Caí de rodillas, no supe si fue por el cansancio, por el miedo o por la adrenalina que aún me corría por las venas, pero mi cuerpo no pudo más. El corazón me latía tan fuerte que sentía que se me saldría del pecho. —¡Daphne! —la voz nuevamente de Jaxon al exclamar mi nombre me hizo levantar la mirada. Jaxon corrió hacia mí, me tomó entre sus brazos sin esperar permiso, con esa desesperación y alivio que solo he visto en quienes creen que han perdido algo irremplazable. —¡Te arriesgaste mucho! —exclamó. Lo miré con lágrimas ardiéndome en los ojos, lágrimas que llevaban meses saliendo de mí por su pérdida y le dije con la voz quebrantada. —El único culpable aquí eres tú. No dijo nada, solo me sostuvo más fuerte, como si temiera que, de soltarme, desaparecería. Me levantó del suelo

