Capítulo 7

2510 Palabras
Hola gente, aquí les dejo un nuevo capítulo, espero lo disfruten tanto como yo disfruté escribirlo, además les dejo un dibujo que hice :).  Capítulo 7. Faltaban un par de días para el dieciocho de septiembre, fecha importante en Chile, ya que se celebraban las fiestas patrias. Para Miguel era el día más importante del año, no por aquella festividad, sino porque era el cumpleaños de Manuel. Este año estaba bastante complicado con el tema, primeramente por qué tenía prohibido verlo si quiera, y segundo, por qué sus padres planeaban viajar a Santiago aprovechando el fin de semana largo. Necesitaba encontrar una excusa lo suficientemente buena para quedarse en casa, solo, sin nadie que pudiera echar a perder sus planes. Con Manuel necesitaban tiempo de calidad a solas, tenía tantas ganas de pasar la noche a su lado, de experimentar nuevas cosas a su lado. Martín quizás podría ayudarle a excusarse con sus padres, pero le avergonzaba pedírselo, desde que el argentino le declaró sus sentimientos no podía contarle todas sus cosas. Consideraba que sería cruel de su parte contarle las cosas que planeaba con Manuel, quería demasiado a Martín como para hacerle daño. Dieciséis de septiembre, se encontraban todos en el salón de clases uniendo las mesas para la convivencia que dentro de unos minutos llevarían a cabo. Ignacia, la joven profesora de arte preparaba el data, ya que mientras comían verían una película. Scape Room II, es el film que habían escogido de manera democrática. Martín evadía su parte del trabajo, solo se dedicaba a molestar a Miguel, adoraba abrazarlo cuando el peruano se hallaba distraído y a pesar de las protestas de este sabía perfectamente que no le molestaban en lo absoluto sus acciones. Manuel se mostraba menos participativo que en otras ocasiones, se hallaba en un rincón del salón sin hacer absolutamente nada manteniendo la mirada fija en Martín y Miguel. Veía como el peruano se relacionaba con tanta naturalidad con las demás personas, sin importar en qué lugar se hallara Miguel siempre brillaba. De pronto observa como Martín le coge la mano, para luego morderle el cuello de manera juguetona. Esperaba que Miguel pusiera en su lugar al argentino, sin embargo eso no pasó. Sentía celos, demasiados celos para ser honestos, era en momentos como esos donde se sentía de más, después de todo siempre fue él quien sobró entre los tres. — ¡Manuel! — Una angelical voz le regresó a la realidad, al alzar el rostro se encontró con la profesora. — Vamos a dar inicio a la convivencia, reúnete con tus compañeros. — La mujer le revuelve cariñosamente el cabello. — Profe... — Titubeó un momento. — ¿Puedo retirarme? — Alzó la mirada mostrándose más serio de lo habitual. — ¿Por qué deseas irte Manuel? — La mujer se cruza de brazos mientras le sostiene la mirada. — No pude traer nada para aportar en la convivencia, yo sé que usted avisó hace bastante, pero en mi casa hay gastos más importantes que esto. — Desvío la mirada avergonzado. — No te sientas mal por eso, no tienes que irte Manuel, todos compartiremos. — Dio dos palmaditas en el banco. — Ahora toma tu mochila y ubícate con tus compañeros adelante. Manuel le dedicó una sonrisa algo forzada a su profesora, tomó sus cosas y se encaminó hacia delante buscando algún puesto vacío. Miguel al verlo se puso de pie y salió tras él, intentó tomar la mano del chileno, más este evitó el contacto e ignoró al chico. El único puesto vacío que había era junto a Antonio, le caía sumamente mal, pero prefería estar a su lado que con el peruano, deseaba que Miguel se diera cuenta del porqué de su enojo. Miguel desanimado volvió a su puesto, Martín observó a Manuel con rabia, cada día lo odiaba un poco más. No entendía cómo carajos Miguel se había enamorado de alguien como el chileno. Manuel era deprimente, amargado, un maldito perdedor. ¿Qué le veía? ¿Qué tenía el chileno que él no tuviera? Su frustración se evaporó al sentir como el peruano recargaba su cabeza en su hombro, esa simple acción bastó para hacerlo sentir en el cielo. — ¡No entiendo por qué Manu está enojado! — Exclamó con desgano mientras se acomodaba mejor junto a su amigo. — Dejá de perder el tiempo con ese boludo, Manuel no vale la pena, no es bueno para vos ni para nadie. — Susurra lo más bajito que su euforismo y rabia le permiten. — Sé que no es un mal pibe, pero la amargura que carga y su cara de orto van a terminar dañando cualquier boludez que intenten. Olvídate Miguel, no quiero verte deprimido, entendé que a mí me duele verte así. — Manuel tiene demasiados problemas, yo si estuviera en su lugar tampoco tendría la mejor cara de mundo. Tú hablas por qué no sabes lo que pasa huevón. — Dio leves palmaditas en la espalda del argentino. Luego de aquellas palabras se instaló un incómodo silencio entre ambos, prefirieron no tocar más el tema y simular que veían la película. Manuel no se hallaba en una situación diferente, miraba fijamente la pantalla mientras que por inercia comía ramitas sabor queso, y de vez en cuando se chupaba los dedos. Sin embargo, sus pensamientos se hallaban en ese par que le quitaba a diario el sueño. La película finalizó y los chicos ya podían irse a sus respectivos hogares. Manuel se colgó la mochila al hombro y rápidamente se acercó a Miguel, tomó al peruano del antebrazo de manera brusca, estaba furioso y necesitaba una puta explicación. Martín al presenciar la escena dejó salir toda su cólera reprimida, para su buena fortuna la profesora ya había salido del salón. Ni Miguel, ni Manuel se esperaron la reacción del argentino. — ¡La concha de la lora, te voy a matar forro de mierda! — Sin darles tiempo a reaccionar estrelló su puño contra el rostro del chileno. — ¡¿Martín, que te pasa huevón?! — Toma con firmeza al argentino de los hombros. — ¡No vuelvas a tocarle un puto pelo! — Frunce el ceño mientras mantiene la mirada fija en su amigo. — ¡Ándate a la bosta pelotudo! — Empuja al peruano. — Andá a seguir llorando por este pedazo de mierda. — Toma su mochila y al salir del salón empuja con fuerza a Manuel él cuál se tambalea ante el impacto. — ¿Flaquito estás bien? — Preocupado se acerca al chico. — ¡Ándate a la chucha Miguel! — Los ojos avellanas del chileno se cristalizan. — El culiao del Martín se siente con todo el derecho de actuar así por qué tú le das la pasada. — Sin poder contener más las lágrimas comenzó a llorar sintiéndose sumamente patético por actuar de esa manera. — Manu, no llores pues. — Lo rodea con sus brazos, lo estrecha con fuerza entre estos sin importarle las pataletas del chileno para zafarse. — Martín sabe lo que yo siento, sabe que solo tengo ojos para ti... ¿Por qué te has enojado conmigo? — ¡Te mordió el cuello y tú no hiciste nada! Si no le pones límite el weón va a hacer lo que se le dé la gana. — Alza la mirada enfrentando la del contrario. — Realmente no le di importancia, pero prometo que no volverá a pasar. — Aprovechando que estaban solos le plantó un beso en los labios. — Te amo Manuel. Manuel no respondió, lo amaba, o eso creía, más prefería omitir su respuesta hasta no estar completamente seguro de sus sentimientos. Miguel algo desilusionado dejó escapar un suspiro, aun así, esbozó una pícara sonrisa para romper la tensión entre ambos. Tomó su mochila y con su mano libre sostuvo la de Manuel saliendo del salón. Podían volver juntos a casa, su hermano Julio no había asistido a clases ya que había acompañado a su madre a realizar compras y eran los encargados de organizar todo para el viaje de la noche. Durante el camino se mantuvieron callados, algo poco habitual en Miguel, quién siempre hablaba hasta por los codos. Pese al silencio que se había instalado entre ambos no se sentían incómodos, bastaban un par de miradas y risillas cómplices para saber que todo estaba bien entre los dos. A una cuadra de sus casas decidieron soltar sus manos para evitar que algún vecino le fuese con el chisme a los padres del peruano, o bien al padre del chileno. — Está noche mis papás viajan a Santiago... Bueno, en realidad debemos ir todos, pero yo me quedaré, no sé aún que les inventaré, pero que me quedo, me quedo. — Dice aquello con total convicción. — Si es que no te dejan quedarte... — Hace una breve pausa intentando no se le quiebre la voz. — Que tengas buen viaje Miguel, envíame un w******p cuando llegues a destino. — Esbozó una fingida sonrisa, sería la primera vez que pasaría un cumpleaños sin Manuel. — Así no me quedo preocupado por ustedes. — Ya vas a ver qué me quedo flaquito. — Le da un ligero beso en los labios para luego alejarse siguiendo su propio camino. Manuel se quedó quieto en su sitio, sentía su rostro arder por la imprudente acción del peruano. Cubrió su rostro con ambas manos para luego reír como un maldito enfermo, cualquiera que lo viera en ese momento creería que estaba drogado. Miguel tenía el poder de hacer con sus emociones lo que se le viniese en ganas, con tan simple acción había logrado borrar todo rastro de enojo, sus celos se habían esfumado, lo único que le recordaba el mal rato era el ardor de su mejilla. De pronto, recordó que era el cumpleaños de Pedro, no contaba con dinero para comprarle un obsequio, más iría a saludarlo, pero antes iría a casa para prepararle unas ricas sopaipillas. Martín llegó a casa, le pareció extraño oír música, se suponía que su madre había ido al spa con amigas y no regresaría hasta la noche. Al acercarse a la cocina ve la silueta de su primo Sebastián, quién se movía al compás de la música de fondo mientras tomaba mate. Seba al percatarse de la presencia de su primo le bajó el volumen a la radio y dejó el mate ya vacío sobre la mesa acercándose a este dándole un fuerte abrazo. — Tincho, tenés una cara de culo que se te nota a kilómetros. ¿Todo bien? — Le da suaves palmaditas en la mejilla. — Menos mal que estás acá boludo, estoy hecho mierda. Nunca en mi vida me había sentido tan humillado como hoy. — Se separa del uruguayo, tira la mochila al piso y se sienta junto a la mesa cebándose un mate. — ¿Qué pasó? ¡Déjame adivinar! — Se sienta frente a él. — ¿Peleaste con el Migue por culpa de Manuel? — Saca un pastelito de la panera y lo lleva a su boca. — ¿Qué comés que adivinás trolo? — Sus palabras desbordan sorna. — ¡Manuel me tiene re podrido! Me encantaría que se le estrellara un meteorito en el orto y lo desintegrara. — Sórbetea con fuerza la bombilla para luego cebar un mate a su primo. — No te hagás el chistoso conmigo Tincho. — Recibe el mate. — A mí no me impresionás con ese tonito. Ahora explícame que fue lo que pasó para que te pongás así. — A la salida del Cole Manuel vino enojado y tomó a Miguel del brazo, esa actitud no me gustó viste. — Inevitablemente frunce el ceño. — Yo le dije al conchudo ese que no se pase de listo con Migue, y como no me dio bola le pegué. — Exasperado se pasa una de sus manos por el pelo dejando este alborotado. — ¿Podés creer que el boludo de Miguel lo defendió? ¡Sentí tanta bronca en ese momento! — ¡Ufff, es un boludo! Pero pará un poco, tenés que entender que Miguel no ve más allá por qué está re enganchado con el flaco. — Le entrega el mate vacío. — A mí Manuel me cae bien, el flaco es re buena onda, pero vos sos mi primo y te amo. — Le dedica una radiante sonrisa. — Te voy a ayudar a que Miguel se decepcione de Manuel, pero vas a tener que hacer caso a lo que te diga. Martín confiaba ciegamente en Sebastián, sabía que su primo era bastante astuto y el plan que este ideara no fallaría, sin pensarlo mucho sacó su teléfono celular y envío un mensaje a Miguel. "Te quiero boludo, mi boludo." Mas la respuesta jamás llegó. No dejaría que los continuos rechazos del peruano le afectarán, sería paciente y esperaría, llegaría el momento en que fijaría sus ojos en él y Manuel solo sería un desagradable recuerdo. Miguel recibió el mensaje de Martín, lo leyó y dejó en visto ya que no sabía cómo responder a sus palabras. Lo quería, se conocían desde pequeños, más que un amigo era un hermano, aun así no podía verlo con esos ojos, amaba a Manuel y muy a pesar de sus diferencias se enamoró perdidamente del chileno, lo sentía por Martín, pero en el corazón no se manda. Cuando su madre y hermano regresaron de las compras fingió estar llorando, ambos preocupados se acercaron a él para ver qué le pasaba, mas Miguel cubría su rostro con ambas manos intentando contener la risa y no echar a perder tan épica actuación. — ¿Qué le pasa mijito? — La mujer preocupada le acarició el cabello. — ¡De seguro ese chileno estúpido le hizo algo! — Acotó julio de pronto. — No... Manuel no me ha hecho nada pe... — Odiaba que su hermano hablara así de él. — Mamá, estoy reprobando lenguaje y matemáticas... Los profesores me dejaron trabajos para ayudarme a levantar las calificaciones. — ¡Me he cansado de decirte que estudies! Pero jamás me haces caso Miguel, tú papá se pondrá furioso cuando sepa. — La mujer se muerde los labios pensativa. — Vamos a hacer lo siguiente, le diré a tu padre que te quedarás acá, que en el colegio te han dejado mucho trabajo, te dejaré dinero y cosas para comer, pero más te vale que apruebes esas asignaturas Miguel Alejandro, de lo contrario te daré una paliza que jamás olvidarás. — La mujer se puso de pie. — ¡Ahora vete a tu cuarto a estudiar! — Gritó furiosa. Con una disimulada sonrisa se encaminó a su habitación, quería gritar de felicidad, todo había salido como lo planeo. Ahora debía encargarse de planificar la sorpresa para Manuel, deseaba deslumbrarlo, calar en lo más profundo de su corazón y pedirle pololeo el día de su cumpleaños. Se tiró en su cama, cerró los ojos un momento reviviendo cada momento junto al chileno, mientras su corazón latía alocadamente.
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