No era, muy a mi pesar, ese tipo de personas que tenía fantasiosos sueños. Solía acostarme y despertarme con solo una negrura como separación. Pero ese día fue algo surrealista. Recordaba que me había acostado, debía estar en un sueño pero tenía una sensación muy real.
Me encontraba en un pasillo blanco parecido al de un instituto con muchas puertas, solo que más acendrado.
Empezé a caminar hacia delante intentando visionarme en otro sitio para ver si era ese tipo de sueños que puedes cambiar a tu antojo. Sin embargo llegaba al límite del lugar y no cambiaba nada excepto el intervalo entre el ruido y el silencio entre mis pasos.
Todas las puertas eran grisáceas y tenían símbolos pintados en ellas. Era muy similar a esos carteles que indicaban el aula en el que estabas... ¿Pero por qué soñaba con una escuela? Ya había terminado mi educación y no estaba planeando en ir a ninguna universidad hasta el año que viene. No podía explicar por qué mi subconsciente deseaba soñar con ello.
—Señorita Thompson.
Esa era yo.
Me dí la vuelta de un salto para encontrarme a una señora muy formal con una libreta en la mano. Escribió algo rápido y me señaló una puerta para que entrara.
La habitación parecía un despacho pero seguía teniendo esa pureza y limpieza anormal. Había dos sillones grandes en las que nos sentamos sin realmente conectar miradas.
—No apareciste en nuestro radar—Dijo la mujer ajustándose las gafas.
—Este sueño es demasiado raro—pensé en alto sin realmente hacerle caso.
Al oír esto escribió otra cosa, era como si me estuviera estudiando.
—¿Sientes la energía del lugar?—volvió a pronunciar esta vez mirando mis brazos.
Se me había puesto la piel de gallina en el sueño, un olor hipnotizador me inundaba, la temperatura era perfecta y había un ambiente vigorizante.
—Sí, supongo que sí— contesté ya relajándome en el asiento
—Bien, es suficiente—dijo cerrando su libreta— Nos vemos mañana.
Me inundó la oscuridad.
No veía nada, solo un vacío n***o ante mí.
Abrí los ojos lentamente intentando acostumbrarme a la luz para encontrarme de nuevo en mi habitación. Había parecido tan real y era una pena que no lo fuera.
Me retorcí en mis sábanas y cambié la cabeza de lado hasta que un crujido en mi oreja me despertó.
Me levanté algo sobresaltada para encontrar un trozo de papel enrevesado en mi pelo. Tenía los bordes quemados y proyectaba un agradable olor a chimenea.
En él aparecía las palabras "Tempus fugit"
Todo esto era demasiado anormal, quería ignorarlo todo pero mi subconsciente me gritaba que se lo contase a alguien.
Pero por otro lado mi estómago rugía de hambre y quizás, después de llenar mi tripa se llenase mi ansiedad de paz.
Corrí por las escaleras y empecé a hacer tostadas al llegar a la cocina.
Unos pasos enormes y rotundo bajaban a gran velocidad gaste que junto al "pín" de la tostadora me robaron las dos rebanadas de pan que me había preparado.
—Gracias querida—sonrió mi padre al darle un mordisco.
—¡No le has puesto ni mantequilla!—dije abriendo la nevera para pasárselo—Toma.
—Que mal me cuida mi hija ahora que es mayor—bromeó correteando hacia su escritorio en el salón.
No me había acordado de qué día era hoy.
Le hice un té e intenté desayunar ya que el devorador había entrado en su cueva.
Cada vez que veía algo blanco me acordaba de esos pasillos y cada vez que veía a mi padre me inundaba la culpa de no poder hablar sobre lo que pasó ayer.
Mi teléfono empezó a vibrar con cientos de notificaciones de la conversación de mi novio. Algunos decían lo siento, otros eran corazones, otros muchos te quieros.
Por otro lado tenía un mensaje de voz de Lucas que me dispuse a escuchar:
Toda la familia me estaba cantando cumpleaños feliz, mi amigo estaba desentonando aposta, preguntando de quién era el cumpleaños aunque claramente había sido él quien los había obligado.
"¡Muchas gracias! ¿Estáis todos mejor?"— le contesté.
"¿Lo de la casa? Nos lo estamos tomando con humor"— me respondió— "¿quedamos hoy?"
—"Claro, ¿Dónde?"
— "El centro comercial a la hora de comer, quiero comprarle algo a la mayor de edad. Ya no eres un bebé :("
Confirmé su propuesta y me dirigí a mi padre para darle su té. Seguía escribiendo su magnífica historia pero paró cuando me acerqué a él.
—Cuando yo cumplí los 18 me fui de fiesta con mis amigos celebrándolo... Me alegro que no salieras a mí— dijo buscando mi mano con un puño cerrado— Pon las manos y cierra los ojos.
—Salgo más a tí de lo que crees, además voy a salir con Lucas de compras, eso sí que es una fiesta—dije haciendo una cuenca con mis dedos y cerrando mis ojos.
—Pues entonces esto te va a servir bastante— continuó— abre los ojos.
Un billete de 50 se posaba en mis manos.
—Feliz cumpleaños Ana.
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—Algo te está rayando y no me lo estás diciendo... Escupe— ordenó Lucas al entrar en la tienda.
—¡Quizás sea que hemos entrado en mil tiendas aburridas y por fín toca una divertida!—exclamé mientras miraba las tapaderas de juegos antiguos.
—Eh—respondió dejando su brazo sombre mi hombro— Voy enserio, estás distraída y dudo que sea por Ale. Él no suele estar tanto en tu mente.
—Es que...
—¿Esque qué? Sabes que puedes confiar en mí.
—¿Qué te parece "la caída de la muerte"? —dije intentando huir de esa conversación— ¡Mierda! No me llega el dinero, cuesta 60 pavos.
—¡A mí no me mires! La comida ha sido tu regalo de cumpleaños, yo estoy seco.
— ¿Se lo pido a mi novio ricachón? A lo mejor se cree que así volvemos— dije con mi subconsciente malvado gritando que lo hiciera.
— Te encantaría hacerlo, pero no lo harás. Justo antes de pedírselo te entraría la pena.
— Cierto es— suspiré dejando caer el juego sobre el montón en el que lo había encontrado.
—No te libras eh— me recordó con sus ojos preocupados— dímelo.
—No me creerías— resoplé cabizbaja.
—Me he creído muchas cosas en el pasado, no voy a desconfiar ahora.
Dudé por un segundo, no podía ser tan peligroso. Me había dicho que lo iba a mantener secreto pero mi mejor amigo se merecía la verdad y quizás fuera bueno advertirle de las personas peligrosas que habitaban la ciudad. Peligrosos o loco, dudaba mucho que pensaran que mi fuerza de voluntad fuera tan débil como para contárselo a él.
Podía confiar en él, no habían salido miles de secretos entre los dos y este no iba a ser una excepción.
—Lucas... Después de quedar contigo pasó algo...
—¡Oh dios mío eres tú!— gritó María que de la nada había aparecido a nuestro lado y se disponía a correr hacia mí para lo que parecía ser un abrazo.