Capítulo 5

2177 Palabras
Aris se sentía horriblemente culpable, y lo odiaba. Es más, hasta estaba enojado consigo mismo. Sabía mejor que nadie que tendía a distraerse con bastante facilidad, y era algo con lo que aprendió a vivir. Por supuesto, más de una vez se metió en algún problemilla por ello, pero nunca... alguien se lastimó debido a su irresponsabilidad. Sí, su amigo lobuno era un ser sobrenatural superior a los humanos comunes y corrientes como él, pero eso no quitaba el hecho de que podía lastimarse. Y por su culpa, aquel gran lobo, resultó herido. Por supuesto, Cassy, cuyo nombre era el cual había elegido para llamarle en su mente, no mostraba señal alguna de que algo le doliera. El problema era que hubo un año en que Aris pasó gran parte recorriendo los parques cercanos, obsesionado con dibujar cada animal existente en la ciudad. ¿Qué descubrió con ello? Que la mayoría de los animales cuadrúpedos y terrestres lamían una y otra vez las partes de sus cuerpos que resultaron lastimadas. Ya fuera un corte, rasguño, una astilla, un disparo. No importa la forma en que fue infligido; si existía una herida, automáticamente comenzaban a lamer. Y eso, era precisamente lo que Cassy hacía desde la noche anterior. Lamía el centro de sus patas delanteras, donde el pelo chamuscado seguía ahí. Ver aquel gesto y entender perfectamente lo que significaba, solo estaba volviendo loco de culpa al joven humano. —No puedo con esto... —susurró, observando al gran lobo en su esquina. Levantándose repentinamente, aquellos ojos azul verdosos se posicionaron ante él. —No iré a la cocina, dudo que vuelva a intentar cocinar otra vez —expresó y señaló sus patas—. Te duelen, ¿cierto? Saldré a buscar algunas hierbas que te ayudarán. No puedo seguir aquí sentado, tengo que hacer algo. Me ayudaste, ahora es mi turno de hacerlo; especialmente cuando resultaste herido por mi culpa. No iré muy lejos, solo alrededor de la casa. Así que no intentes detenerme o cubrir la ventana, porque encontraré otra forma de salir y creo que ya puedes adivinar cómo terminará eso. Tomando una profunda respiración al terminar de hablar, Aris le observó y alzó su mentón, casi esperando que la gran bestia se opusiera. Como pocas veces, en aquellos ojos azul verdosos, el joven castaño pudo apreciar cierto brillo de comprensión, aunque fue fugaz y desapareció casi enseguida. Emitiendo un suspiro pesado y profundo, la bestia solo retomó su tarea de lamer el centro de sus patas y Aris sonrió reconociendo su victoria. —Juro que solo estaré alrededor de la casa. Incluso me pondré a tararear para que veas que cumplo con mi promesa y me mantengo cerca —prometió. Sin esperar a que su amigo peludo cambiara de opinión, Aris tomó el trozo de tela que dejó como bolso improvisado y cruzó la habitación. Con cuidado, salió por la ventana destrozada. Su nariz se arrugó inmediatamente. Aunque el paisaje no había cambiado, el ambiente en sí se sentía mucho más húmedo y caluroso, sin ni una pizca de aire corriendo. —Se sentía más fresquito adentro que aquí afuera —murmuró, con su tono sonando solo un poquitín quejoso. Aris siguió con su camino, descendiendo con cuidado. Tarareando animadamente una canción infantil, recorrió alrededor de la casa, buscando alguna planta que sirviera con las quemaduras. Afortunadamente, esta vez sabía perfectamente lo que tenía que buscar. Su distracción no era algo que apareciera en su adolescencia, era de nacimiento prácticamente. ¿Y qué clase de accidente era común en los pequeños? Por supuesto, quemaduras. Aris vivía quemándose tanto con recipientes calientes que tomaba descuidadamente, como con los líquidos que bebía sin pensar. Incluso ahora, siendo adulto, su lengua era la que más sufría con los cafés... o los caldos. Si, las cosas calientes seguían siendo un enemigo para él. Dejando de tararear una canción, Aris miró hacia el objeto que rasguñó su tobillo y sonrió. —Ahí estás. Agachándose, el joven castaño tomó con cuidado una de las hojas debido a los pequeños picos. Con fuerza, arrancó dos de ellas y se levantó. Una suave brisa corrió y Aris estornudó, sintiendo cierto picor molesto en su nariz. Irritado, observó a su alrededor hasta que dio con la culpable de su estornudo. Con el ceño fruncido, Aris se alejó de la casa y cruzó los grandes árboles de gruesos troncos. —¿Por qué algo como tú está en un lugar como este? Es prácticamente una selva, húmeda, calurosa y lluviosa; las flores no deberían crecer aquí —refunfuñó. Tomando la piedra plana a su lado, Aris cavó un hoyo pequeño, pero profundo, en el cual se dispuso a enterrar cada flor que arrancó y pudo encontrar. Por supuesto, se volvió un desastre de estornudos en el proceso, pero una vez terminó, se sintió mucho mejor. No es que odiara las flores; por el contrario, eran un buen objeto a retratar, pero el polen que emitían estas lo volvían un desastre de estornudos y lo odiaba. Por eso mismo prefería las artificiales; eran igual de bonitas y no le provocaban ninguna alergia. Sacudiendo sus manos, satisfecho con lo que había hecho, Aris se levantó y se congeló. Miró a su izquierda y luego a su derecha. Al frente y a su espalda. Y aun así, no reconoció ninguna parte. —¿No se supone que solo me adentré un par de pasos? —expresó con un tono lleno de confusión. Pasando una mano por su cuello, Aris miró sin reconocer absolutamente nada. Suspirando con pesar, sacudió su cabeza y se dio unas pequeñas palmaditas en su rostro. —De acuerdo, hay que elegir un camino y rezar para no encontrar a nadie malvado —se dijo a sí mismo. Y como obviamente no tenía ni idea de qué camino tomar, Aris hizo lo más responsable que podía en esa situación. Tomó una ramita del suelo y la lanzó al cielo. Esta cayó apuntando hacia el norte. —Hacia el norte, se ha dicho. Sin temor alguno, Aris se dispuso a caminar en aquella dirección. Tras salir de la sombra que proporcionaban los árboles, una fina llovizna cayó sobre él, humedeciendo su ropa hasta dejarla completamente empapada en su camino de vuelta. Pasando su mano por su rostro, Aris siguió derecho, tomando otras cosas en su camino. Desde fruta, otras verduras y plantas medicinales. Por supuesto, también aprovechó para deshacerse de aquella flor de blancos pétalos que parecían crecer prácticamente en cualquier parte semi escondida. Sintiendo cierto pinchazo en su brazo izquierdo, Aris se detuvo un momento. Observando el vendaje improvisado, una esquina de sus labios se torció hacia abajo, y su belfo inferior sobresalió en un puchero. —Cassy, ahora es buen momento para encontrarme... —susurró. Su murmullo se perdió entre el sonido de la lluvia, la cual se tornó un diluvio. El cielo rugió y las gotas golpearon la tierra como piedras. Aris, completamente empapado, con frío y desorientado, tuvo dificultades para observar. —¿Es en serio? ¿Justo ahora? —refunfuñó entre dientes, tratando de cubrir su herida. El bosque se volvió una sombra viviente. Las raíces se resbalaban bajo sus pies, y el suelo se transformó en barro puro. Buscando refugio, Aris se detuvo bajo un árbol gigantesco de tronco ancho y corteza rugosa. Por un momento, solo se quedó ahí, quieto, esperando. Pero... ¿Qué se suponía que estaba esperando? Tenía que encontrar una forma de volver a esa casa en ruinas, o podría encontrarse con personas que no debería otra vez. Levantando la vista, estudió el árbol, cuyas ramas eran lo suficientemente gruesas para sostenerlo. —Subir es mi mejor opción para averiguar dónde estoy —decidió, tomando impulso. Con las manos mojadas y el brazo doliente, trepó torpemente jadeando hasta instalarse en una bifurcación alta del árbol. Cuando se sentó, estaba temblando, producto del frío o bien del dolor; en ese momento no quería pensar en ello. Con un techo natural que lo protegía y a la vez le daba una perfecta vista, buscó algún indicio que lo llevara de vuelta a casa. Un crujido pesado, lento y demasiado cercano lo alertó. Por un momento, Aris se quedó petrificado, sin una buena sensación. Lentamente, giró su cabeza, buscando. Entre los matorrales algo se movía, grande y decidido. Pronto varias figuras aparecieron, como sombras con forma humanoide... y algo más. Algo salvaje. Aris nunca tuvo la oportunidad de encontrarse con un hombre lobo, pero sí estudió sobre su anatomía. Y tenía la certeza de que aquellas personas, se trataban de hombres lobos. Como Cassy, pero a la vez... diferentes. No eran silenciosos ni curiosos. Estos eran lobos completos que, con sus enormes y musculosos cuerpos, emitían cierta aura de intimidación. Sus ojos brillaban con una intención asesina, que compartían con aquellos lobos que caminaban a su par. Estos eran visiblemente más pequeños que su amigo lobuno, pero a la vez más grandes que un lobo normal. Sintiendo cierta desconfianza, Aris guardó silencio y solo observó. Dos humanos aparecieron corriendo desesperados hacia un claro cercano, cubiertos de lodo y sangre, gritando por ayuda. —¡Por favor! ¡No! ¡No nos maten! ¡No hicimos nada! Pero aquellos hombres lobos no respondieron, atacaron. El sonido del encuentro fue brutal. El chasquido de huesos rompiéndose y los gritos sofocados por el dolor, fueron disfrazados por la lluvia, pero no lo suficiente. Aris se tapó la boca con ambas manos, completamente horrorizado. Uno de los lobos levantó la cabeza y olfateó el aire. Sus orejas se movieron como si buscara algo. Aris sintió como si el alma se le congelaba cuando el hombre lobo giró hacia su árbol y... lo vio. —No... por favor... —susurró Aris, sin aire. El monstruo avanzó, lento, seguro, como si disfrutara del miedo que desprendía su cuerpo. Aris trató de trepar más arriba, pero su mano resbaló y una rama humedecida se partió bajo sus pies. Con esfuerzo, recuperó el equilibrio, temblando, justo a tiempo para sentir algo frío y escamoso que se envolvió alrededor de su pierna. —Por favor... no... No puedo tener tan mala suerte —jadeó. Con temor, bajó la mirada y lo observó. Ahí, enroscada en una rama cercana, una serpiente grande, fuerte y de horrible aspecto peligroso comenzó a arrastrarse cerca de él, apoderándose de su pierna. El reptil lo apretó y lo tiró hacia abajo. Aris gritó ahogado. —¡A-Ayuda! ¡Cassy! —exclamó, su voz quebrándose y perdiéndose en el viento. El lobo que se acercaba sonrió, o fue lo más parecido a una sonrisa que un depredador podía hacer. No se movió, ni se acercó. Solo se sentó dispuesto a disfrutar el espectáculo. Entonces, un rugido atravesó la selva, pero no fue igual a los demás. Era más profundo, antiguo, terrible y... conocido. El suelo tembló cuando una figura apareció entre los árboles. Enorme, de espalda arqueada y con los ojos azul-verde brillando como fuego entre la lluvia. Su respiración era rabiosa y su presencia, devastadora. Sin dudar, la bestia se lanzó contra los lobos. El choque fue violento y despiadado. Cassy embistió al primero y lo derribó como si fuera un peso ligero contra un árbol, haciéndolo volar. El segundo saltó sobre él, pero rápidamente giró, lo sostuvo con facilidad y lo mordió en el cuello, provocando que chillara antes de arrojarlo lejos. El resto de los lobos le observaron y luego corrieron, abandonando sin piedad a los suyos. Aris, que seguía colgando, aferrándose a una rama que crujía dolorosamente, gritó cuando la serpiente subió por su pierna hacia el muslo, tragándolo centímetro a centímetro. —Ayuda... ¡Cassy, por favor! —gritó, con el miedo y dolor rasgando su garganta. La bestia giró su cabeza, buscándolo. Al verlo, rompió la distancia en dos zancadas. Sus garras atraparon a la serpiente justo cuando esta intentaba envolver el torso de Aris y tiró con fuerza para arrancarla. La serpiente reaccionó y mordió el antebrazo del joven humano, queriendo aferrarse a él. El dolor fue instantáneo, caliente y punzante. El joven humano soltó un gemido de sufrimiento puro, su cuerpo tembló. Al oírlo, la bestia soltó un gruñido tan feroz que hizo que cada ser con vida en un rango cercano, huyera. Arrancó con cuidado a la serpiente y luego la aplastó contra el suelo sin piedad alguna. Con manos enormes y temblorosas, sostuvo a Aris antes de que cayera desde lo alto. —Cassy... —balbuceó Aris, intentando enfocarlo—. L-llegaste... La bestia lo sostuvo contra su pecho, encorvado para protegerlo de la lluvia. Su respiración era rápida y agitada. Sus garras temblaban, como si no supiera qué hacer. Aris vio sus ojos brillar y sonrió suave, aunque no entendía palabras, sabía que la bestia lo sentía. La visión de Aris comenzó a oscurecerse, sintiendo una ardiente pesadez arrastrarlo. —No... me sueltes... —suplicó, con su tono temblando. Y antes de que pudiera decir algo más, se desmayó en los brazos de la criatura que acababa de salvarlo. Otra vez.
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