Cuando llegamos por fin a la discoteca y nos bajamos del auto (nos hemos venido en el Jeep de Caroline, porque era el más grande y cómodo de los cuatro), vemos que el lugar está a reventar. Probablemente si hubiéramos llegado temprano habríamos podido encontrar un lugar más o menos decente en la fila que hay frente a la puerta, pero pasamos casi una hora decidiendo adónde ir y porqué, hasta que por fin, después de mucho pelear y debatir, logramos ponernos de acuerdo y...en fin, aquí estamos, frente a un fila tan larga que incluso le da la vuelta a la cuadra.
—Este lugar está a reventar—les digo, solo para resaltar lo obvio y hacerles ver que debimos ponernos de acuerdo mucho antes—. ¿Y ahora qué hacemos?
—¿Por qué mejor no nos vamos a otro lugar?—sugiere Danielle—. Tal vez, si buscamos un poco, encontremos algo bueno donde pasarla bien.
Al instante, Beck sale a replicar:
—¿De verdad crees que a esta hora vamos a encontrar algún sitio bueno en el que nos dejen entrar? ¡Todas las discotecas están ya a reventar, nena! Además, ninguna como ésta.
—¿Y entonces qué sugieres tu que hagamos?—le pregunta Caroline, que ya está empezando a ponerse de mal humor—. Porque no me voy a quedar aquí toda la noche esperando que el guardia se digne a dejarnos pasar.
Sonriendo todavía más, como una niña traviesa a la que se le ha ocurrido una broma especialmente maligna y divertida, Beck responde:
—Déjamelo a mí. Tú solo mira y aprende.
Bajo nuestra atenta mirada, Beck se acomoda el cabello, se revisa el maquillaje en el reflejo de la pantalla de su celular, y luego comienza a acercarse al guardia de seguridad que custodia la entrada, esto sin dejar de sonreír como boba y contonear las caderas de una forma bastante...sugerente, por decirlo de una manera suave. Mientras la miramos, ninguna decimos ni una sola palabra, pero no hace falta ponernos de acuerdo en voz alta para saber que todas estamos pensando justamente lo mismo: que el tipo se va a limitar a rebotarla. Pero resulta que nuestra amiga termina sorprendiendonos una vez más, porque después de sonreírle, batir sus pestañas y toquetearlo en el hombro o así, sonríe hacia ella y le dice que sí con la cabeza.
—¿Entramos, chicas?—nos pregunta ella cuando vuelve hasta nosotras.
—¿De verdad lo convenciste de dejarnos entrar?—le pregunto, todavía sin creermelo a pesar de haberlo visto con mis propios ojos.
Sonriendo todavía más, ella se bate el cabello de forma muy graciosa antes de responder:
—Sí, por supuesto que sí. Aprendan un poco de mi chicas. No voy a estar para ustedes toda la vida.
Ella abre el camino hacia la entrada de la discoteca, y las demás y yo la seguimos todavía muy sorprendidas de que de verdad haya conseguido eso únicamente con sus encantos y nada más. Cuando nos toca pasar cerca del guardia, casi temo que se arrepienta y nos devuelva a todas menos a Beck, haciéndonos pasar así la que sería probablemente la peor vergüenza pública de la historia. Sin embargo, y por suerte para todas nosotras, eso no sucede, por lo que después de atravesar un largo pasillo con iluminación muy baja y sugerente, entramos por fin a la dichosa discoteca.
Dentro, el lugar está tan lleno que resulta sorprendente ver cuántas personas pueden caber en un solo sitio. Digo, sí, el local es bastante grande, incluso con dos niveles y uno extra que solo es para las personas V.I.P, pero incluso a pesar de eso me parece que aquí hay muchas más personas de las que quizá estaban contempladas en un principio. Las luces estroboscopicas giran sin parar, al mismo tiempo que la música que sale a todo volumen a través de los altavoces llena hasta el último rincón del lugar. Hay muchas personas bailando en parejas o grupos, pero también hay otras tantas que únicamente se dedican a hablar animadamente mientras toman de sus cócteles y miran a todos los que bailan.
Como no podría ser de otra forma, seguimos a Beck hasta la seción V.I.P de la discoteca, que resulta ser incluso más bonita de lo que yo me pensaba. Ubicada en el segundo nivel del local, cuenta con una barra privada con bartender incluído y unos cuantos sillones que de verdad lucen muy cómodos. Aquí suena una música muy diferente a la que escupen los altavoces de la parte de abajo, y no sé en realidad cómo lo hacen, pues lo más sorprendente de todo es que se escucha con bastante claridad, sin ser interrumpida por la otra. No hay demasiadas personas aquí, por lo que inmediatamente me siento mucho más cómoda, pues prácticamente estamos en una reunión íntima de amigas. Nos sentamos en uno de los apartados más cercanos a la baranda, y desde ahí llamamos al camarero para que nos traiga la primera ronda de nuestros tragos.
—Está bastante bonito el lugar, ¿no creen chicas?—nos pregunta Beck poco después, cuando ya tiene entre sus manos el mojito que ha pedido—. Digo, siempre sé que he tenido buen gusto, pero a veces hasta yo misma me termino sorprendiendo del estilo que tengo hasta para elegir discotecas.
Se bate el pelo una vez más como toda una diva de Hollywood, y nosotras que la conocemos a la perfección y sabemos que solo se trata de una forma privada entre nuestros grupo, nos echamos a reír con ganas, a sabiendas de que la música y el ruido que hay en todo el lugar nos da la intimidad que necesitamos. Después de eso, durante un rato no decimos nada más, y nos dedicamos básicamente a tomar de nuestros tragos y mirar todo el lugar, las decoraciones y la gente que hay a nuestro alrededor. Eso hasta que Caroline, mirando hacia el piso de abajo, señala algún punto y me pregunta:
—Abby, ¿qué acaso ese de allá no es Oliver, el Dealer?
Aunque la pregunta está claramente dirigida hacia mí, todas las demás voltean tan de golpe que casi parece que se han hecho daño en el cuello con el movimiento tan brusco. Yo, por mi parte, decido tomarme un poco de tiempo, pues con la simple mención de su nombre me pasan un montón de cosas que no sé exactamente cómo interpretar. Primero, al pensar en Oliver y recordar la propuesta que me hizo, el estómago se me llena de un cosquilleo extraño al que, por más que intente suprimir, se niega a desaparecer. Luego, claro, cuando me doy cuenta de que me estoy dejando llevar por la línea tan extraña de mis pensamientos, vuelvo a la realidad y miro en la dirección en que Danielle ha señalado.
En efecto, se trata de Oliver, el Dealer, pues incluso a una distancia tan grande como la que estamos ahora mismo, puedo distinguir su piel blanca y el hermoso contraste que esta hace con el n***o de sus tatuajes. Se encuentra recostado en una esquina, con rostro muy serio, y aunque al principio parece que no está haciendo gran cosa, comprendo que estoy equivocada cuando un par de chicos se le acercan y él saca del bolsillo de su pantalón lo que parece ser un paquete. Desde aquí por supuesto que no distingo de qué se trata, pero no hay que ser un genio para alcanzar a imaginarse que de seguro se trata de marihuana o algún otro tipo de droga. Después de todo es un Dealer, y a eso se dedica, aunque debo decir que sí me sorprende bastante que lo haga por fuera de la universidad, además en un lugar tan lleno como este, dónde práctica cualquiera puede verlo y, si quiere, delatarlo con la policía.
—¿De verdad es él?—pregunta Beck, y cuando Caroline le responde que sí, en efecto es el mismo chico que aquella vez nos vendió la marihuana, sonríe con toda la intención y agrega—. Vaya, no me lo esperaba tan...lindo. Tan guapo.
—¿Cierto que sí?—la sevunda Danielle, sonriendo de forma bastante parecida y muy pícara a ella—. Uno pensaría que un Dealer, alguien que venda drogas sería...bueno, no sé, diferente.
Me da bastante gracia que ahora mismo ellas estén hablando justamente de lo mismo que yo pensé cuando ví al Dealer por primera vez, en aquella ocasión que, aunque no fue hace tanto, ahora mismo me parece como un suceso en extremo lejano y antiguo. Aunque más de una vez he pensado lo mismo, me abstengo de decir nada u opinar, no porque tenga algo en contra o deba ocultar eso, sino que me parece tan entretenida la conversación de las chicas, que prefiero mil veces escucharlas en lugar de intervenir de ninguna forma.
—Aunque, como su amiga, debo decirles que no lo miren mucho. Ese chico ya está más que apartado...para Abby.
Cuando escucho el comentario de Caroline, salgo de golpe de mi propia cabeza. De pronto, ya no me parece tan entretenida la conversación, y en lugar de escucharlas y sentirme divertida y entretenida por lo que dicen, miro a Caroline muy molesta antes de preguntarle:
—¿Por qué dices eso? No es cierto y lo sabes. Yo no...yo no tengo nada con él.
Sin dejarse amilanar ni por mi expresión ni por mis palabras, Caroline sonríe un poco más antes de responder:
—¿Y en qué momento he dicho yo eso, Abby? Solo dije la verdad, y en este caso la verdad es que ese chico, el Dealer, está muy interesado en ti.
Ella no lo sabe, pero eso que acaba de decirme, al menos dentro de la lógica que mi cabeza maneja ahora mismo, se conecta de forma sorprendentemente directa con lo que Oliver me dijo aquella vez, con la propuesta que me hizo. ¿Y si acaso me propuso fingir ser mi novio como una forma de acercarse a mí nada más? ¿Y si de verdad, tal como Caroline, ha dicho, Oliver está interesado en mí?
—Eso no es cierto—replico al final, solo porque sé que en una discusión con Caroline tengo que dar alguna respuesta, la que sea, o de lo contrario ella se adjudicará a sí misma la victoria por default—. Oliver no está interesado en mí de ninguna forma.
Mientras lo digo, ahora más que nunca me doy cuenta que no solo no puedo aceptar la alocada propuesta que me hizo, sino que tampoco les puedo contar a las chicas sobre eso, o de lo contrario lo tomarán como una confirmación de la teoría de Caroline, y con ello empezaran a molestarme sin parar.
—¿Y qué hay de ti?—me pregunta entonces Beck—. ¿No te llama la atención ni un poco? Porque debo decir que aunque el chico no es de mi tipo, sí está guapo.
—No, a mí tampoco me interesa.
No sé por qué, al decir esto hay una pequeña parte de mí que siente que les estoy mintiendo a las chicas. Cuando miro de nuevo hacia donde está Oliver, como para confirmarme a mí misma que es cierto eso de que no me llama la atención, me encuentro con que ya se ha ido, lo que me decepciona un poco, pero me esfuerzo para no pensar en ello.
El resto de la noche pasa sin mayor sobresalto. Con las chicas bebemos, cantamos a todo pulmón y de vez en cuando bailamos. Cuando me dan ganas de ir al baño, decido no molestar a ninguna y me voy sola. Lo que resulta ser un gran error, porque cuando estoy a punto de regresar, un tipo a todas luces drogado y con malas intenciones se mete de pronto y me bloquea la salida.