Di un paso fuera completamente, subiéndome al primer escalón de la cabaña, y sin pensarlo, grité con todas mis fuerzas. —¡Ya basta!. Gritaba una y otra vez, pero no escuchaban. La lluvia seguía cayendo sobre todo mi cuerpo, pegando mi ropa a la piel, pero eso no me importó, tenía que tener cuidado porque acababa de dar a luz pero Jaxon me me deseaba. —¡He dicho que ya basta!— grité otra vez. Pero ninguno se detenía, era como si mi voz no existiera entre tanto caos. —¡Deténganse! —grité aún más fuerte, con toda mi alma. Y entonces, de repente todos se quedaron quietos. Uno a uno, los lobos dejaron de moverse, sus colmillos estaban al descubierto, y respiraban con cansancio. Mi corazón latía más rápido de lo normal, no quería que el miedo me terminara por invadir. —No pueden acabar c

