Busqué mi ropa, me vestí con rapidez, recogí mi cabello en una coleta desordenada y salí dispuesta a irme sin mirar atrás. Pero antes de poder atravesar la sala, las palabras de Selene me atravesaron como cuchillos. —Parece que tomaste mi consejo, Jaxon… ya te la llevaste a la cama. Me detuve en seco, me giré lentamente, clavando mis ojos en los de ella. —¿A qué te refieres con eso?— No pude evitar preguntar. —¡Basta, Selene! —gritó Jaxon, furioso, dándose la vuelta hacia ella—. Deja de hablar tanto y vete ahora mismo de aquí. Ella no se movió, su rostro era una máscara de superioridad y desprecio. —No te preocupes —dije, con la voz fuerte, y más clara que nunca—. La que sobra soy yo, por lo tanto me marcharé. Me giré y caminé hacia la puerta sin esperar respuesta. Las lágrimas ya

