Capitulo 8

1170 Palabras
La puerta fue abierta con un golpe sordo dejando ver al hombre indeseado. Tenía una sonrisa de medio lado en su limpio rostro. —¡Bastian!— susurre para mí. —¡Hola, hermosa!— se quitó la chaqueta que llevaba dejando a un lado su arma. Su andar era el de un depredador. Mi cuerpo aun temblaba y sudaba por la anticipación de la infección que nacía en el estómago —Ayer estuve tentado en venir a hacerte una visita— dijo con la voz cargada de erotismo. Sus manos desabrocharon el cinturón, sacándolo de las hebillas del pantalón; con un movimiento lento lo dejo en la mesa de noche junto con la camisa. La cama se hundió haciéndome encoger más en mi lugar, él quería lo mismo que aquel día fatídico para mí, y yo no quería ese dolor de vuelta.  —¿Quieres venir aquí, o quieres que vaya hacia ti?— sus delgados dedos se pasearon por mis tobillos subiendo y bajando por la pantorrilla. —Ten presente que si vienes esto será placentero para ambos— tiro un poco de mi pantorrilla dejando mi pie derecho estirado completamente hacia él. —Po-por favor— suplique entre solloce. —No… —Su semblante cambio a uno más duro sus dedos se apretaron en mi tobillo con fuerzas. —Pero si no lo haces— continuo. Impidiéndome hablar —solo gozare yo. —No quiero… —Error.   Su otra mano se cerró en mi pie libre y tiro de ambos ahora abriendo mis piernas a par. Llevaba solo una vieja camisa que estaba en el armario como pijama sin ropa interior. Una amplia sonrisa se dibujó en su rostro mientras veía fijamente mi feminidad. —¡MMM!, veo que estas lista para mí— me removí tratando de patearlo pero su agarre era férreo como dos grandes pinzas que se cerraban inmovilizándome. —No. Eso no es cierto. —Esto dice lo contrario— su dedo se sumergió entre mis pliegues tocando algo dentro que exploto en choques. Grite mientras el dolor corría por mi ingle al tener los pies tan abiertos, el uso rudo de la vez anterior aun escocia en mi v****a. Solloce con fuerza. Quería mover los brazos pero los encontré sin fuerzas para obedecerme. Estaba débil y las náuseas se volvían a acumular en la boca del estómago.   Bastian soltó mis pies cuando deje de moverme. Leves jadeos de dolor se escapaban de mis labios mientras dos de sus dedos se movían dentro y fuera de mí con total brusquedad. —¡Para, por favor… para! Creí que lo iba hacer cuando retiro sus dedos y se movió un paso lejos de la cama. —No dije que las cerraras— golpeo mis muslos para que las volviera abrir. El hombre frente a mí se retiró el pantalón junto con la ropa interior que llevaba dejando al aire su largo y grueso pene erecto. Había visto muchos pero ninguno como el de él. Sonrió acariciándose al darse cuenta que lo veía fijamente. —Te gusta lo que ves preciosa. Mira que ya lo tuviste dentro de ti— se burló. —Bastian. ¡No lo hagas!— roge como último recurso. Su cuerpo se cernió sobre el mío dejándome sin respirar. Deposito un beso en mi pecho cubierto por la tela de la vieja camisa y se impulsó con fuerza. El grito desgarro mi garganta como él las paredes de mi feminidad, al expandirlas para adaptar su grueso pene. Lloriquee apuñando las sabanas en mis manos, mientras el no dejaba de impulsarse cada vez más fuerte. —Demonios esto es tan jodidos— gruño —aprietas como una santa. Gire la cara a un lado cuando Bastian intento besarme los labios y no la moví más. Tenía el estómago más revuelto que anteriormente, los bruscos movimientos batían la asquerosa comida provocando que las náuseas volvieran. —Jodida buena chica… ¡ahh maldición!— exclamo cuando el éxtasis lo golpeo fuerte. Se quedó recostado sobre mi cuerpo cansado y laxo. El líquido viscoso salía de mí manchando las sabanas recién puestas.   Bastian dijo un par de palabras más que no fui capaz de entender, estaba hablando en otro idioma uno que no había escuchado antes. El roce de prendas dejo claro que él se cambiaba, pero permanecí con los ojos cerrados y las piernas aún abiertas. No tenía las suficientes energías como para cerrarlas. Lo escuche hablar sobre una pastilla… ¡Qué, estaba loco! No tomaría ninguna pastilla que viniera de él ni de nadie; después de ver lo que provoca en las personas, no. No lo aria. —Tómala— ordenó de nuevo. Entre abrí un ojo. Tenía la mano estirada hacia mí con la palma abierta, donde se encontraba una diminuta pastilla de color medio rosada. —es para que no salgas panzona.   Estire el brazo tembloroso tomando la pastilla, la lleve a mi boca tragándola para después bajarla con un trago de agua. Bastian se abrocho el pantalón seguido del cinto, se calzo los zapatos y fue hasta donde había dejado su arma volviéndola a meter en el compartimiento oculto de la chaqueta.  —Vístete— dijo desde la puerta —ponte algo sexi que hoy tienes trabajo— me dio una mirada cargada de odio antes de salir del cuarto cerrando con un portazo.   Entré a la ducha dándome la oportunidad de relajarme bajo el cálido contacto del agua golpeando mi delicada piel que aun dolía al igual que mi feminidad al no estar acostumbrada a tanta actividad s****l. En menos de media hora me hallaba sentada en la cama con un conjunto de lencería roja, un vestido n***o entallado hasta los muslos, tan natural como siempre ya que no sabía maquillarme y eso me daba un aspecto de niña inocente, que los clientes amaban.   Ese fue un día agotador; me llevaron a cuatro distintos hoteles de lujo donde empresarios, mafiosos o gente de dinero que se podía dar el lujo de perder un poco de miles de dólares aguardaba mis servicios. Mientras la camioneta que me había llevado a todos esos lugares transitaba por una de las calles más concurridas de Canadá me puse a pensar en lo que me convertía todo esto… Me sentí la peor mujer del mundo, me consideraba una, ya que nunca tuve una infancia ni una niñez como las demás niñas de mi edad; esos crueles hombres me habían hecho madurar a grandes zanjadas privándome de todas las etapas que contribuyen a una vida mejor “una niñez adecuada”. Y ahora era tratada como si fuese una mujer o "mujerzuela" aunque apenas tuviera dieciocho. No hallaba el momento de llegar a casa de Bastian donde me esperaba por lo menos una cálida cama con sabanas limpias; quería darme la ducha más larga de mi vida mientras trataba de quitarme toda la suciedad de los viejos asquerosos que habían ultrajado mi cuerpo a su antojo.     Si cerraba los ojos aun podía sentir sus manos moviéndose por mis muslos. Talle con más fuerza la piel rogando me dejara de sentir sucia, apreté una vez más el bote de jabón líquido rociando una parte en mis manos y otra directamente en la piel rojiza. Chille del ardor, eso no lo esperaba.   Abrí rápidamente el grifo para calmar el ardor y así el agua se llevara consigo todo lo malo que me había pasado ese día… que se lo llevara al lugar donde pertenecía; al drenaje.
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