Una pesadilla

1544 Palabras
POV JOHANH La semana había sido un jodido espectáculo. Cada día, cada turno, cada tarea que le asignaba a Olivia era un maldito deleite para mí. Desde el momento en que pisó la cocina, la hice mi juguete personal. La vi pelar cebollas hasta que las lágrimas resbalaban por sus mejillas, y no precisamente por la emoción. La puse a lavar trastes hasta que sus delicadas manos de princesa estaban rojas y resecas. La obligué a limpiar los baños del personal, a recoger la grasa pegada del suelo, a trapear hasta que le dolieran los brazos. Y todo con una sonrisa burlona en mi cara. Me preguntaba cuánto duraría antes de mandar todo al carajo. La quería ver explotar, gritarme, romperse. Pero la perra se aguantó. Día tras día, sus ojos me fulminaban con odio, sus labios se torcían en una mueca de desprecio cuando le asignaba una nueva tarea humillante, pero nunca se echó para atrás. Y esa mierda... esa mierda empezó a molestarme. Porque si no se rendía, si aguantaba mi infierno, entonces ¿qué? ¿Iba a tener que respetarla? La idea me resultaba irritante. El domingo llegó y con él, mi pequeña dosis de incomodidad. Me encontré con Matt afuera, tomando aire después de otro día de martirio para su hermanita. Su mirada era seria, su postura tensa. —Te estás pasando, cabrón —soltó sin rodeos, dándole una calada a su cigarro. Me encogí de hombros, apoyándome contra la pared con las manos en los bolsillos. —¿Y qué? ¿La princesita vino a llorarte? —pregunté con sorna. Matt bufó, negando con la cabeza. —No. Pero no hace falta que lo haga. Se nota. Estás disfrutando esto demasiado. Le dediqué una sonrisa torcida. —Claro que lo disfruto. No todos los días tengo la oportunidad de poner a una malcriada como ella en su lugar. Matt me miró fijamente, evaluándome. —Si le haces esto solo por joder, detente. Pero si hay un propósito real detrás, entonces sigue —su tono era seco, serio. Matt no era un idiota. Sabía que yo no hacía nada sin razón. Le sostuve la mirada y asentí. —No es solo por joder —le aseguré—. Hay una lección en todo esto. Créeme. Matt no dijo nada más. Me dio un último vistazo, una última calada a su cigarro, y se largó. Esa noche, después del turno, Olivia ya estaba arrastrando los pies de puro cansancio cuando le solté la última orden. —Te toca trapear la cocina —dije con indiferencia. Esperaba que protestara, que me lanzara una mirada asesina, que al menos intentara negociar. Pero no. Solo asintió con los labios apretados, sacó el cubo y la fregona, y se puso a trabajar. Yo me acomodé en un banco junto a la puerta de salida, observándola con una media sonrisa. De vez en cuando, solté algún comentario solo para picarla. —Te falta ahí. —Cuidado con dejar marcas. —¿Esa es tu idea de un piso limpio? Olivia no decía nada, pero su mandíbula se tensaba más con cada palabra. Sus movimientos eran cada vez más bruscos, más irritados. Las horas pasaron. Eran las dos de la madrugada y ella seguía ahí, agotada, con la piel perlada de sudor y los ojos encendidos de rabia. Y entonces... explotó. —¡Ya basta! —soltó, dejando caer la fregona con un golpe sordo. Parpadeé, sorprendido por la repentina tormenta. —¿Quieres decirme qué mierda te traes conmigo? —espetó, avanzando hacia mí con el ceño fruncido y los puños cerrados—. ¡Si querías joderme, podías haberlo dicho desde el principio! ¡Pero no, tuviste que hacerlo a lo grande, humillándome día tras día! La miré, divertido, disfrutando el espectáculo. —¿Humillarte? —repetí, arqueando una ceja. —¡Sí, humillarme! —espetó, furiosa—. ¡Todas estas tareas de mierda! ¡Hacerme limpiar baños, lavar platos, trapear! ¡Si querías demostrar que soy una inútil, bien por ti, lo lograste! ¡Pero al menos ten los cojones de decirlo en mi cara! Sonreí, inclinándome ligeramente hacia ella. —¿Denigrante? ¿Eso es lo que piensas? —mi tono se volvió más bajo, más serio. Olivia no respondió de inmediato. Su respiración era agitada, sus ojos oscuros por la furia. Pero en su silencio, en su reacción, vi algo más. Algo que no esperaba. Algo que me hizo reconsiderar mi siguiente jugada. Así que ahí estábamos. Ella, con el pecho subiendo y bajando por la rabia, y yo, con una sonrisa que ocultaba mucho más de lo que dejaba ver. Joder... Esto se estaba poniendo interesante. POV OLIVIA Me quedé mirándolo, sintiendo el ardor de mi propia ira en la garganta, pero también el peso de su mirada clavada en la mía. Una sonrisa burlona danzaba en sus labios, pero sus ojos, esos ojos oscuros y penetrantes, brillaban con algo más... algo que me heló la sangre. Seriedad. Indignación. Antes de que pudiera reaccionar, Johanh me tomó por la muñeca con firmeza y me arrastró hacia el área del restaurante. Sentí el calor de su mano quemándome la piel, pero no me detuve, no podía hacerlo sin parecer más débil de lo que ya me había sentido toda la semana. —¡Hugo! ¡Samuel! ¡Rosa!—gritó, y su voz resonó en el espacio vacío. Tres personas se acercaron de inmediato. Primero, un hombre de unos 65 años, su espalda ligeramente encorvada, pero con una mirada firme y serena. Su piel estaba curtida por los años y su uniforme impecable, aunque delataba signos de un largo turno de trabajo. Luego, un chico joven, no más de 18 años, con el cabello desordenado y los ojos vivaces, pero con rastros de fatiga en su expresión. Por último, una mujer de unos 36 años, con las mangas remangadas y las manos enrojecidas, seguramente por el agua y los kilos de vegetales que manejaba a diario. —Te presento a algunas de las personas que hacen que este restaurante funcione—dijo Johanh, su tono lleno de intención. Cruzé los brazos, sin saber a dónde iba con todo esto, pero lo escuché. —Hugo es el encargado de limpiar todo el restaurante por las noches—señaló al hombre mayor—. Lava los pisos, las mesas, las estufas... se asegura de que todo esté impecable para que el día siguiente podamos trabajar sin problemas. Lleva haciéndolo por más de veinte años, y nunca se ha quejado. Hugo me miró y esbozó una sonrisa tranquila, como si estuviera acostumbrado a este tipo de situaciones. Sentí un leve retorcijón en el estómago. —Samuel—continuó, dirigiéndose al chico—. Él se asegura de que todo esté en su lugar al final del turno. Organiza, repone lo que hace falta, deja todo listo para que podamos empezar al día siguiente sin problemas. Podría estar haciendo muchas cosas a su edad, pero prefiere partirse la madre aquí porque su hermano pequeño depende de él para estudiar. El joven desvió la mirada, algo tímido, pero asintió con orgullo. —Y Rosa—finalmente, Johanh se giró hacia la mujer—. Ella es quien pela kilos de papas, cebollas, zanahorias, y hace un sinfín de tareas para que la cocina funcione. No es un trabajo fácil, pero lo hace cada día sin una sola queja. Tragué saliva. Aún no entendía a dónde quería llegar con todo esto. —Hugo mantiene a su esposa, que está enferma y en el hospital—dijo, con un tono afilado, casi como un golpe directo a mi estómago—. Samuel trabaja para que su hermano tenga una mejor oportunidad en la vida. Y Rosa se encarga de sus sobrinos, porque sus padres ya no están. Un silencio pesado se instaló en el aire. —Ellos hacen este trabajo todos los días, por un sueldo que no es justo, porque así es la vida—continuó, su mirada clavada en la mía —Pero lo hacen con dignidad, con esmero, sin quejarse y, lo más importante, con calidad. Y tú, princesa—escupió la palabra con una burla helada—, viniste aquí a llamarlo denigrante. Mi garganta se cerró. Sentía la mirada de los tres empleados sobre mí. No con odio, no con enojo... sino con algo peor. Con una especie de lástima silenciosa. —Ningún trabajo honesto es denigrante, Olivia—sentenció Johanh, con una calma peligrosa—. Pero lo que sí es denigrante es que seas tan estúpida y arrogante como para no darte cuenta de ello. El golpe fue directo. No había insulto ni grito que pudiera equiparar el peso de esas palabras. No dije nada. No podía. Johanh soltó un suspiro pesado y se giró sobre sus talones. Sin una palabra más, se dirigió a la salida, dejando atrás el eco de su sentencia y a mí, congelada en mi propio silencio. Mis ojos se desviaron hacia Hugo, Samuel y Rosa. No sabía qué decirles, cómo disculparme o si siquiera había forma de hacerlo. Pero por primera vez en toda la semana, vi sus manos cansadas, sus ojeras marcadas, su esfuerzo tangible en cada pequeño gesto. Y por primera vez, entendí.
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