Aquella noche, Dimitri había ido a visitar a su madre y a su hermano. Yo preferí no acompañarlo; la relación con su familia nunca fue fácil, y, aunque lo he intentado más de una vez, siempre termino sintiéndome como una extraña. Me costaba encajar en ese círculo donde todo parecía medirse por miradas que no entendía y silencios demasiado largos. Él lo sabía y nunca me obligaba, pero seguía esforzándose por mantener ese lazo familiar que para él era tan importante. Antes de marcharse, me dejó un mensaje breve pero dulce, diciéndome que volvería algo tarde y que descansara. Seguí su consejo: preparé una infusión, leí unas páginas de mi novela favorita y luego, sin darme cuenta, el cansancio me venció. Me desperté de repente, confundida, sintiendo algo cálido sobre mis muñecas. Abrí los ojo

