Capitulo 6

2696 Palabras
«Grr» se quejaron mis tripas, las sentía pegadas al espinazo después de un día sin comer ni beber agua, los labios partidos y resecos. Mi cuerpo ya estaba acostumbrado a la sensación que provoca el hambre, que ni siquiera sé cuándo tengo, al menos cuando lo escucho rugir sé que está pasando. Las sensaciones de mareo a causa de la falta de alimentos ya no me golpean como cuando era niña y duraba hasta cuatro días sin agua ni comida. En el club nocturno vendí más pastillas que otras cosas, era lo que usaban los chicos para divertirse sin inhibiciones, aunque al día siguiente no recordaran nada de lo que había hecho. ¿Dónde están los padres? Que no ven que sus hijos se hacen daño al consumir drogas. ¿Dónde está la autoridad que no viene hacer revisiones a los antros para que estén libres del consumo de drogas? ¿Dónde están los presidentes que prometen, prometen y no cumplen?   Negué con la cabeza al despachar al último cliente, le sonreí, recibiendo una ladeada sonrisa de parte del joven (quien por cierto me dijo se llamaba Hector), cuando cruzaba la puerta de entrada del antro. Continúe caminando ahora por un callejón del lado lateral del antro, estaba oscuro debido a que la única lámpara que se encontraba en medio del callejón estaba fundida y no se miraba nada más que las siluetas de los cubos de basura. Cuando iba llegando a la mitad del callejón, divise tres pares de cuerpos fornidos y musculosos en el fondo. Vaho salía por sus bocas mientras platicaban de cualquier cosa. Gire en mis talones y regresé por donde había entrado haciendo el menor ruido posible… podía escuchar el chanclear de las suelas de los zapatos de los tipos al golpear el asfalto. Pero en mi huida no me percate del hombre que me interceptó por delante, me empujó con fuerza, mientras azotaba en el pavimento un rollo de billetes callo de la bolsa. —He wey, ya viste. La morrilla trae lana— quise reír, el hombre tenía una voz muy graciosa; que si no estuviera en esta circunstancia me hubiese reído hasta que el estómago me doliera. Estire la mano tomando lo más rápido que pude el rollo de billetes y lo volví a meter dentro de la bolsa, pero el hombre de gorra que estaba tras de mi fue más rápido cogiendo el fajo antes de que cayera al fondo de la bolsa. Lo observo una vez estuvo en su mano. —Esto es mucha lana— declaro el de gorra admiraba el dinero como si nunca en su vida hubiera visto tantos billetes juntos en un solo lugar. —¡wo, wo!— expreso otro muchacho, quien tenía la cara llena de tatuajes y miraba fijamente la bolsa en mis manos —acá trae más lana— me arrebató la bolsa dejándome los dedos escociendo. —Por favor no se lo lleven, si no lo entrego me matan y a ustedes junto conmigo— suplique casi de rodillas, teóricamente ya que aún estaba en el pavimento. —Nel mija...— rio burlón —ahora esto será de nosotros. Córranle mens—grito echándose a correr con los otros dos pisándole los talones. Corrí detrás de ellos lloriqueando. Mis pies descalzos dolían mientras les exigía corrieran mas rápidos, rastros de sangre fui dejando tras de mi cuando las heridas en las plantas se abrieron. ¿Qué voy hacer? Estoy segura que me mataran cuando les diga que me han robado el dinero, mis sollozos eran constantes, el cuerpo me temblaba anticipando lo que vendría después. El parque donde solían recogerme parecía siniestro aunque había una que otra pareja metiéndose mano en las sombras del arbusto cerca de una estatua. —¡SUBE!— grito Juan desde el carro detenido en la acera. Esta vez venia el solo sin Richard que siempre lo acompañaba; eran algo así como "uña y mugre". Pensé su orden, mirando en todas las direcciones, buscando una vía de escape. Pero su grito ordenándome entrar de vuelta me saco de mi plan y entre al coche. A las 11:42p.m. Caminaba por uno de los pasillos de la casa para llegar al despacho de señor Braden, mis pasos eran pausados, retrasando un poco lo inevitable. —Camina perra— Juan golpeo mi espalda. Alentándome a continuar caminando. Nos detuvimos frente a la puerta de cedro que era la entrada a la oficina del señor Braden mientras Juan daba un par de toques. —Pase— gritaron del otro lado. Juan me volvió a empujar para que entrara cuando me quede parada en la entrada sin intenciones de entrar. —Pon el dinero sobre la mesa. —Se-Señor. —QUE DEJES EL DINERO EN LA MESA Y TE-LAR-GES— canturreo. —No… no hay dinero señor— lagrimee encogiéndome en el lugar —COMO QUE NO HAY DINERO— grito. Sus puños impactaron con el escritorio haciendo caer un artefacto de plata. Me sobresalte reteniendo un latido tras otro. —Merobaroneldinero— dije rápido —y…— baje la mirada al suelo cuando mire cambiar de color la cara del señor Braden, ira reflejándose en todo su esplendor. —La mercancía también— termine de decir en un susurro.   El jefe se apresuró hacia mí, tomo una fusta (delgada de no más de cuarenta centímetros) del cajón del escritorio. Conocía la fusta lo había visto usarla en las demás chicas. Retrocedí un par de pasos hasta chocar con el pecho de Juan. El primer golpe cayo en mi mejilla un dedo por debajo del ojo, me cubrí la cara con las manos recibiendo muchos de estos golpes sin rumbo. Cada golpe era una maldición a mi persona. Los pies me flaquearon y caí al suelo. La fusta cayó a mi lado, tenía rastros de piel seca y sangre fresca. —Jorge, Jorge— un hombre que no pasaba los cuarenta entro al despacho con arma en mano —llévensela al sótano con las demás.   Había quedado casi inconsciente, sollozar hacia que mi cuerpo doliera, me costaba toneladas respirar, sangre corría de mi boca y las marcas que dejaron los golpes ardían con el viento más que doler. El olor Fétido inundo mis fosas nasales, cuando llegamos al sótano. «Zum-plas» Hizo mi cuerpo al derrapar en el suelo grasoso que se teñía de rojo quemado por la sangre seca de las victimas anteriores. Una mueca de asco se dibujó en mi cara al oler la sangre era "hugs" realmente asqueroso.   Sentía la mirada de alguien posada en mi cuerpo pero no quería saber quién era. Estaba tan cansada que lo único que deseaba era fundirme con las paredes que parecían estar en el mismo estado que el piso, y olvidar lo que había pasado. Quedarían cicatrices estaba segura de eso; siempre quedaban una que otra de ellas. Cuando mis ojos se abrieron después de lo que calcule fueron treinta minutos pude ver a las chicas ahí que me miraban curiosas. La mayoría parecía ser más grandes que yo o por lo menos un año o dos. Todas estaban en lencerías provocativas y atadas de manos o encadenadas a la pared, trate de incorporarme pero resbale por la sangre que había en el piso dándome de lleno en la barbilla. Intente ponerme en pie una vez más pero solo logre sentarme retirada del charco de sangre, retire los cabellos que me impedían verlas bien, todas estaban descuidadas y desnutridas. —¿Estas bien?— pregunto en voz baja una de las chicas. Era peli negra, y la única llevando un vestido de seda beige. —Eso creo— respondí reteniendo el aliento —soy Mirleth. —Sonia— contesto la pelinegra de vuelta, lucia tranquila a pesar de estar atada de manos a un gancho en la pared. Los sollozos de las otras chicas sacaban mis nervios a flor de piel. Una lágrima corrió por mi mejilla viendo como estas trataban de liberarse. —¿Te acaban de secuestrar? — No. Tengo aquí desde los 3 años— baje la mirada. —¡Por dios! ¿Cómo es posible? ¿Qué edad tienes?— exclamó con preocupación. —Catorce. —Mirleth eres una niña— el horror se reflejaba en sus pequeños ojos cafés. Tal vez era un recordatorio para ellas de que jamás podrían salir de este mundo. —No puedo creer que las tengan en un lugar así tan… asqueroso— hice una mueca. —Lo sé, pero después de dos días te acostumbras al olor. —¿Por qué hay tanta sangre? —Porque les gusta tomarnos como saco de boxeo, hasta dejarnos estilando en sangre, o simplemente te matan y dejan que te desangres, para después arrojarte como algo que no sirve en cualquier lugar de la ciudad. —Yo creí que vivía un martirio porque me tienen encerrada en una habitación a cuatro paredes sin ver rayo de sol alguno, sin comer o beber agua, y me golpean cada que gustan, Pero veo que hay personas que están más jodidas que uno. —Lo lamentó— dijo apenada Sonia. —¿Por qué? —Porque no has tenido la niñez que cada pequeña merece, el cariño de un padre y el calor de una madre. ¡Te han robado tu inocencia! En pocas palabras— aquellas palabras que salían de la boca de Sonia me llegaban en lo más profundo de mí ser, cuanto daría por haber conocido a mis padres o por lo menos recordar como son ellos… hacia un tiempo que ya no recordaba la silueta del pelo de mi madre ni el color de ojos de mi padre… no recordaba a ninguno de ellos y eso me ponía cada vez más triste.   Mis ojos se aguaron mientras solloce quedito aguantando el ardor que dejaban las lágrimas al pasar por las heridas en el rostro, las mismas que caían al suelo silenciosas haciendo pequeños charquitos de agua y sangre que se deslizaban hasta perderse en una rejilla por donde era expulsaba el fétido olor a putrefacción con más intensidad. —¡Sonia! Me puedes decir como es tu madre— la chica levanto una ceja, me vio raro pero acepto con un asentimiento de cabeza. —Mi madre— sonrió. Un deje de tristeza emergió en sus rasgos femeninos. Suspiro recordándola —mi madre es la mejor del mundo. Una mujer gordita, chaparrita, ojos pequeños y cafés, tenía su cabello de un c***o rebelde y mui n***o. Mamá se opuso rotundamente cuando le conté que vendría a trabajar a México, dijo que en Venezuela también podía encontrar un buen trabajo sin necesidad de ir a otro país donde no la tendría conmigo para protegerme— así que era venezolana e de ahí su acento; yo también tengo un acento, pero el de ella es más excéntrico. — Ella tenía mala espina, pero veme aquí desobedecí a mi madre y ahora pago mis consecuencias— escuche atenta todo lo que ella decía. A veces los hijos toman las decisiones equivocadas y tienen que pagar los errores de una u otra forma. —En fin, no quiero llorar— paso su rostro por el hombro limpiando las lágrimas consumidas en el algodón de la blusa —mi madre es la mujer más cariñosa y comprensible, pero cuando la haces enojar... cuidado que es de armas tomar— rio al recordar y sonreí con ella imaginando a mi madre y como seria ella. ¿Sería cariñosa y sobreprotectora? ¿O regañona y amorosa? —tal vez era así porque fue madre soltera, siempre trabajando para darnos lo mejor a mí y mis 3 hermanos. Qué más puedo decirte… solo que es la mejor del mundo y la amo— sollozo —y que la extraño mucho. Desearía no haberla contradicho y haberme quedado en mi país.   Como pude la abrase por un largo rato, hasta que se quedó dormitando mientras yo me acurrucaba a su costado, pasando mis dedos por las cicatrices en sus muñecas. Otra de las chicas me conto mientras estaba sumida en las cicatrices de la chica que Sonia había intentado suicidarse después de que la hicieron tener a su bebé y se lo habían arrebatado al nacer. Había sido muy doloroso para todas el imaginar lo que había pasado con él bebé (tráfico de órganos) ellas sabían que las mujeres embarazadas eran la fuente de ventas de órganos por medio de sus bebés.   Muy de madrugada había bajado un equipo compuesto por cuatro hombres. Yo me hacia la dormida mientras ellos se movían por toda la habitación sin simular sus fuertes pisadas, quería ver que era lo que harían, un tipo alto y fornido conecto una manguera al grifo y comenzó a rosear a todas, dejándonos completamente empapadas, titiritando de frio, a muchas nos daría hipotermia si no nos daban ropa seca… cosa que no pasaría. Mi cuerpo se estremecía como hoja que cae en el otoño, temblaba a más no poder mientras me pegaba más a la chica a mi lado. Pase una mano por detrás de su espalda tomando la de ella y apretando para darnos fuerza. Mire directo a los ojos y después a la mano del hombre que se pavoneaba por delante de nosotras con una fusta; aunque mi acto me ocasionara el peor castigo de mi vida, lo fulmine con desaprobación. El hombre conecto su mirada conmigo y a pasos apresurados camino hacia mí, la decisión brillando en sus ojos. Se detuvo abruptamente con un rechinar del zapato en el suelo. Apuñe los ojos cuando lo vi levantar la fusta en el aire esperando un golpe que no llego pero si resonó en tela. Abrí los ojos vi la fusta al costado de su pierna. Él se había golpeado a sí mismo y ninguna mueca estaba presente en su cara. —«Que me miras»— grito salpicando una que otra gota de su asquerosa saliva. —No es necesario hacer tal cosa— dije con voz firme. Para de hacerte esto me gritaba mi subconsciente. Pero con un empujón lo volví a su lugar oscuro del cual no debía haber salido guarda silencio maldita sea. Mi osadía me había hecho ganadora de un par de golpes y un chicotazo de la fusta en algún lugar que ardía como el infierno por los otros golpes.   No sé cómo fue, las cosas pasaron tan rápido, la voz en mi interior me gritaba que me matarían pero estaba decidida a morir para no sufrir más. Las chicas lloraban fuerte y gritaban a un más que las cosas pararan. Pero no quería que esto parara no cuando mis dedos se encajaban filosos en los ojos del hombre, sangre salía de ellos y eso me satisfacía de una manera retorcida. Un descuido y mi cuerpo cayo en el piso laxo sin dolor, sus golpes ya no eran nada para mi inexistente cuerpo que yacía medio inconsciente en el suelo.   Escuche la vaga risa de los otros sujetos y las quejas del hombre que golpeaba su zapato en mi cintura y espalda. Debajo de una caja vislumbre la punta de un vidrio, lentamente estire mi mano recibiendo un pisotón que hizo crujir los huesos pero lo tome. El hombre se inclinó cuando deje de moverme. Apuñe el vidrio contra mi pecho sintiendo su aliento en mi cuello —no vales nada— dijo. Escupió a un lado —eres basura que se desecha fácilmente— suspire lento, inhale apenas llenando mis pulmones de vuelta con el aire que costaba llevar dentro. Envalentonándome me gire y clave el vidrio al costado de su cara hasta rasgar profundamente. Las risas pararon los otros sujetos se aproximaron mientras el hombre se quejaba del dolor y vociferaba maldiciones. —¡QUIERO QUE LA LLEVEN AL CUARTO!— grito furioso mientras con su mano libre cubría su herida, la sangre se filtraba por entre sus dedos. Salió del sótano echó una furia.   Esa fue la primera y la última vez que estuve en el sótano jamás supe de las chicas que se encontraban ahí, pero de una cosa estaba segura o las habían vendido o matado. Los cuatro sujetos que habían entrado al sótano aquel día tampoco les volví a ver. Lo último que supe fue que habían aparecido torturados, amagados y con el tiro de gracia en el barranco del diablo cerca de la sierra de Durango según un periódico matutino que me había encontrado en la calle.   No fue fácil aprender a leer ni siquiera sé cómo fue que lo hice, un día no sabía conjugar palabras y al otro empezaba a conocer letras que al unirlas con otras formaban palabras. Leía todo lo que me encontraba en las calles desde estantes hasta folletos; a veces no entendía el significado otras ni siquiera llegaba a terminar de formar la frase… pero aprendí a leer casi al mismo tiempo que aprendí el idioma por igual.   También era buenísima en las matemáticas, memorizando números y sacando cuentas instantáneas en mi cabeza. ¡Tenía un don genuino! para ser alguien que nunca fue a la escuela.
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