Un día antes, tarde en la noche. Maeva caminó sigilosamente en la noche hasta la casa de sus hermanos. Se aseguró de que nadie la viera antes de recoger una pequeña piedra del suelo y lanzarla suavemente hacia la ventana del cuarto de Bastian. Esperó unos segundos y repitió el movimiento. Finalmente, la cortina se movió y el rostro somnoliento de su hermano apareció en la ventana. Al verla, sus ojos se abrieron con sorpresa y felicidad. —¡Maeva!—susurra Bastian emocionado. Maeva le sonrió y le hizo una seña para que bajara el tono. —Baja un momento, tengo algo para ti. Bastian no lo pensó dos veces y, con cuidado de no despertar a Dafne, bajó las escaleras y salió por la puerta trasera. Al verla, corrió a abrazarla con fuerza. —Te extrañé mucho, Mae. —Yo también, pequeño—dijo ella

