Volví a casa con mi maletín lleno de dinero, el gordo de Ricci siempre me daba de más cuando se demoraba un poco con sus pagos, así que me sentía bastante tranquilo y satisfecho, sin embargo, el nuevo trabajo que me ofreció me resultó bastante extraño, y como él mismo me dijo, difícil de creer. Meditaba en ello en mi oficina mientras guardaba el dinero en la cajuela, me distraía por fracciones de tiempo imaginando y poniendo en orden toda la información que me había dado, llegando incluso a pensar que sus informantes estaban teniendo delirios o que tal vez se drogaban cuando salían en busca de esta.
Comencé a hacer anotaciones en mi diario de todo lo que Víctor me había dicho antes de que se me olvidaran sus palabras, cerré en círculos las frases más importantes para así tener una idea de cómo unir los cabos sueltos cuando tuviese más idea de lo que estaba sucediendo, que, sin lugar a dudas, me resultaba y era bastante insólito.
— ¿Por qué ustedes otra vez? —susurré entre dientes mirando mi libreta.
Según el trabajo que me tenía era acabar con un nuevo grupo mafioso que estaba metiéndose en el área en que se especializaban los Ricci, y esa era la zona de apuestas y el cabaret en sus espacios correspondientes. Claro que tenía otras redes más profundas que solo ese par de cosas, sin embargo, esas dos eran algo así como su marca conocida, meterse en ese mundo era meterse con la familia Ricci directamente. El problema era, ¿por qué ellos querían meterse con los Ricci en ese momento?
— Hora de la merienda —exclamó una dulce voz que ya reconocía con facilidad, sacándome de mi nube de pensamientos. Levanté mi cabeza en dirección a la puerta y vi a Laura y a mi querida Luz caminando hacia mí, la chica con un platillo de panes y la otra con la bandeja del té, cerré de inmediato mi libreta con disimulo, lo mejor era mantener todo bajo perfil y no levantar en ellas ningún tipo de preocupación que podría ser innecesaria.
— ¡Vaya! —exclamé alegremente—, este es el mejor servicio que he recibido en este día.
— Volvió pronto, joven amo.
— Ricci es un buen negociante. Ni qué decirle, solo me quedé un rato charlando, está gordo, va a terminar rodando —comencé a reír, debía bromear y evitar soltar el tema de charla real que tuve con Víctor.
— No me sorprende, recuerdo que en la fiesta de fin de año, el señor Ricci comió como si no hubiese probado bocado en semanas.
Más que gracia, el rostro de Luz demostraba pánico, siempre fue una mujer que se preocupaba por la salud de los demás, y el comer demasiado era algo que ella no solía aceptar en nadie, se dio media vuelta y salió de la biblioteca llevando consigo las bandejas; Laura se sentó en el sillón frente a mí, parecía haber entrado en cierta confianza conmigo, cosa que me parecía muy bien, pues tenía algo en mente para ella, tenía que pensarlo bien e incluso, discutirlo con Fiorella.
Oh, sí, Fiorella iría esa noche a la casa Lombardo, la noche anterior, luego del castigo, había sido una gran velada donde llegamos a una increíble conclusión. Tenía muy en claro que seguramente ella lo hacía solo por dinero y tener una vida cómoda, llena de lujos y cuidados que solo gozaba cuando estaba conmigo.
— Pequeña Laura, hoy vendrá a cenar alguien especial.
En mi cerebro de idiota subnormal, creía que si Laura conocía a Fiorella, todo resultaría e iría mejor, al menos en el caso de la niña, creí que se llevarían bien o que al menos podrían soportarse, y claro, esa era una posibilidad, Fiorella era encantadora y Laura era dulce, necesitaba aprender mucho más de la vida. Aunque no podía decir demasiado sobre ella en ese entonces, recién la estaba conociendo. La consideraba una pequeña niña o un ángel que llegó a mí para hacer de mi vida algo mejor dado a nuestros gustos similares en la lectura. Y he de aclarar, que eso en particular, era algo que me atraía como imán hacia ella. Quería hablarle de muchos libros y seguramente estaríamos en ello durante horas.
— ¿De quién se trata? No conozco a nadie aquí salvo a usted, a la nonna* Luz y a Vittorio de vista.
*Abuela
— Ya le conocerá.
Entrecerró los ojos un poco confundida, supuse que se preguntaba quién sería tan especial como para escuchar esas palabras salir de mis labios, pero al cabo de unos dos segundos, se encogió de hombros y tomó el libro que había estado leyendo más temprano, ojeándolo con cierta curiosidad.
— ¿Disfruta mucho de este tipo de lectura?
— Leo de todo un poco. ¿Cómo va con Drácula?
— Me llevé el libro a mi habitación, espero que eso no le genere un descontento y si es así, lo buscaré ahora mismo —negué con la cabeza, en realidad solo me importaba que lo cuidase y que ella estuviese en paz durante su estadía—. No duré mucho aquí, no me gusta estar sola ya… así que fui con la nonna Luz a la cocina luego de que usted se marchó.
— ¿Te permite decirle nonna? —ella asintió con una pequeña sonrisa—. Ella me clavaría el tenedor en una pelota si le digo de tal manera.
— No lo creo, ella lo ve como su hijo, se preocupa por usted. Y también me dijo que le gustaría que dejara de decir palabrotas a cada rato.
— ¿Eso le dijo? —era hermoso saber que ella me consideraba como su hijo, así como yo la quería como una madre genuina.
— Hablamos mucho cuando usted se fue. Y yo a veces pregunto demasiado, quizá fui demasiado molesta para ella, que estaba tan ocupada en ese momento.
— No está mal ser curioso —señalé y era cierto —. Además, a la nonna Luz le gusta mucho conversar.
— Ella me dijo que no había problema alguno con su cita de negocios de hoy, me dijo que se lleva bien con ese señor. No recuerdo su nombre.
— Sí, algo así, a final de cuentas, entre mafiosos no se puede tener nada en concreto. Yo me llevaba bien o se podría decir que bien con Giovanni Napoli —pude notar que la chica tensó los labios con solo la mención del viejo—, pero ves que ahora soy enemigo de ellos. La vida da muchas vueltas, pequeña Laura.
— No me diga pequeña —la seriedad en sus palabras me dejó boquiabierto, pues parecía bastante enojada de un segundo a otro.
— Disculpe usted.
— No soy una niña, señor Coppola. Si usted piensa que tengo quince años, está muy equivocado.
Sí, efectivamente pensaba que tenía quince años como mínimo.
— ¿Dieciocho? —mi segunda opción.
— Veintidós, así que por favor no me diga pequeña.
— ¿Veintidós? —repetí como un completo ingenuo, a lo que ella asintió con el ceño fruncido y su nariz ligeramente arrugada, un gesto que la hacía lucir mucho más hermosa y adorable.
Ella quería verse como una mujer adulta, pero sus expresiones me resultaban tiernas y me hacían pensar que solo estaba colocándose un poco de edad para verse más madura ante la sociedad o para nosotros. Quizá solo quería hacerse notar como una verdadera dama, prospecto de mujer.
— Tengo veintidós, le agradeceré que no me trate como a una niña solo por ser de baja estatura y tener mejillas rosadas.
Se levantó dejando mi libro en el escritorio nuevamente y se marchó, dejándome allí con mi cara estupefacta y confundida. ¿Acaso las mujeres se enojaban por ello? Ya quisiera yo tener de nuevo quince años y no andar trabajando día y noche para mantener el status Lombardo en alto. Extrañaba demasiado mis días como un vago que fumaba tabaco toda la tarde y tener peleas callejeras con chicos de mi edad, ahora si peleamos, nos matamos o quedamos heridos de gravedad como mínimo. Qué tiempos aquellos…
Me quedé pensativo por varios segundos luego de quedarme solo, rememorando mi pasado y pensando un poco en la actitud de Laura, un cambio repentino de humor, aún más considerando que ya le había llamado anteriormente “pequeña Laura”, quizá fui muy insistente en llamarla de tal modo. Luego recordé mi charla con Víctor y me dispuse a continuar con mis anotaciones, sentía que algo no me terminaba de encajar, como si las piezas del puzle estuviesen incompletas. Definitivamente había un cabo suelto del cual él no estaba enterado.
Me bebí el té y me comí los panes tan rápido que quizá no comí, sino que tragué como un cerdo, este asunto pendiente con el nuevo trabajo solicitado por Ricci me tenía bastante intrigado, curioso. Debía entender bien este problema antes de proceder al sicariato de esta persona tan misteriosa que se metía en los juegos equivocados.
Recordé la visita de Fiorella, vi el reloj y noté que ya eran las cinco y veintitrés de la tarde. Si no estaba listo antes de que ella llegase, seguro me castigaba de nuevo, y aunque me gustaran sus juegos por castigo, consideraba que no era en absoluto el momento indicado para ello al estar la chica en casa, además de que debía cumplir con lo que ya habíamos planeado, una gran cena en presencia de mi querida madre adoptiva, con Laura y mis hombres considerados como mis segundos al mando, Vittorio, Bruno y Steffano.
Agarré mi libreta y salí directo a mi habitación, una vez allí cerré la puerta detrás de mí, dejé el cuadernillo sobre mi cama. Comencé a quitarme la ropa hasta dejarla toda en el suelo, la bañera estaba lista, las domésticas solían saber la hora en que me gustaba tomar un baño, por lo que el agua estaba tibia aún. Entré, quedándome allí por un rato, relajando mis músculos que se encontraban tan tensos por todo lo sucedido en menos de dos horas, la cantidad de información recibida fue como una comida pesada que te deja lleno por largas horas.
Volví a quedarme dormido, me despertó el sonido de la puerta, le daban golpes como si fuesen a tirarla. Avisé que seguía con vida y la respuesta que obtuve es que ya había pasado media hora desde que fueron a buscar a Fiorella. Salí de la bañera con las pelotas bien mojadas, destilando agua por todos lados mientras buscaba la toalla. Si no estaba listo en diez minutos para recibirla, el castigo sería inminente, además que era muy probable que Luz no la dejaría ingresar a la casa por ser lo que ella era. ¿Cómo explicarle que había dejado eso atrás y que ahora deseaba estar a mi lado? Incluso fue ella misma quién me había dicho que deseaba estar a mi lado siempre. ¿Debía creerle luego de haberse abierto a quizá cientos de hombres? Es algo a lo que Luz me diría que no, pero realmente no tenía nada que perder luego de tanto.
Me vestí con un traje n***o y camisa blanca tan rápido como pude y salí al vestíbulo ajustando mi reloj de pulsera de camino. El auto donde llevaban a Fiorella estaba entrando apenas por la entrada principal, eso era un gran alivio para mí, escuché a Bruno mofarse de mi situación diciendo que ya podía respirar con tranquilidad, pero ignoré sus palabras y me apresuré en salir a recibir a mi mujer adorada. Apenas el coche estacionó, abrí la puerta y tendí mi mano a ella, la cual aceptó con esa hermosa sonrisa que resaltaban sus dientes blancos, sus preciosos ojos verdes y su piel morena. Llevaba su cabello n***o recogido y un traje blanco que constaba de una falda larga y un delicado saco, además de sus tacones del mismo color, claro.
Cuando volví mi mirada hacia la entrada de la casa Lombardo, Luz y Laura esperaban en la entrada. La primera mirando con desaprobación y la segunda mirando a Fiorella con lo que parecía ser confusión. Luz susurró algo a la chica y esta sonrió; aunque al estar ya frente a ambas, la sonrisa de Laura se desvaneció, mientras que la mayor, cruzada de brazos, solo me miraba a los ojos, como si Fiorella no existiera. Tuve que romper con ese silencio incómodo.
— Antes que nada, vayamos al comedor para dar mi gran charla.
Seguí avanzando con Fiorella en mano, los que estarían en la cena ya estaban al tanto de ello, no tenía que decir de nuevo que debían estar allí, simplemente seguirnos hasta el lugar o pasar primero mientras iba despacio con mi chica. De un momento a otro, giré mi cabeza hacia atrás y poder notar como Laura se inclinaba mientras le decía algo a su nonna, ¿acaso se disculpaba por algo? Miré a Luz pidiendo una explicación, pero me hizo una señal para que siguiese caminando, así que hice caso, pero apenas al llegar al comedor y ayudar a Fiorella a tomar asiento cómodamente, me dirigí hacia Luz para abrir su silla y preguntarle mientras, de igual forma, se sentaba.
— ¿Qué sucedió con la señorita? —pregunté casi en un susurro.
— Tranquilo, ya viene, dijo que quería ir un momento al baño.
Me pregunté a mí mismo porqué no fue antes, pero debía tomarme todo con calma. Ella era nueva en casa, su memoria fallaba y había perdido parte de su pequeña familia como para exigirle cumplir con los requerimientos que pedía a los demás.
Quizá se demoró unos quince minutos, pero había regresado con la cabeza un poco baja, me había entretenido hablando con Fiorella por lo que no presté demasiada atención hasta que la misma me dijo que Laura había regresado. Volteé a mirarla, se había sentado al lado de Luz evitando mirar hacia nuestros asientos.
Me levanté e indiqué a las señoritas encargadas de la cena que ya era hora de servir la comida y en menos de un minuto estaba colocando las bandejas en el centro de la gran mesa, colocando las copas, cubiertos y platos de cerámica blanca. Mientras ellas culminaban con su pequeño trabajo, me encargué de abrir la botella de vino de manzana frente a mí, serví mi copa y el de mi querida invitada, luego lo entregué a Bruno para que sirviera las demás, y cuando todas las copas estaban servidas, me dispuse a dar el brindis de bienvenida.
— Ya la inmensa mayoría conoce a la señorita a mi lado —inicié mi discurso sin tener idea alguna de los problemas que mi vida tendría a partir de esa noche —, Fiorella Greco, la mujer con la que he salido desde hace un par de años como una simple aventura, pero esa aventura pasó a ser algo más. Quisiera que además de recibir el apoyo de todos los aquí presentes, hicieran sentir en casa a la señorita Greco, quien vendrá más a menudo al recinto. Pues la señorita Greco es ahora mi prometida.
Mis hombres alzaban las copas con orgullo, pero Luz y Laura parecían estar en otro planeta, hablaban en voz baja como si mantuviesen algún tipo de secreto, observé a Fiorella, parecía incómoda o un tanto mal por ello.
— Señora Luz, ¿sucede algo? —ambas me miraron como si fuesen un par de niñas pilladas en una travesura, la anciana me sonrió.
— Le explico a la joven el uso correcto de los cubiertos.
No dije nada, pero mi expresión les daba claramente a entender que no era el momento justo para explicarle aquello, por lo que ambas guardaron silencio, pero ya mi charla había terminado o quizás yo me sentí de pésimo humor como para continuar, todos empezaron a comer. Fue Steffano quien rompió el silencio.
— Señorita Greco, ¿entonces usted y el jefe estarán en una relación seria?
— Sí, así es… deseo dejar atrás la vida que tuve hasta hace poco. No quiero continuar en ello.
Luz levantó la mirada, parecía que esas palabras llamaron su atención, esperaba que ya no la juzgara más. No tenía sentido hacerlo, pues su jefe, era un mafioso, un asesino, y eso era mucho peor que cualquier otra cosa.
Pude ver el completo desagrado de Luz con una sola mueca, pero nada podía hacer al respecto, además que solo quería intentar algo diferente en mi vida que no fuese la violencia; mientras que Laura observaba a Fiorella sin siquiera prestar atención a su comida. El ambiente se sentía bastante raro e incómodo. Quizá había sido mala idea llevarla esa noche.
Intenté concentrarme en mi cena, coloqué mi zurda en el muslo de Fiorella y ella me sonrió, me dijo que todo estaría bien pronto. Cuando llevaba ya el cubierto a mi boca, uno de mis hombres que se supone vigilaba los pasillos, irrumpió de forma abrupta en el comedor.
— ¡Señor Coppola! —le miré con cara de pocos amigos, pero al juzgar por su expresión, supe al instante que se trataba de algo importante.
— ¿Qué pasa?
— Giordano ha desaparecido, un charco de sangre fue lo que quedó en la zona que vigilaba. Todos están buscando en los alrededores de la casa ya.
Giordano era el centinela de la entrada principal, el hecho de que desapareciera sin dejar rastro más que solo un charco de sangre, lo hacía demasiado alarmante para toda la casa Lombardo, Fiorella estaba en peligro, junto con Laura y todas las mujeres que trabajaban. Suspiré pesadamente, mis ojos se fueron directamente hacia Laura, la cual parecía haberse quedado en shock.
— Los Napoli…
Ella susurró para sí misma, pero el movimiento de sus labios me hizo comprender a la perfección lo que ella había dicho. Fiorella me tomo de la muñeca, fue allí que mis ojos se posicionaron en ella, pero tuve que actuar de inmediato ante lo sucedido.
— Vittorio, tú y Steffano lleven a las mujeres a la sala del sótano, cierra y asegúrate de que estén a salvo. Armas en mano y listas para atacar a cualquier intruso.
Asintió y se puso en pie, todas comenzaron a seguirlo sin decir palabra alguna por más miedo que sintiesen. Me giré de nuevo hacia Fiorella y tomé sus manos.
— Debes ir allí, cuando la zona esté asegurada, iré a buscarte —ella asintió y se levantó, yo hice lo mismo, pero caminé hacia Luz y Laura —. Señorita, escúcheme, le prometí que su vida sería asegurada aquí, vaya con Vittorio y la señora Luz, estarán a salvo, las buscaré cuando el peligro pase. Vittorio y Steffano irán con ustedes.
Otros de mis hombres esperaban afuera del comedor, salí con arma en mano junto a Bruno a modo de respaldar a las señoritas mientras eran guiadas al sótano y una vez las habíamos perdido de vista, el rostro de terror de Laura fue lo que quedó grabado en mi memoria. Debía protegerla a toda costa, sabía que este ataque era porque ella estaba aquí. Y es que claro, sabía perfectamente que se trataba de una jugarreta de los Napoli.
Salimos al patio principal. La plaza estaba despejada, algunos de mis hombres salieron al frente de la casa Lombardo pero no había ningún vehículo o huellas de que alguno estuvo en la zona, ni manchas de sangre que mostraran el rastro de Giordano luego de ser atacado.
Apreté mi puño izquierdo. Esos malnacidos se habían salido con la suya, y no pude hacer un demonio para prevenirlo ni para defender a mi gente, salvar la vida de uno de mis hombres.
El silencio reinaba como si fuese medianoche, el viento aún corría con aire invernal, así que tratamos de investigar por todos los rincones con rapidez, pero nada… ni una sola pista, ni sangre, nada más en el lugar donde le atacaron. Como si lo hubiesen metido a una bolsa donde no pudiese escapar ni una sola gota, o como si se hubiese desvanecido de la nada. Era como si se hubiese tratado de un acto de magia bastante macabro.