sobrevivir a esto necesito jugar con sus sentimientos. Jugar con su corazón, si es que tiene uno. Hay algo que no me está diciendo, y al parecer es lo único que le está deteniendo de matarme. Tengo que hacer lo que me diga; tal vez eso me conseguirá la libertad.
Incluso significa algo para mí, aunque no tengo ni idea de por qué. Falta algo.
De repente, me duele la cabeza, me duele mucho. Me siento como si estuviera a punto de explotar. Todo en lo que puedo pensar es en conseguir mi dosis.
Sé cuál es la causa. Abstinencia.
Mierda, ¿por qué tuve que tomar mi última dosis siglos atrás?
Gotas de sudor ruedan por mi pecho y piernas. Está haciendo mucho calor, me siento como si un volcán hubiera entrado en erupción justo a mi lado.
Maldita sea, no me gusta esta sensación. Y lo peor es que no puedo hacer nada al respecto. Mi escondite está en el baño, pero no puedo levantarme.
—¿Qué pasa? —pregunta.
Dejo de retorcerme.
—Nada. —No quiero decirle, porque él podría utilizarlo en mi contra.
Entrecierra los ojos, mirándome. Está esperando que le diga. Tal vez pueda hacer uso de esto.
—Tengo que hacer pipí —digo.
Su ceja se levanta de manera arrogante que me da ganas de darle una bofetada.
—¿Estás jodiendo?
—No. ¿Quieres que me orine en la cama?
Parpadea un par de veces, juzgándome en silencio. Luego suspira y se levanta de la silla, agarrando su arma de la mesa mientras camina hacia mí. Una a una desata mis muñecas, con lentitud. Su mirada me persigue, pero al mismo tiempo me impide moverme. Creo que él lo sabe.
Me controla con su mirada.
Sus guantes permanecen en mi piel mientras libera mis pies. Su mano se mueve hacia arriba todo el camino a lo largo de mi pierna. Es suave y gentil, como si estuviera apreciando las curvas de mi cuerpo. De alguna manera me estremece cuando me toca. Tomo aire cuando pasa a mis pechos.
—No.
—¿Por qué no habría de hacerlo? Sé que te gusta.
Muerdo mis labios, sintiéndome traicionada por mi propio cuerpo. No quiero que me guste todo lo que hace, pero mi cuerpo reacciona a sus caricias. Piel de gallina aparece en los lugares que él toca y mi piel se siente como si estuviera en llamas.
Se inclina hacia adelante y desata mi mano.
—No importa lo mucho que no quieras admitirlo, sabes que hay algo entre nosotros. Algo que sientes, pero no puedes recordar.
—No hay nada entre nosotros —digo bruscamente. No quiero darle la impresión de que soy fácil.
Sus labios se curvan en una sonrisa, igual que antes. Entonces saca su pistola.
—Levántate.
—No desataste mi otra mano.
—Puedes hacerlo tú misma. —Él chasquea el arma como si estuviera en un apuro.
Yo trabajo para que mi mano quede libre de la cuerda. Es difícil con una mano, pero me las arreglo. Hay marcas de quemaduras rojas en mis muñecas y tobillos, y pican. Mi corazón late mientras muevo mis pies fuera de la cama.
Temo que si hago cualquier movimiento brusco me vaya a disparar.
Si no muero, dolerá. Preferiría evitarlo.
Él está en la puerta, sosteniendo la pistola constantemente mientras camino hacia el cuarto de baño. Sé que no puedo hacer ningún movimiento ahora. Además, estoy demasiado débil con estos síntomas de abstinencia invadiéndome.
Poco a poco abro la puerta y entro. Dándome la vuelta, lo miro, esperando el visto bueno para cerrar la puerta. En su lugar, él camina en mi dirección y se detiene rápidamente justo en el marco de la puerta.
—¿Puedo hacer pipí ahora?
—Sí, puedes.
—Entonces me gustaría cerrar la puerta, por favor.
—Puedes orinar sin que la puerta esté cerrada.
Frunzo el ceño.
—No puedo hacerlo contigo viendo.
—Entonces no orinarás en absoluto.
Suspiro y aprieto los puños. Su media sonrisa arrogante me da ganas de darle un puñetazo.
—No me digas que tienes miedo de que un extraño te vea el coño. Has estado poniéndolo en pantalla con esos bailes tuyos en el club.
—¿Qué? No, no lo he hecho. Puedo ser una bailarina, una bailarina de estriptís, y de vez en cuando una prostituta, pero no tengo sexo y no muestro mi coño. Mi coño está fuera de los límites.
Él sonríe.
—Ya veremos eso.
Tengo tantas ganas de golpearlo.
—¿Vas a hacer pipí o no? —dice.
Me doy la vuelta.
—Está bien. —Me bajo los pantalones y me siento rápidamente antes de que pueda ver nada, aunque la mirada fresca en su cara me hace pensar que ya es demasiado tarde. Mierda.
Vuelvo la cabeza lejos de él y miro la pared en su lugar. No voy a
sentirme humillada a causa de él. No lo voy a permitir. Cuando voy a agarrar un poco de papel, me doy cuenta de que se ha dado la vuelta también. Me sorprende, porque me lo imaginaba observando todo el tiempo, siendo el idiota que es. Tal vez tiene un poco de dignidad después de todo.
Mientras agarro el rollo, todo se desvanece. Mi mente se pone completamente en blanco porque lo único en lo que puedo pensar es en conseguir otra dosis. Mi cuerpo pide la adicción, y tengo que ceder a ella.
Así que agarro las cosas dentro del baño.
En el momento en que él lo sabe, sus pasos resuenan en el interior.
—Maldita mentirosa. —Él agarra todo de mi mano y apunta con el arma.
—¡No! —grito, luchando contra él por los medicamentos.
—Eres patética —dice.
No me importa lo que diga. Me lanzo por su arma, pero él la saca de mi alcance. Me caigo al suelo, mis bragas todavía alrededor de mis tobillos.
Se ríe.
—¿Quieres esto? —Cuelga el paquete delante de mí—. Es una lástima. Ahora es mío. Levántate.
Busco a tientas mi ropa interior y tiro de ella hacia arriba sobre mi culo antes de arrastrarme del suelo. El espejo de mi izquierda me muestra que soy un completo desastre, que es algo a lo que estoy acostumbrada.
Sin embargo, cuando él lo dice, duele.
No sé por qué. Tal vez sea porque dice que me conoce. Es como si hubiera un yo de antes de todo esto que no estaba tan jodida como lo estoy ahora.
Sea lo que sea, no importa. Estoy atrapada aquí con este hombre que aún está decidiendo qué va a hacer conmigo. Si voy a morir o no está fuera de mi control, pero sé que tengo efecto sobre él en algún grado.
No es que sea de alguna utilidad en estos momentos.
Cuando ya estoy drogada y no podría importarme menos lo que me pase. Mientras pueda quedarme en este trance, aunque muera, estaré bien.
Él tira de la cuerda, fijándola firmemente a la pata de la cama. Mi mente ya ha quedado dormida en el país de las maravillas donde todo es animales lindos y mágicos arcoíris yendo a través de las nubes. Hay una sonrisa ridícula en mi cara. Tal vez sea por las cosas divertidas que estoy pensando o tal vez porque él me está tocando de nuevo.
La cuerda no está tan firmemente envuelta alrededor de mis tobillos y muñecas como antes. Se sienta a mi lado y toma mi cara, obligándome a mirarlo.
—Has sido mala.
Me rio.
—Sé que esto te debe parecer muy gracioso, pero no cumpliste. Se suponía que irías a orinar, y eso es todo. Tomar drogas no era parte del trato.
—¿Qué trato? —le digo, resoplando.
—En el que me obedeces y a cambio te doy lo que necesitas.
Me echo a reír.
—Yo no necesito nada de ti.
Su apretón de repente se tensa y sus labios e ponen en una linea.
—Tu vida. La quieres. Es mía. Puedo quitártela cuando quiera. —me libera de nuevo—. Y no lo olvides.
—Y sin embargo no lo has hecho —le digo.
A punto de levantarse, hace una pausa. Su ojo se desplaza de nuevo a los míos, en un intento de ver a través del velo en el que me escondo. Su mano se desliza por mi pierna. Mi respiración se tambalea. Él levanta una ceja.
—El hecho de que todavía no lo haya hecho, no significa que no lo haré. —Su mano se mueve hacia arriba por mi muslo, deteniéndose justo antes de llegar a mi coño. Trato de juntar mis piernas, pero las atasca con la otra mano, obligándolas a abrirse—. Estaba pensando en tener un poco de tiempo de diversión en primer lugar. Me lo merezco.
Mis ojos se amplían.
—No lo harías.
Sus labios se estiran en una sonrisa.
—Oh, ya he empezado.
El dolor agudo muerde mi piel antes de que tenga tiempo de registrar lo que pasó.
Su mano baja en mi cara interna del muslo, rápido y duro. Yo me quejo, pero él pone su mano sobre mi boca, evitando que el sonido se escape.
—Este es tu castigo por tratar de desafiarme.
Él agarra mis muslos otra vez, obligándolos a apartarse, y me golpea de nuevo. Pica y trae lágrimas a mis ojos, pero lo que más me gusta es que el golpe retumba en mis partes más sensibles. Que mi piel se siente toda quemante y hormigueando, y que mi cuerpo responde a ello.
Debo estar enferma.