El auto se adentró en el puerto y estacionó cerca de la entrada al muelle que permitía subir a los distintos yates aparcados en sus espacios. Los barcos eran enormes y lujosos. Emma no podía dejar de observarlos desde la ventanilla del auto. El morocho bajó del vehículo, caminó hasta la puerta de la chica y la abrió, ofreciéndole su mano mientras le regalaba una cálida sonrisa. Ella dudó unos instantes y decidió aceptar la mano que ya tantas veces había tomado, pero que esta vez le producía nervios que sentía con fuerza en la boca del estómago ante el contacto de su piel contra la de él. Caminaron en silencio hasta el yate más grande de todos y allí el chico se detuvo para indicarle que debían subir. Ella lo miró verdaderamente sorprendida, sabía del dinero que tenía la familia de su novio

