4-Víctima de mi oscuridad.

1600 Palabras
Pov: Renata Wallace. Me arrodillo al borde de la azotea, dejo el estuche frente a mí y en menos de veinte segundos el rifle está ensamblado. Bípode extendido, culata ajustada a mi hombro, la cinta de tela antirreflejo cubriendo el cañón. Me tumbo boca abajo, pies separados, las puntas de las botas presionando contra el piso para estabilizar. El codo izquierdo clavado en el concreto, el derecho alineado con la culata. Apoyo la mejilla contra la culata, el rostro relajado. La mira me abre una ventana al otro extremo de la ciudad. —Objetivo en posición. Está en tu rango, Lucecita. —Nada de juegos —mascullo. Ajusto la torreta de elevación: 2.050 metros. Corrijo el lateral para compensar el viento cruzado de derecha a izquierda. Miro la burbuja del nivel: perfecta. No hay margen para errores. En la mira, el hombre apoya un brazo en el techo de un auto n***o, conversando con alguien dentro. Confirmo con la imagen que grabé en mi cabeza de las fotos. Es él. Respiro hondo, exhalo, y en la pausa antes de inhalar de nuevo, fijo el retículo sobre su cabeza. Dejo que el aire se escape y, justo antes de la siguiente inhalación, mantengo la apnea. El mundo se reduce al punto rojo sobre su frente. Presiono el gatillo sin brusquedad, apenas una caricia constante hasta sentir el retroceso suave, pero firme del disparo. La bala viaja antes de que mi oído registre el estampido amortiguado por el silenciador. Siento cómo mi corazón se acelera golpeando mi pecho. Esa sensación de adrenalina, peligro y muerte inminente que me hace sentir más viva que nunca. En la mira, la cabeza del hombre se desploma hacia atrás como si hubiera perdido el hilo de la conversación. Cierro el cerrojo, verifico la recámara vacía, desmonto el rifle. En treinta segundos el estuche está cerrado y yo ya camino hacia la salida, invisible para todos, menos para mi compañero que me sigue en el canal de radio. —Otro día más salvando el mundo, Lucecita —ruedo los ojos al escuchar a mi compañero. —¿No te cansas de tus apelativos innecesarios? —una risa ronca resuena a través del micrófono que traigo en mi oído. —No me juzgues, nada es más rápido que la luz, eres la mejor en esto. Nuestro país te lo agradece, Lucecita —pendejo. —Haz tu trabajo y no me molestes. —Pensé que podíamos echar un polvo —ruedo los ojos. —Corto comunicación, amenaza neutralizada —de un toque cuelgo. No tengo ganas de coger en un auto con él. No hoy. Solo cumplo mi trabajo. Mi aporte al bienestar del mundo. Subo a mi auto y tomo el sobre color madera donde está toda la información que me mandaron. Un terrorista que colocó una bomba en una planta química en las afueras de Mascate, Omán. Su lealtad no era hacia ningún gobierno oficial, sino a Halet, una agrupación bélica clandestina con base en otro continente. Mi trabajo es eliminar la amenaza sin que sea público. Estoy contratada por una agencia privada externa al estado. Nuestras identidades están protegidas, por eso ese tonto no sabe mi nombre y yo tampoco el suyo. Mientras en mi vida soy una arquitecta en progreso a ser la mejor, aquí soy esto. Esa que mientras tiene un rifle frente a ella se siente más viva que nunca. Y con seguridad sé que esto lo llevo en la sangre, mi madre es una excelente tiradora, yo ante sus ojos soy la peor, según sus palabras: salí a mi padre. Es mejor así, hay cosas que no es necesario las sepa, podría preocuparse en vano. Tengo todo bajo control. …… Mi alarma suena y la tomo entre dormida apagándola. No fue buena idea tomar este trabajo un día antes de tomar un vuelo a Las Vegas. Puedo oír la música que mi hermana pone al despertarse. Qué difícil vivir con ella. Apenas lleva una semana conmigo y me olvido que está aquí. Abro la puerta frotando mi rostro. —¿La música molesta? —niego y la saludo besando su mejilla. —Ya debo despertarme, tengo que tomarme un vuelo —me sirvo café. —¿A dónde vas? Puedo llevarte —propone Ana. —Oh ella, dueña de Wavery tengo avión privado —ríe conmigo. Mi hermana Anabelle es hija de mi padre, mas no de mi madre. Ella es Cinco años mayor y dueña de una joyería que le pertenecía a su padre biológico y a mi padre. Larga historia. Es mi hermana mayor. —Hablo en serio, además, podría ver a mis primos —me apoyo en la mesada pensativa. —Me ahorraría embarque, dos horas en el aeropuerto. ¿No sería abusarme? —achico mis ojos. —Reni, esto también es tuyo, si no tienes acceso es porque no quieres —ruedo los ojos. —De acuerdo, llévame, me dejaré consentir por ti —sonríe—. Iré a cambiarme. Antes de que cruce el umbral de la puerta de mi habitación, me detengo. —Oh casi lo olvido, ¿esto es tuyo? —indaga. Me volteo y la veo con un pañuelo rojo en su mano. Se lo arrebato de la mano apresurada. —Eso es privado. —¿De dónde lo sacaste? —sigue curioseando. —De nada, solo es un pañuelo. —No será que te lo dio ese loco que conociste hace un mes —arrugo mi rostro. —¿Qué loco? No sé de quién hablas —entro a mi habitación. —Ese que te propuso matrimonio a la primera cita —se carcajea. —Ya lo olvidé, si no lo mencionabas no lo recordaba. ¿Qué relación tendría este pañuelo, Anabelle? —replico ya dentro de mi cuarto. —Dijiste que te vendó los ojos, extraño. —Normal, era un loquito. Tú solo no digas esto frente a mamá —regaño. —No lo haré. Tranquila, sabes que soy una tumba. Eso espero. No debí contarle ebria todo eso. Suspiro mientras mi corazón parece querer salirse de mi pecho. ¿Por qué cada vez que recuerdo eso que sucedió hace un mes me pongo así? No es una sensación desagradable y esa es la peor parte. Es esa misma sensación que siento cuando estoy apunto de volarle la cabeza a alguien. ¡Basta! Me he vuelto loca. «¿Por llenarte de adrenalina o por masturbarte amarrándote ese pañuelo en el cuello?» Solo fue… una vez o quizás dos. No me molestes. Tengo un viaje qué hacer y concentrarme en el trabajo. Una oportunidad única surgió, remodelar uno de los hoteles cinco estrellas de Las vegas y me eligieron para ser la pasaste a cargo. Esto es bueno para mi carrera, para mi futuro. . Bajamos del avión. —Estaré por aquí unos días y volveré a Los Ángeles. Antes de que me vaya tenemos que ir a la discoteca que abrió Benjamín al lado de su club. —Si todo sale bien hoy, te hablo y salimos a beber. Gracias, Ana, eres la mejor —me despido. —Lo sé, me amas. Qué presumida. Claro que la amo. Subo a un taxi dirigiéndome al hotel Hilltop, donde mis jefes en este proyecto me esperan. Para la constructora es el proyecto más importante que tienen en mucho tiempo. El hotel Hilltop tiene una estructura estética y elegante, tiene 40 pisos, es el más concurrido de las vegas, el más cotoso, el mejor calificado en cuanto a arquitectura. Remodelarlo es una responsabilidad enorme, teniendo en cuenta que no fuimos los constructores, un error lo arruinaría, pero un acierto nos elevaría el prestigio como nunca. El taxi se detiene y admiro la entrada del lugar. El recibidor es enorme, con un candelabro que destila lujo, pero sin ser exagerado. El lugar grita Las Vegas, sin caer en lo predecible. Es como lo mejor de las vegas. Me encanta. —Señorita Wallace —me acerco a mi jefa. —Señora Santos, ¿he llegado a tiempo? —Sí, estamos a tiempo, el señor Hilltop aún no nos atiende, dicen que es muy difícil que nos atienda él en persona y adivina: lo hará. Esta oportunidad es increíble, no quiero presionarte, pero no podemos cometer errores. El será nuestro jefe ahora. —No habrá errores, estoy lista para esto, señora Santos —sonrío. —¿Señora Santos y señorita Wallace? —alguien se acerca, un hombre muy formal. —Sí, aquí —Celina se acerca a él. —Pasen por aquí, el señor Hilltop las espera en su oficina para darles la bienvenida —cuánto protocolo. Cuánto misterio. Aunque siendo dueño de un hotel como este. Él debe tener mucho dinero. Caminamos detrás del asistente hasta una puerta donde hay un hombre fuera que al verlo lo reconozco. Arrugo el entrecejo y no me mira. Mi corazón se acelera sin permiso, y la alerta en mi mente se enciende como una alarma. ¿Qué demonios hace él aquí? No puede ser casualidad. Mi cuerpo se tensa, pero no puedo apartar la mirada. Él tampoco me ve, o eso quiere hacer creer. Es uno de sus hombres. —Pasen por favor —nos abren la puerta y Celina es la primera en entrar. Yo voy tras ella arrastrando mi maleta con mi corazón desbocado. —Señor Hilltop, es un honor que nos atienda personalmente —el sillón se gira y lo veo ahí. —El honor es mío, señora Santos y señorita Wal… —Wallace, señor —expresa mi jefa. Estoy en shock. No puede ser él.
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