Capítulo 2

2505 Palabras
Aris despertó con la piel pegada a la roca mohosa, sus pestañas se sentían pesadas por el sueño y el cansancio acumulado. Por un instante, su mente estuvo en un absoluto blanco, sin recordar ni sentir nada. No había dolor físico ni tenía memoria alguna. Despacio, entreabrió sus ojos e intentó enfocar la vista. En primer instante, se percató de la luz tenue que se filtraba a través de las hojas enormes, las cuales se mecían como criaturas vivas ante el soplo del viento. Al respirar, detectó el olor a tierra húmeda, vegetación y a lluvia vieja. Aris parpadeó, confundido en un principio, sin saber en dónde estaba ni por qué; no reconocía absolutamente nada a su alrededor. Al acomodarse, sintió un dolor sordo en cada parte de su cuerpo, pero uno punzante en el costado destacó ante los otros. Girando su cabeza, el joven humano contempló su brazo izquierdo. Sus labios se torcieron instintivamente en una mueca tan pronto como se encontró con la herida abierta en su piel. Los bordes tenían un corte irregular y un intenso tono rojo la rodeaba. Tal vez no era un médico, pero hasta él sabía que no se veía exactamente muy bien. ¿Cómo es que se hirió de esa forma en primer lugar? Como si esa pregunta se tratase de la llave que necesitaba, la paz con la cual despertó se fue sacudiendo de su cuerpo a medida que los eventos del día anterior fueron apareciendo en su mente. Desde el ataque al barco en el que viajaba, la persecución de aquel hombre armado, el mar jugando con su vida y, por supuesto... Lo que presenció una vez llegó a tierra firme. Las cejas de Aris se juntaron profundamente, su mirada se perdió en el basto césped bajo él. Muchas cosas ocurrieron en un solo día para asimilarlo o colocarlo en orden. De lo que podía estar seguro es de que no tenía ni la más remota idea de dónde se encontraba. Dudaba que fuera la isla Wolf Heart; había estudiado el mapa de la isla antes de zarpar, con el deseo de explorar la naturaleza para retratar en sus pinturas, y por lo que había recorrido hasta el momento... Nada era igual. En Wolf Heart reinaba una naturaleza que combinaba los avances de la ciudad, sin permitir nada que dañara el medio ambiente, con un vasto bosque montañoso y una costa. Hasta el momento, lo que había apreciado era una especie de montaña selvática y húmeda. Podía ser una isla salvaje, o bien una que perteneciera a otra tribu de hombres lobos. Pero, ¿qué manada la habitaba, de ser el caso? Aris no era el tipo de persona que estuviera muy interesado en los medios y todo el fanatismo de los hombres lobos. En realidad, era de aquellos que vivían en su propio mundo, completamente ajenos a lo que sucedía a su alrededor. Si fuera por Aris, él solo viviría perdido en sus pinturas y dibujos, retratando, pintando y dibujando todo aquello que le llamara la atención. Afortunadamente, sus padres se preocupaban por él y, como querían que dejara la ciudad con la información correcta, ellos mismos buscaron sobre los hombres lobos y la conexión recientemente establecida con los humanos. Con el casamiento del príncipe, ahora rey Caspian, con un humano común y corriente, la relación entre ambos mundos se volvió más estable, lo que creó una mejor conexión. Hasta el momento, la manada Von Kleist era quien tenía contratos directos con los humanos, pero se sabía que existía otro par de manadas que se estaban uniendo a los proyectos del rey Caspian con los humanos, deseando tener también aquellos beneficios y bienes. Si Aris tenía algo de suerte, el mar podría haberlo arrastrado hacia una de esas dos manadas. Para averiguarlo, tendría que arriesgarse y adentrarse en buscar ayuda, pero... ¿qué haría si estaba en aquellas donde los hombres lobos seguían aborreciendo y odiando a los humanos? La suerte que tenía últimamente era tan pésima, que no le sorprendería que fuera así. Es más, podría hasta encontrarse con aquel hombre que presenció matando a otro, y este, sin querer dejar algún testigo, atentaría con su vida sin darle la oportunidad de explicar su situación. ¿Estaba exagerando? Considerando que este le siguió por el bosque tras descubrir que observaba, Aris no tenía dudas. El problema era que, si se quedaba sin hacer nada, la herida en su brazo podría empeorar, y lo que menos necesitaba en su situación era atrapar una infección que debilitara aún más su cuerpo. —De acuerdo... —musitó y respiró hondo—. No hace mucho prácticamente dibujaste tu propio herbario, Aris. Piensa, recuerda todas las flores y plantas que pintaste junto a las notas que escribiste... Decidido, Aris cerró sus ojos con fuerza e intentó hacer memoria. No hacía mucho que trabajo en ello como proyecto personal tras enterarse de que su padre estaba enfermo. Con todo el esfuerzo y tiempo que dedicó, no era posible solo olvidarlo. —Estás en una isla que tiene aspecto de ser una selva, la vegetación parece ser extensa, el aire es húmedo y el ambiente es fresco. Tiene que haber una planta que crezca bajo estas condiciones que me ayude —murmuró para sí mismo—. Vamos, Aris, piensa... Hierba Selenia. Pétalos de Lira. Musgo de Luna. Recordando las plantas que le ayudarían a tratar su herida, Aris sonrió suave y abrió sus ojos. Sabía que la hierba Selenia crecía en zonas sombreadas y frescas, cerca de raíces gruesas. Los pétalos de Lira eran flores azuladas que brotan en claros donde entraba la luz directa. Y el musgo de Luna aparecía sobre rocas húmedas junto a corrientes de agua. Aunque la última no era realmente necesaria, ya que no estaba sangrando, podría volver a hacerlo una vez la limpiara y tratara. Con un plan en mente, Aris se dispuso a moverse. Era arriesgado, sí, pero tampoco podía quedarse quieto y solo esperar a que alguien lo encontrara, o su herida empeoraría lo suficiente como para arrebatarle la vida. Prefería avanzar y arriesgarse. Ayudándose en la pared húmeda y verde, producto del musgo y una enredadera de hojas, Aris se levantó del suelo con esfuerzo. Percibiendo ruido, miró hacia el frente. Por supuesto, más que unos pocos árboles frondosos y unas sombras profundas, acompañadas de un silencio denso, no observó nada extraño. —¿Hola...? —murmuró, con voz ronca. No recibió respuesta, solo un silencio interrumpido ocasionalmente por un grillo o el canto de alguna ave. Respirando hondo, se movió. Su cuerpo protestó silenciosamente, recordándole el cansancio junto a los hematomas que le cubrían. Aun así, Aris avanzó un paso, luego otro y uno más. Se detuvo cerca de un árbol y buscó apoyo en este. Quejándose bajito por lo débil que se sentía, percibió algo. Un escalofrío helado recorrió toda su columna vertebral y erizó los bellos de su nuca. Cierto aroma curioso le llegó, diferente y... extraño. De pronto, una fuerte presencia silenciosa presionó desde atrás. Emitía un aura poderosa y lo suficientemente aplastante que volvía el aire demasiado pesado para respirar. Su corazón dio un salto doloroso en su pecho. Temeroso, volteó lentamente, con la sensación de que algo lo... observaba. Y ahí estaba, a tan solo unos metros, semioculto entre raíces gigantes; una criatura enorme lo observaba en silencio absoluto. No se movía. No parpadeaba. Solo estaba ahí, quieto, como una estatua esculpida con oscuridad. El viento sopló, suave, pero lo suficiente como para agitar aquellas grandes hojas que ocultaban su cuerpo parcialmente. Aris se quedó sin aliento ante lo que encontró. Grande, poderoso e imponente, no era un animal común, no se trataba de un... lobo normal. Triplicando su tamaño, su pelaje n***o brillaba como la noche y sus largas garras mortales se enterraban en la húmeda tierra. Su forma no era del todo lobuna, pero tampoco era un humano como tal; era una especie atrapada en ambos mundos. Su cabeza, siendo el doble y de hocico alargado, parecía ser capaz de devorarlo completamente de un solo mordisco con esos colmillos visibles. Y sus ojos eran un brillante azul-verde que atravesaban la penumbra como cuchillas. Un monstruo. Cualquier otra persona lo describiría de esa forma. Aris lo pensó en un primer instante, impresionado por el miedo, pero... mientras más admiraba a la bestia, una fascinación extraña le invadía. Su lado artístico y temerario salió a flote, queriendo reflejar lo que sus ojos apreciaban sobre un papel. —Ah... ¿Hola? —pronunció con un sorprendente tono firme. Las pupilas de la bestia no se movieron. No mostró hostilidad, pero tampoco calma. Era... incomprensible. No sabía si lograba entenderle o no. Extrañamente, mientras Aris más le observaba, menos terror sentía. Y por unos largos segundos, ambos solo hicieron eso, se contemplaron en silencio. De pronto, la criatura inclinó la cabeza con un movimiento lento, un gesto canino, que parecía estar analizándolo. Otro soplo de viento apareció; las hojas grandes volvieron a su lugar, ocultando su cuerpo. Inclinando su cabeza hacia atrás, la bestia olfateó el aire y, por un momento, pareció congelarse, con sus músculos tensándose. Deseando observarlo más a detalle, Aris se alzó en la punta de sus pies. Como eso no sirvió, avanzó un par de pasos. Bajando la mirada para esquivar unas gruesas raíces que podrían hacerle caer, levantó la cabeza y gritó con sorpresa al tener a la bestia frente a él, a unos escasos centímetros de su rostro. Por inercia, retrocedió. Su pie se enredó finalmente en aquellas raíces y su cuerpo cayó. Con un quejido de dolor, Aris alzó su mano y tocó su cabeza. Al llevarla frente a su rostro, suspiró en alivio al no encontrar sangre, solo agua sucia. Entonces, otro grito fue arrancado de su cuerpo al sentir que algo se empujaba bajo su camiseta. Luego, este se transformó en un chillido de risa pura al sentir otra cosa peluda restregarse en su expuesto vientre y subir expulsando un aire cálido. —¡No! Ya basta... ha-hace cosquillas —exclamó entre risas, sus manos luchando por apartar esa peluda cabeza. Pero la gran bestia siguió olfateando cada centímetro del cuerpo de Aris, con su húmeda nariz presionando directamente en su piel o bien su ropa. Giró su cuerpo con una sorprendente fuerza que dejó desconcertado al joven humano, dejándolo quieto, asimilando el movimiento. O eso fue hasta que cierta presión en su trasero lo sacudió. —¡Oye! No entierres tu nariz ahí. No está limpio y no soy un perro, no te haré lo mismo —exclamó girando a verlo con grandes ojos. Por supuesto, la gran bestia de anatomía extraña solo resopló y empujó su nariz un poco más. Retrocediendo finalmente, se volvió a sentar con sus patas traseras, con sus garras enterradas en la tierra. Sus intensos ojos le observaron, sin parpadear, en un absoluto silencio siniestro. Su respiración era profunda, irregular, como si le doliera existir. Su pecho subía y bajaba de forma desigual. Comprendiendo que la bestia no tenía intención de lastimarlo, al menos no de momento, Aris se enderezó e incorporó hasta sentarse ante él, flexionando sus piernas. Cerca, demasiado cerca, pudo sentir su calor... y también algo más, un olor a tierra mojada, bosque antiguo y ¿tristeza? ¿Por qué? —Creo que puedes entenderme. Puedes hacerlo, ¿cierto? —habló, observando a la bestia—. ¿Sabes dónde estamos? ¿Qué isla es esta? ¿Cómo te llamas? ¿Eres un hombre lobo? ¿Por qué estás en esa forma? ¿Tienes una manada? Por supuesto, a pesar de su ataque de preguntas, no hubo respuesta a ninguna de ellas. —Yo... estoy perdido, ¿sabes? Como mucho —expresó rascando su nuca—. ¿Puedes... cambiar? ¿Me entiendes? Nada. Ni un sonido. Ni una muestra de que le entendiera. —¿Entiendes lo que digo? —insistió, curioso por encontrar humanidad en esos ojos salvajes. Los ojos no cambiaron; estos solo le miraban fríos, vacíos y como... perdidos. Se sentía como si la mente detrás de ellos estuviera rota... o dormida... Atrapada. —Necesito saber si me entiendes o no aquí, amigo —comenzó a decir, con la voz suave—. Necesito... ayuda. Alzando su brazo, Aris le mostró la herida que tenía en este. —Si no puedes llevarme con otras personas, está bien. Pero necesito algunas plantas para detener la infección. Así como me estoy sintiendo de mareado, no creo que pueda seguir mucho tiempo —explicó. La bestia inclinó su cabeza y su mirada se posó en su herida, fija, inmóvil. —Necesito Hierba Selenia para la fiebre; deberías encontrarla en lugares fríos, bajo raíces grandes... donde casi no llega la luz —explicó, señalando los enormes árboles detrás de Cassian—. La otra es Pétalo de Lira para cerrar la piel; esta aparece en los claros, donde el sol toca la tierra directamente. Y por último el Musgo de Luna, que está en las piedras húmedas, cerca del arroyo —dijo e hizo una mueca de dolor al mover el brazo. Bajando la mirada hacia su brazo, sus cejas se alzaron con sorpresa al encontrar una piel rojiza, inflamada, y con el borde del corte brillando con un tono alarmante. Antes no se veía tan mal, o su vista recién estaba enfocando lo suficientemente bien. —Si... creo que podría desmayarme en cualquier momento —admitió con una voz suave. La bestia no emitió sonido alguno. No se acercó. No apartó la mirada. Solo permaneció firme como una estatua, incomprensible. Aris sonrió con cierta tristeza, comprendiendo finalmente que la criatura no podía entenderlo. —Está bien, no te preocupes... buscaré solo. Levantándose, Aris se tuvo que apoyar cuando un repentino mareo le invadió. Tomándose un segundo, sacudió suave su cabeza y luego avanzó con pasos un poco torpes. Sintiendo que el bosque parecía inclinarse, oscuro y difuso. Tras unos minutos, logró divisar un claro con un rayo de luz. Allí, entre la hierba, brillaban unos frágiles pétalos de Lira. A su izquierda, una roca húmeda al borde de un arroyo mostraba un parche plateado de musgo de Luna. Y bajo una raíz retorcida, la sombra perfecta guardaba un mechón de hierba selenia. —Hey... después de todo no tengo tan mala suerte —susurró, extendiendo la mano temblorosa hacia la primera planta. Pero apenas sus dedos rozaron el tallo, sus piernas cedieron. La visión se tornó borrosa y el mundo se volvió lejano. Sintió la tierra fría contra su mejilla, y antes de que la oscuridad lo cubriera por completo, vio algo moverse a toda velocidad. Una sombra enorme, familiar, que corría hacia él con un rugido contenido y un impulso desesperado. Aris cerró sus ojos y sonrió sin fuerza. —Realmente... ¿Qué... eres? El sonido de una hoja cayendo fue más fuerte que cualquier palabra no dicha. Y por más que lo intentó, Aris cerró sus ojos, siendo devorado por la oscuridad.
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