CAPITULO 3

1914 Palabras
Un rechinido de llantas hizo que Akjman dejara de tocarme, se incorporó dejándome aun recostada en el asiento. El carro paro en seco, desequilibrándonos Akjman se detuvo con una mano del asiento de enfrente mientras que yo me di de lleno con estos. Antes de que el hombre sacara su arma, afuera ya se libraba una balacera de película antigua: «Pum, pum, pum» accionaron las armas tres veces. Yo sabía quiénes eran los hombres de afuera que sometían al conductor en esos momentos... pero era obvio que Akjman no tenía la más mínima idea. —¡Baja maldito!— gritó Ebet apuntando con su revolver directo a la cien de Akjman. Después bajo la vista viéndome entremedio de los asientos, dándome una sonrisa torcida olvidándose de la persona a quien apuntaba con el arma ¿quizá creía que este sería mi fin después de todo? Con las manos en alto el árabe siguió las órdenes dictadas por Ebet quien se cubría los ojos con unos carísimos lentes oscuros como su demás vestimenta. —Quien demonios eres hombrecito… ¿no sabes quién soy? —Supongo que tú no sabes que traes mercancía valiosa para el jefe— Al prestar más atención a la voz del agresor el extranjero abrió grandes sus ojos y se giró en un parpadeo siendo ahora presionada el arma en su frente. Ebet le sonrió con una mueca de superioridad. —¿Q-Que fue lo que pasó Ebet?— su voz tembló al reconocer al hombre. Carraspeo volviendo a su postura engreída como si el muchacho frente a él no le estuviera apuntando con un arma. —Te la querías llevar ¿cierto?— soltó Ebet. Retiro el arma de la frente del árabe, le quito el seguro sin dejar de ver a la cara al hombre, como si aquello fuera parte de su rutina diaria y la volvió a posicionar donde mismo. —No, no, no...— Alzo las manos negando —Como crees, solo quería darle un escarmiento. Ella fue muy rebelde con los invitados del congreso. —Pero para eso estamos nosotros, «cabron». —Ven aquí Mirleth— Ebet hizo un ademán con su mano libre para que me acercará. Baje del carro con dificultad, me acomode el vestido y camine con pies descalzos y lentos hacia él, «zas» un cachazo dio directo a mi ceja cuando estuve a su lado abriéndose de nuevo la vieja herida. La sangre empapo mi rostro y parte del pecho, cayendo como espesas gotas de hemoglobina, caliente y roja. Ebet le hizo señas a alguien al otro lado de la camioneta de Akjman y un joven que nunca había visto me tomo del brazo y me llevo a uno de los carros que estaba parado delante de la camioneta Nissan obstruyendo el paso de esta.   En cuanto me subí al carro Richard ya estaba en el asiento del piloto con el motor encendido listo para arrancar a quien sabe dónde. Apuñe los ojos mientras la sangre brotaba de la abertura de mi ceja, el dolor era conocido, por ello mi cuerpo lo resistía con alivio de que no fuera en otro lugar más blando y frágil. «Pum» un solo disparó confirmo lo inevitable, lo obvio... Akjman había muerto.   Rogaba a dios para que el fin de semana no llegará, ya me habían advertido sobre lo que me esperaba en Canadá, si mi vida era un calvario en México, en Canadá sería una tortura diaria, el señor Braden, me había gritado con su estúpida sonrisa de suficiencia que ahí tenía que complacer a un par de clientes muy distinguidos que ya habían pagado por anticipado mis servicios, pero que antes de meterme de lleno a los negocios de “las grandes ligas” tenía que complacer a su hijo Bastian; hasta que se aburriera de mí.   Y por más que rogué a Dios el sábado llego con fuerza recargada...  ¡MALDITA SEA!  Por qué tienes que odiarme tanto dios, (me queje mentalmente) no te vasta con lo que eh vivido todos estos 15 años de maltratos e humillaciones, que ahora también tengo que complacer a ¡hombres asquerosos rabo verdes!   —Más vale que ya estés lista estúpida zorra— hablo el señor Braden viéndome desde la cama con cara de pocos amigos o como decían a escondidas sus hombres con cara de culo; ese maldito viejo no tenía otra cara para mostrar, más que la misma que ponía cuando hablaba con sus clientes. —Si... ya lo estoy señor— dije cabizbaja, desde que era pequeña me habían enseñado que no debo ver a los ojos a mis “dueños”, porque no soy digna de verlos a la cara. Cuando eres niña no comprendes ¿porque es malo ver a las personas fijamente a los ojos? mucho menos ¿porque no debes señalarlas con el dedo? pero tenía que aprender de una u otra manera y ¿con tantos golpes quien no entiende de una buena vez? Si no te gusta que te golpeen obedeces y eso fue lo que hice. —Eres una buena niña Mirleth... serás el mejor regalo para mi hijo—. Como quisiera reunir el valor y la fuerza suficiente para romperle la cara, pero sería como firmar mi sentencia de muerte. Sus hombres jamás lo dejan solo, ni mucho menos dejarían que me acercara con esa intención… ¿y quién dice que no lo intente una vez? Fue la peor estupidez que hice, no llegue ni a dos metros de él cuándo una bala había atravesado mi brazo de lado a lado. Me habían encerrado en una celda con olor putrefacto y ratas como compañía; la herida se había tornado amarillenta por la infección y el dolor no cesaba e iba en aumento, después del cuarto día encerrada creí tendrían que amputarme el brazo; un médico me reviso y exigió me sacaran de ahí para comenzar con un tratamiento. A de haber sido una persona muy “pesada” porque le hicieron caso.   Tome la pequeña maleta y baje las escaleras siguiendo al señor Braden con pies ligueros donde Richard, Victor, Juan y Ebet el mano derecha del señor Braden esperaban sentados en la sala con una botella de vino espumoso llamado perrier jouet casi a la mitad, parecían estar celebrando algo importante para darse ese lujo, sus copas medio vacías eran vueltas a llenar por Juan. Cuando se dieron cuenta que el “jefe” estaba presente Victor se puso de pie bajándole a la música y ofreciendo una copa al señor Braden quien declinó la oferta caminando el mismo a su exclusivo mini bar compuesto por vinos que iban desde 10.000 pesos hasta los 30.000 si no es que más. Ebet termino su copa de vino dejándola de golpe en la mesa de madera, palmeo el hombro de Richard y se despidió de los demás, un “felicidades” fue dicho a alguno de los presentes mientras avanzaba hacia mí. Solo fui capaz de ver sus zapatos cuando estuvo delante.   —Andando— me dio un empujón en la espalda baja para que avanzará hacia la salida. Una camioneta doble rodado blanca con una caja enorme en la parte trasera nos esperaba, —sube— ordenó Ebet. Me arrebato la pequeña maleta de las manos y la aventó dentro, donde yacían chicas y niños, atados y vendados de los ojos. La mayoría lloraban con desesperación otros suplicaban su liberación y volver con sus madres. La puerta de la camioneta se cerró de golpe y muchos pegaron pequeños brincos en sus lugares. Me apresure a quitar la venda de los ojos de todos. Mis manos temblaban mientras lo hacía. Tendría un gran castigo si se dieran cuenta de lo que había hecho. —¡Hola!— dije tímida a una muchacha que no pasaba los 19 años, tenía el pelo cubierto de suciedad, sus uñas eran negras y su piel sucia cubierta de cicatrices. Era la primera vez en 15 años que cruzaba palabra con otra chica, que no me había dado cuenta en que momento había aprendido el español, a tan altas circunstancias de la vida solo lo sabía y era lo que importaba. —Hola— contestó entré sollozos. Le hice otro par de preguntas y me dirigí a otra chica, quien todavía mantenía la venda en sus ojos así que le baje el mugroso trapo de los ojos hasta el cuello; la chica parpadeo varias veces y me vio directo a los ojos por lo cual baje la mirada al igual que las manos, colocándolas a mi costado en las piernas. Ella se miraba más grande unos 21 ¿quizá?, su rostro se miraba pálido y tenía golpes recientes, no pregunté qué le había pasado, pues supuse que la habían golpeado y no me equivoque ni tantito. —La han violado y golpeado dos hombres antes de subirla— dijo la chica a su lado. —¡¡HAHHA SANGRE!!— exclamo entre gritos de horror, cubriendo su pequeño rostro una pequeña de rizos intensos y piel morena que se encontraba casi fundida a las paredes del carro. —Estoy embarazada— un susurró apenas audible salió de los pálidos labios de aquella muchacha, su voz era débil y cada vez se miraba más pálida. —¡Ayuda, ayuda!— grité. Mis manos golpeaba la puerta trasera de la caja con fuerza. aunque con tanto ruido que proporcionaba la marcha del carro mis gritos de ayuda eran inaudibles en la cabina del conductor.   Corrí hacia la muchacha su cabeza estaba ladeada y el charco de sangre bajo ella había dejado de crecer. Su piel ya no era solo pálida si no que se tornaba amarillenta y sus labios estaban morados. —Jessica, Jessica— le hablaba la muchacha a su lado, con un intento fallido de desatarse. Me sentía desesperada, no era la primera vez que veía morir a alguien, pero si era la primera que moría técnicamente en mis manos. —Jessica— la zarandee levemente, pero ya era demasiado tarde. Con las manos empapadas en su sangre las lleve a mi rostro cubierto de una ligera capa de sudor. —QUE ES LO QUE AS HECHO— grito Ebet, tomándome del tobillo y sacándome fuera dela caja. Mi cuerpo azoto en el pavimento como peso muerto. ¿En qué momento habían detenido el coche? —Y-Y-Yo— tartamudee —yo no eh echó nada, Ebet. ¡Te lo juro! ella se ha desangrado. —Mientes— volvió a gritar. Los tres carros que iban en caravana se detuvieron por igual. —Encárguense de ella— demando a otro chico. Ebet se dio la vuelta hacia otros hombres quienes se aproximaban con arma en mano, les ordeno sacaran el cuerpo, el cual arrojaron a la orilla de la carretera. Las chicas en la caja del carro gritaron, no podían hacer nada por ella.   Fue tan brutal la golpiza que me propino el chico que perdí el conocimiento. Después de dos horas inconsciente me di cuenta que estaba en una caja de madera de metro por metro, en la cual había una manta, una bandeja con agua y un plato de comida. ¿Que acaso era un perro y aun no me enteraba? Creo que hasta un perro viaja mejor que yo. ¿Pero y donde están las demás chicas? ¿Que habrá pasado con ellas?  ¿Pobre Jessica no merecía morir así? Miles de preguntas me bombardeaban. «Auch» me queje, todo el cuerpo me dolía y la cabeza me punzaba advirtiendo que estallaría en cualquier momento. No podía ver que tan grave habían sido los golpes esta vez, ya que todo estaba obscuro a excepción de unos pequeños rayos de luz que entraba por tres orificios que tenía la caja, pero aunque quisiera verme no podría al no tener un espejo. Había mucha turbulencia en el lugar, comenzaba a marearme y a sofocarme la falta de oxígeno dentro de la caja, —Auxil...— guarde silencio. No sabía dónde estaba, ¿Y si ellos estaban ahí? ¿Y si me oían gritar? —«Auch»— lleve las manos a la cabeza. Terribles punzadas llegaban sin previo aviso, haciéndome retorcer del dolor. Tal dolor que me hizo de nuevo caer en la inconciencia.
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