Capítulo 3
Creo que puedo estar perdido, lo que podría terminar siendo una verdadera parodia. Atrapado en la mansión de Macy Carrington sin salida, y entonces tendría que sufrir más su presencia.
Como no llevo un GPS a la mano, decido guiarme por mi instinto mientras salgo de la gran habitación de invitados donde acabo de dejar a Mac y a su suegra cambiando el pañal de Aaron. He podido jugar un rato con el pequeño y bromear con Mac lo suficiente como para saber que vuelvo a estar bien con ella.
Ahora que he cumplido con mi deber, me he presentado en esta fiesta de cumpleaños y he invertido mi tiempo, me voy a casa porque esto no es lo mío.
Estoy seguro de que me he equivocado al salir de la habitación de invitados porque nada me resulta familiar, pero encuentro una estrecha escalera que parece conducir a la cocina de abajo. Apuesto a que esta es en realidad «la escalera de la servidumbre», porque la grande y amplia está reservada sólo para los mocosos como Macy.
Haciendo una mueca para mis adentros por los insultos que sigo lanzando a la mujer, aunque no esté en mi presencia, bajo trotando las escaleras. Incluso antes de llegar al rellano de abajo, oigo la voz de Macy flotando hacia arriba.
—Por favor, retiren todo el caviar de las mesas de comida ahora, y espero que lo descuenten de la cuenta final. Decir que era deficiente sería una amabilidad de mi parte.
Su voz es dominante y fría, y me imagino que el pobre tonto que la reciba ya estará hipotérmico. Cuando entro en la cocina, veo que una joven vestida de camarera hace una pequeña reverencia a Macy y murmura—: Sí, señorita Carrington. Enseguida. Y luego desaparece de la cocina.
—Castigando a los criados —digo con una sonrisa cómplice. Macy me mira de reojo y entrecierra los ojos.
—Es una camarera, no una sirvienta —me dice.
Me encojo de hombros despreocupadamente y me acerco a ella. Sus ojos azules chisporrotean con una amenaza eléctrica.
—No. Tu tono de voz sugiere que es una sirvienta. Realmente lo tienes muy claro… la forma en que eres capaz de mirar por encima del hombro a todo el mundo.
—No miro a todo el mundo por encima del hombro —dice.
—A casi todo el mundo —concedo mientras me inclino hacia ella, guiñándole un ojo y dedicándole una sonrisa alegre. Aunque no conozco bien a Macy, sí la conozco lo suficientemente bien como para que no soporte que estoy de buen humor mientras la molesto.
—Eres un pendejo, Cal —dice con fuerza, sus mejillas vuelven a ponerse rosadas.
—Eres una reina del drama, Macy —imito su tono.
—Un niño pequeño jugando en un mundo de adultos —dice con amenaza mientras se acerca a mí y me clava un dedo en el pecho.
—Una mujerzuela cogiendo todo lo que se mueve —le respondo con malicia, y juro que sus ojos se vuelven nucleares de furia. Curiosamente… eso hace que mi v***a empiece a ponerse rígida.
—Bah —dice burlonamente, pero no dejo de notar cómo su pecho sube y baja rápidamente—. Al menos sé cómo satisfacer. Apuesto a que no sabrías cómo tratar a una mujer con experiencia y la Dra. Ruth dándote instrucciones paso a paso.
—¿Tú satisfaces? —digo con una risa dudosa—. ¿No has oído la parte en la que dije que eras frígida?
—Estoy segura de que podría producir un orgasmo mejor que tu pequeña y flácida miseria de v***a —dice con otro fuerte pinchazo en mi pecho.
Y de acuerdo… eso es todo. Nadie me pincha en el pecho, hace un auténtico insulto a mi v***a y se sale con la suya. Especialmente no alguien como Macy Carrington.
Mi mano sale disparada tan rápido que Macy chilla sorprendida.
—Atrévete a llamarla maldita miseria de v***a ahora —me burlo de ella.
Mis dedos rodean su mano y la empujo con fuerza hacia mi entrepierna, presionando su palma contra mi v***a, que crece a cada segundo de hostilidad.
Jadea, no por sorpresa sino por placer, y sus dedos se enroscan reflexivamente alrededor de mi v***a. Me aprieta con fuerza, y eso es todo lo que necesito para estar completamente erecto.
Aprieto la mano sobre la suya con fuerza y la obligo a mover su mano arriba y abajo de mi v***a.
—Admite que no es una miseria de v***a —le digo mientras la insto a crear más fricción contra mí.
Los ojos de Macy siguen brillando, pero esta vez no están llenos de hielo sino de calor erótico. Incluso gime un poco, pero luego susurra con una sonrisa taimada—: Miseria de v***a.
La miro fijamente un momento, con sus ojos llenos de desafío, mientras sigue acariciándome a través del material caqui.
El juego comienza.
Le dedico una sonrisa pecaminosa.
—Voy a hacer que te comas esas palabras —le digo antes de llevar otra mano por detrás de su cabeza y atraerla hacia mí. Mis labios aplastan los suyos en un beso brutal destinado a conquistar y dominar. Le abro la boca con la mía y le meto la lengua, disfrutando de otro pequeño gemido que me da junto con un apretón más fuerte en la v***a.
Maldita sea, qué bien se siente.
Labios suaves como la seda, aliento dulcemente acuñado, y sus delicados dedos haciéndome una buena masturbación en este momento. Dejaré de besarla si retira el insulto de «miseria de verga». Si admite que tengo una v***a gloriosa, que sé que la tengo, la dejaré ir.
Pero no dice nada. En cambio, me devuelve el beso con fuerza. No tengo tiempo de lamentar la pérdida de su mano en mi v***a porque, en cuanto me suelta, las dos manos se dirigen a mis hombros y, con un pequeño salto, está en mis brazos y sus piernas me rodean la cintura. El vestido blanco que lleva se eleva, y lo sé porque mis manos suben para agarrar un trasero tonificado de piel sedosa y suave. Mis dedos se arquean hacia dentro y, maldita sea, no lleva ropa interior. Mis dedos rozan ligeramente la cálida y suave v****a, y mi propia v***a empieza a palpitar de dolor.
—Despensa —jadea Macy en mi boca, salvo que con sus labios contra los míos suena como «Des-pués». Aunque la mayor parte de la sangre ha bajado del cerebro a mi erección, entiendo lo que dice y me separo del beso para mirar a mi alrededor.
—Ahí mismo —dice Macy mientras inclina la cabeza más allá de mi hombro. Me vuelvo rápidamente, todavía sujetándola con fuerza por debajo del trasero, y veo una puerta de madera junto a la gran nevera bajo cero. Dos zancadas… Estoy allí y una mano la tiene rápidamente abierta mientras la otra sostiene mi premio apretado contra mí.
Cuando entro, Macy se echa hacia atrás con un brazo y tira de la puerta detrás de nosotros, encendiendo un interruptor junto a la puerta. Una única luz superior ilumina una enorme despensa llena con más comida de la que podría alimentar a esta familia en tiempos de guerra nuclear. Pero ese es el único pensamiento que le doy a mi ubicación actual porque Macy gira las caderas y empuja su dulce y húmedo núcleo con fuerza contra mi v***a.
—Desabróchate los pantalones —ordena Macy mientras presiona los pechos contra mi pecho con fuerza y me rodea el cuello con los brazos. Inclina la cabeza hacia un lado y me muerde el lóbulo de la oreja con fuerza.
Mi cabeza empieza a nadar con una lujuria tan atormentadora que roza lo sádico. Empiezo a aspirar hambrientas bocanadas de oxígeno, girando hacia la puerta cerrada e inmovilizando a Macy contra ella. Sus brazos me rodean el cuello y me suelto de su trasero; mis dedos tratan de abrir el botón y el cierre mientras ella me aprieta con fuerza con las piernas.
—Deprisa —me insta con un gemido susurrado.
—Carajo —jadeo cuando los dedos se resbalan del cierre, pero luego lo logran. Consigo abrirme los calzoncillos y empujarlos más allá de las bolas, con la v***a tan dura que apunta hacia el cielo. Está apuntando justo a la v****a desnuda de Macy que se cierne a unos pocos centímetros sobre ella.
Aunque mi instinto me impulsa a penetrarla, me retraigo un poco y, en su lugar, arrastro un dedo por sus húmedos pliegues. Macy se sacude en mis brazos, gimiendo, y eso hace que las bolas palpiten de necesidad. Le meto un dedo, lo retiro y le meto dos en su lugar, complacido de encontrarla ya empapada.
—Vamos, San Cal —se burla de mí entre jadeos—. Sáltate los preliminares... puedes sentir que no los necesito.
Estoy harto de sus malditos golpes hacia mí. No soy un maldito santo, así como ella no es la maldita frígida que he estado llamando.
¿No quiere ningún juego previo?
¿Sólo quiere que la cojan?
Bien.
Mis manos se acercan a la cintura de Macy y la penetro con fuerza mientras mi pelvis empuja hacia arriba, haciendo que mi v***a se entierre profundamente en su húmeda calidez. Incluso con lo mojada que la sentí, sé que tuvo que escocer un poco porque yo, de hecho, no tengo una miseria de v***a.
—Oooooohhhh —Macy deja escapar un largo y torturado gemido.
—¿Dónde está la miseria de v***a ahora? —le gruño al oído justo antes de sacarle la v***a, para volver a metérsela de golpe. Le hago un túnel en su apretada v****a con tanta fuerza que toda la puerta de la despensa tiembla por la fuerza, la parte trasera de su cabeza rebota contra la madera.
Echo un vistazo rápido a la cara de Macy, la veo en la agonía del inmenso placer, y me satisface que no le haya provocado una conmoción cerebral.
No necesito que Macy me haga una concesión ahora. No necesito que se disculpe por su calumnia contra mi v***a. Ese gemido que me dio cuando la penetré era todo lo que necesitaba para reivindicarme.
Así que empiezo a cogerla contra la puerta de la despensa, asegurándome de que no olvidará nunca la longitud y el grosor de mi v***a.
Y Dios… se siente jodidamente increíble. Apretada. Mojada. Tan jodidamente caliente.
—Así se hace —me susurra al oído antes de enseñar los dientes y volver a morder el borde exterior.
Dios… eso duele, así que me abalanzo sobre ella con más fuerza.
Responde metiendo las manos en el cuello de mi camisa y clavándome las uñas en los hombros, y maldita sea… estoy bastante seguro de que me ha sacado sangre.
La cojo con más fuerza, para demostrarle quién manda, y entonces me quedo completamente sorprendido, porque a los treinta segundos de estar cogiendo, el cuerpo de Macy se pone rígido entre mis brazos y sus músculos se contraen con fuerza a mi alrededor cuando empieza a c******e. Grita, clavando sus uñas más profundo en mi piel, y oh sí… me excita que aparentemente le guste un poco duro y lo rápido que se acaba de correr.
Tambaleando, golpeando, penetrando hacia arriba, la cojo, y la cojo, y la cojo contra la puerta de la despensa, sin importarme si hay alguien en la cocina y pueda oírnos. Persigo el final del arco iris del orgasmo y, con un tremendo empujón, empiezo a eyacular dentro de ella.
Un gemido torturado brota de mi garganta, mi frente cae sobre su hombro y mi cuerpo sufre espasmos por la intensa sobrecarga de placer. Parece que eyaculo durante una eternidad en lo que puede ser el orgasmo más largo de mi vida, así como, con toda seguridad, la cogida más rápida y dura de mi vida.
Relajo mi agarre de la cintura de Macy para poder bajarla al suelo, pero en lugar de soltar su agarre alrededor de mis caderas con sus piernas, las aprieta. Levantando la cabeza de su hombro, la miro.
Me mira fijamente con un reto caliente.
—Continúa.
—¿Qué? —pregunto estupefacto.
Entonces Macy hace algo… algo dentro de su v****a que hace que sus músculos se agarren a mi v***a medio dura y empiecen a masajearla para que vuelva a la vida. Gira las caderas y se aprieta contra mí.
—Sigue cogiéndome —me ordena.