CAPÍTULO ONCE

2000 Palabras
—¿Nos vamos ya?—pregunta la mar de tranquilo, por supuesto sin siquiera imaginarse el efecto que su amiga y su buen físico han tenido en mí. Caroline voltea hacia él, y luego de darle un repaso discreto que solo yo que la conozco puedo identificar, asiente y dice: —Sí, creo que sí. Es justo entonces cuando el chico repara en mí, y con una sonrisa hermosa y brillante digna del mejor comercial de dentífrico del mundo, se acerca un poco hasta donde estoy y me dice: —Veo que ya estás un poco mejor, eso me alegra. Yo, con un enorme esfuerzo de mi parte, recuerdo cómo es que se hace para hablar y, a duras penas, respondo: —Sí...sí. —Pero yo creo que es mejor que tú conduzcas—le dice Caroline al chico, haciendo que él la voltee a ver y robándome sin querer su atención—. Puede que ya haya reaccionado, pero no creo que esté en condiciones de conducir hasta la universidad. Ni hacia ningún lugar, si me lo preguntas. —¿Y por qué no conduces tú?—le pregunta él Dealer—. Es tu amiga, y seguro debes conocer su auto casi tan bien como ella. Riendo, Caroline le contesta: —¡Hombre, precisamente porque conozco su auto es que no me atrevo a manejarlo ni que mi vida dependa de ello! Mis amigas y yo le hemos dicho mil veces ya que lo cambie, pero es un dinosaurio que parece estar muy pegado a su corazón, y eso que tiene suficiente dinero para comprarse un auto último modelo, ¿eh? Yo solo digo. Sí, es cierto, Caroline y las demás chicas siempre me han dicho que ya debo cambiar de coche, no solo por una cuestión de estética, sino porque también es, de cierta forma, un peligro andar con un modelo tan viejo que bien podría dejarme tirada en el peor de los momentos y en el peor de los lugares. No obstante, como siempre se los he dicho, tengo una muy buena razón para conversarlo, y aunque no le debo ningún tipo de explicación al Dealer, me siento inclinada a ofrecersela: —Era de mi madre. Cuando ambos me miran, casi me arrepiento de haber hablado. Caroline, quien ya se sabe esa historia, de queda sorprendida de que haya decidido compartirla con un completo desconocido, mientras que el Dealer me mira de arriba abajo antes de preguntarme: —¿Cómo dices? —El auto, era de mi madre—repito—. Lo llevaba todo el tiempo a la universidad y fue gracias a él que conoció a mi padre. Ella murió hace años y me lo heredó, y es por eso que nunca me desharé de él mientras esté en mis manos conservarlo conmigo. El silencio que sigue a mi revelación es de lo más extraño, porque no resulta del todo incómodo, pero tampoco placentero. Al final, por suerte, es roto por el Dealer cuando dice: —Muy bien, vamos a conocer a esa reliquia familiar entonces. Cuando salimos, Caroline y yo nos quedamos cerca de la puerta mientras esperamos a que el chico, el Dealer, pueda poner los candados y todos los seguros a las puertas antes de acompañarnos de vuelta a la universidad Ya para este punto es noche cerrada, y aunque mi amiga parece estar bastante más tranquila ahora que los tipos se han ido, que yo he reaccionado y que el Dealer se ha despertado de su dramático desmayo, yo no puedo estar igual por más que lo intente. Ahogada en mi propia paranoia, miro hacia uno y otro lado, casi esperando que los mismos tipos de antes aparezcan armados hasta los dientes y se cobren muy caro mi pequeño acto de valentía. Caroline parece notar en lo que estoy pensando, porque mira al Dealer y le pregunta: —¿Crees que van a volver esos tipos? Luego de poner el último candado, el Dealer se voltea hacia nosotras y por fin responde: —¿Los cobradores? Lo dudo mucho. Esos tipos suelen ser bastantes cobardes, y gracias a que tú amiga los espantó a base de tiros, se van a mantener alejados de aquí por un muy buen rato. De pronto surge en mí la terrible posibilidad de que, por vengarse, le hayan hecho algo a mi auto que lo deje inutilizado, o peor aún, que hayan decidido llevarse como una forma de cobrarse el pago injusto que no pudieron obtener de parte del Dealer. Asustada, corro hacia el lugar donde lo dejé aparcado, con Caroline y el Dealer muy cerca de mí, totalmente confundidos y hasta un poco asustados con mi actitud. Cuando llego, reviso el auto de arriba hasta abajo, hasta los detalles más mínimos, y me agrada a la vez que me alivia ver que está en perfectas condiciones, tal y como lo dejé. —¿Qué pasa?—me pregunta Caroline al llegar a mi lado, un poco sin aliento y con el rostro colorado—¿Por qué saliste corriendo así? ¿Es que te has vuelto loca sin avisar? Yo estoy a punto de responder cuando, de pronto, el Dealer lo hace por mi: —¿No lo ves? Es evidente que quería ver que su auto estuviera en buenas condiciones, y que los cobradores no le hubieran hecho nada. —Bueno, por suerte no le han hecho nada—asiente Caroline—. O de lo contrario no tendríamos cómo volver. Con un encogimiento de hombros, el Dealer se mete las manos a los bolsillos de la chaqueta, y entonces dice: —Pues la verdad es que yo tengo una motocicleta en la parte de atrás de la casa. Podría llevarlas a ambas, pero no creo que se hubieran atrevido a montarse conmigo. Sin siquiera pensarlo por medio segundo, Caroline responde: —¿Pues sabe que no? Yo nunca me le niego a un buen viaje en motocicleta, pero ya que estamos, será en el auto. Como Caroline se monta sin decir nada en el asiento de atrás, asumo que no me queda de otra más que ocupar el asiento del copiloto, junto a el Dealer. Bien podría sentarme junto a mi amiga sin tener por qué dar ningún tipo de explicación, pero admito que sería un poco raro, además que le estaría dejando ver al chico, de cierta forma, que no me es indiferente del todo. Vamos, que estaría prácticamente admitiendole que me parece guapísimo y me turba un poco bastante su cercanía, así que mejor me siento aquí y me aguanto como la mujer valiente que soy. Durante los primeros cinco minutos o así, el viaje transcurre en un cómodo silencio, hasta que el chico, por alguna razón, decide romperlo para presentarse con nosotros, a pesar de que debería haberlo hecho hace ya bastante tiempo: —Por cierto, soy Oliver Hopes. —Ya te habías tardado un poco en presentarte, ¿no crees?—le suelta Caroline, medio burlona—. Yo me llamo Caroline Edwards, casi como el vampiro brillante. Cuando siento sobre mí el peso de la penetrante mirada del Dealer, entiendo que es mi turno de presentarme, así que me apresuro a hacerlo para salir de esto: —Y yo soy Abby Lines. Después de eso, ya ninguno de nosotros dice una sola palabra más. En completo silencio, terminamos de hacer el viaje, y solo cuando nos estamos bajando para volver al dormitorio, es que me doy cuenta de que el chico, el Dealer, no tiene cómo volver. Preocupada, estoy a punto de preguntarle por esto cuando, como si me leyera la mente, él me responde antes: —Tú tranquila, que ya vuelvo yo caminando—luego se pone un poco más serio, y tras mirarnos a Caroline y a mí, sonríe de forma pícara y entonces nos dice—. Señoritas, nuevamente decirles que fue un placer hacer negocios con ustedes. Discúlpenme por la mala experiencia, y espero verlas de nuevo muy pronto. Antes de que ninguna de nosotras alcance a decirle nada, él se da media vuelta y echa a correr por dónde mismo hemos venido antes, desapareciendo al poco tiempo. Caroline y yo nos quedamos mirando sin saber qué decir, pero cuando vemos que uno de los guardias se acerca hacia nosotras para ver quienes han llegado a estas horas y reportarlas, sin necesidad de coordinarnos echamos a correr al mismo tiempo hacia el edificio de los dormitorios femeninos. Casi nos atrapa, pero por suerte logramos entrar sin que nos reconozcan. Cuando llegamos por fin a la puerta de nuestro dormitorio y la abrimos con mi llave, al instante la primera que nos salta de frente es Danielle, aunque Beck la sigue muy de cerca, luciendo la misma expresión preocupada. Solo entonces me doy cuenta de que no recuerdo absolutamente nada sobre la mentira que Caroline y yo habíamos acordado decirles. —¡¿Se puede saber dónde rayos estaban metidas ustedes dos?!—nos riñe Danielle, mientras Caroline y yo entramos—. ¿Tienen idea de la hora que es? Al instante, Beck salta para agregar: —¡Estábamos muy preocupadas! Como yo no tengo ahora mismo ni la más mínima idea de qué decir, permanezco en silencio y dejo que Caroline sea la primera en hablar, y así pueda refrescarme la memoria sobre la mentira que habíamos acordado decir. Básicamente, según esa versión, nos tardamos porque mi auto nos dejó varadas al llegar, y como el Dealer no estaba en casa, tuvimos que esperarlo para no perder el viaje. Luego, cuando ya veníamos de regreso, nos vimos en la obligación de pedir una asistencia móvil para no quedarnos varadas una vez más. Las chicas no parecen del todo convencidas con nuestra historia, pero al menos no siguen haciendo más preguntas al respecto, lo que ya es una considerable victoria por si sola. —¿Y bien, sí pudieron conseguirla?—pregunta Beck, de pronto muy interesada. Sorprendida, yo miro a Caroline, y ésta, a su vez, mira de arriba hacia abajo a nuestra amiga antes de preguntarle: —¿Qué cosa? —¡La marihuana!—responde Beck—. ¿O es que no fue a eso que fueron? —Sí, claro—respondo yo—. Es solo que se nos hace raro que estés preguntando por eso cuando estabas tan opuesta a que fuéramos a comprarla. Ésta vez, es su turno para intercambiar una mirada extrañamente sonriente con Danielle, quien se encoge de hombros y decide explicarlos el porque de ese repentino interés: —Lo que pasa es que nos preocupaba mucho meternos en problemas por ir a comprar eso. Pero ya que vemos que ustedes volvieron sanas y salvas...creo que también nos gustaría probar un poco. De las dos, yo soy la que más sorprendida me quedo, pues de Danielle y Beck hubiera esperado casi cualquier cosa, menos este cambio tan repentino de postura. Sin embargo, Caroline es una historia completamente diferente. Emocionada porque las otras dos hayan decidido compartir esta experiencia con nosotras, empieza a explicarles todo lo que el Dealer nos enseñó sobre cómo armar un porro, y finalmente les muestra el que el chico nos hizo. Cuando llega finalmente el momento de usarlo, de por fin fumar, como buenas primerizas todas tenemos nuestras dudas. Por todo el problema de los cobradores, se nos olvidó preguntarle al Dealer cómo se debe hacer, así que Caroline lo investiga. Una a una todas van pasándose el porro, y cuando llega mi turno, lo hago sin pensarlo dos veces, ansiosa por conseguir un poco de paz. Y resulta que, cuando la marihuana empieza a hacerme efecto, sí que la consigo. Las demás chicas empiezan a reírse de la nada y yo me les uno, y aunque también me siento liviana y desenfadada, en un rincón no muy apartado de mi mente se desata una serie de inesperadas y poderosas fantasías con nada menos que el Dealer como protagonista.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR