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2493 Palabras
Martha no podía parar de disculparse ante el joven. —Lo siento mucho, señor, lo que esa ingrata... a la que he estado cuidando como si fuera mi hija... le ha hecho... Qué vergüenza, ¡qué vergüenza¡¡si hasta le ha robado! Voy a pedirle el favor que la deje estar, además, por lo que deduzco se ha ido y no volverá, y una vez que la chica se pone a caminar, ya no hay quien la encuentre, eso me escribió una vez su madre, y por eso, porque es para mí como una hija... aunque sólo llevaba aquí unos meses... no soportaría que la castigaran. Yo le devolveré el dinero que le ha quitado. —Está bien señora, vamos a dejarlo —contestó Aland que todavía rabiada de dolor, lo cierto es que le había dado bien fuerte, además, todavía estaba borracho y sólo quería dormir—. Si me dice que no va a volver lo zanjamos, no tiene que devolverme nada, lo único que le pido es que no le cuente esto a nadie. —Lo que usted pida, señor, y... gracias. —No soy de ese tipo de personas que disfruta viendo como le cortan la mano a nadie, ahora si me hace el favor, tráigame un poco de hielo. Lo cierto es que Aland tenía toda la intención de dejar aquello en el olvido, por suerte la chica se había marchado y ya no tendría que verla más, sólo se sintió un poco idiota por haber bebido más de la cuenta y dejar que el alcohol lo nublara... y haber sido entonces engañado por... aquellos intensos ojos marrones de largas pestañas. Si hasta por un instante disfrutó del beso, pero se dijo que no, que debía ser por la soledad y por el tiempo que no estaba con ninguna mujer, por lo que casi se había dejado llevar. Desde que había aceptado aquel nuevo nombramiento, sólo se había centrado en trabajar. Y mejor así; unos minutos con una mujer y había salido dañado, literalmente. Y... realmente hubiese preferido que nunca lo supiera nadie, pero después de dejar la posada y reanudar la marcha, hubo un momento en que paró a mear y notó que le dolía un poco, musitó un quejido que llegó hasta las orejas de Godwin. Este le preguntó, y Aland intentó inventarse alguna cosa, pero su amigo tenía un don para sacar información y no pudo más que sincerarse. Se estuvo riendo de él durante una gran parte del camino. No tardaron mucho en llegar al condado de Highwoods, puesto que estaba relativamente cerca de aldea que habían dejado atrás. Una vez allí, buscaron alojamiento para comer y descansar. Al día siguiente llegarían hasta allí los hombres que esperaban y luego reanudarían la marcha hacia otro de los pueblos del condado, del cual, habían recibido la noticia de que uno de sus rebaños había sido asesinado por alguna bestia, exactamente igual que había ocurrido en Bluecastle, ciudad de la que procedían. Aquella noche antes de irse a descansar, Aland se paró a contar las monedas que tenía, por suerte aquella chica no había logrado llevarse demasiadas, y por suerte también, él que siempre era bastante previsor... llevaba algunas monedas más escondidas entre sus pertenencias. Una vez asegurado que dispondría de dinero para alimentar a sus hombres y los gastos necesarios, se despojó de sus ropas y se dispuso a dormir, esta vez sí, sin que nadie le molestara.     Cuando al día siguiente llegaron los diez hombres que esperaba, Aland se sintió molesto porque algunos de ellos eran bastante jóvenes y no estaba muy seguro que clase de bestia era la que buscaban. Quizás no era sólo un lobo como esperaban, quizás eran varios y peligrosos y no tenía ningunas ganas de poner la vida en peligro de aquellos jóvenes que de lejos se veían inexpertos. Le hubiese gustado escogerlos a él personalmente, pero a su señoría el Conde se le habían apetecido que fueran voluntarios. Y al final, por voluntarios significaba que, excepto dos que eran de su guardia personal, los demás habían sido obligados a ir por sus padres, como reprimenda por algo que hubiesen hecho. Por suerte contaba con Godwin para que le cubriera las espaldas y dirigir aquello, aunque en los últimos años se había dejado un poco y era, aunque todavía muy fuerte, más lento gracias a su panza cervecera. Había reunido a todos los hombres en el bosque para dar las órdenes, para no ser así oído por los aldeanos, ya no quería asustar a nadie con asuntos sobre lobos. —Ahora partiremos hacia el pueblo en el cual han aparecido los animales muertos, una vez lleguemos allí, Godwin y yo hablaremos con el alcalde para saber las novedades; los demás simplemente estad atentos. Si la bestia, de la cuál suponemos que ha sido un lobo, apareciese, los más jóvenes e inexpertos quedaros al margen, excepto que yo indique lo contrario. Que nadie haga nada sin que se lo ordene, queremos solucionar esto lo más rápido y pronto posible, así que quiero el mínimo de caos posible. Los hombres asintieron con la cabeza y momentos después un ruido entre los matorrales los puso en guarda. Aland hizo un gesto con la mano para que se estuvieran quietos. El ruido prosiguió, aunque no era un gran alboroto, sólo movimiento entre las hojas, Aland se acercó con la mano en la empuñadura de su espada, y segundos después, tras las zarzas apareció un perro junto a un cachorro. Todos dejaron ir el miedo por la incertidumbre y rieron a carcajadas. —¡Aquí tenemos al lobo! —exclamó uno de ellos riéndose. —¡Fuera de aquí chucho! —gritó otro, dándole una patada a una piedra que voló hacia el perro; tanto el perro como el cachorro se asustaron y retrocedieron. —Recordar que las bestias no somos nosotros —exclamó Godwin bastante molesto. Aland se acercó a los perros antes de que estos huyeran, se agachó y los saludo con pequeños gestos, hasta que poco a poco el perro adulto se acercó, y con el también, el cachorro y pudo acariciarlos. —En una de las bolsas de equipaje hay un cuenco de comida —dijo dirigiéndose a uno de los chicos de pelo rubio y delgado que tenía aspecto de no tener mucha fuerza—, cógelo y llénalo de agua. Miró a los perros, uno era un cachorro de pocos meses, y el adulto era obviamente una hembra, no parecía muy mayor, era de tamaño medio y pelaje blanco y n***o. Estaban un poco sucios de haber vagabundeado, aunque no demasiado, quizás llevaban poco tiempo en la calle. El chico se acercó con el cuenco lleno de agua y se lo acercó a los perros, la madre dejó beber primero al cachorro y después lo hizo ella. Parecían sedientos, así que seguramente también hambrientos, por lo que Aland pidió que le acercaran algo del embutido que llevaban encima, algunos de los hombres pusieron mueca de no gustarle la idea de dar a los perros parte de su comida, pero a Aland no le importaba lo que pudieran pensar. —Me pregunto que habrá sido de los otros cachorros —preguntó el chico que había traído el agua—. Ya sabes, no tienen sólo uno. —Bueno esperemos que hayan encontrado un hogar y la madre y este pequeño son los únicos que no han encontrado casa —contestó Aland a la vez que volvía a ponerse en pie—, aunque no parecen que lleven mucho tiempo en la calle, tal vez sean de alguien de por aquí, o se han perdido. ¿Cómo te llamas chico? —William, señor. —Bien, William, te pido el favor que te encargues de limpiarlos y cuidarlos mientras yo no pueda. Preguntaremos en la posada si son de alguien, sino tienen dueño me los quedaré yo, hace tiempo que pienso en tener perro. ¿Te importa si te pido este favor? —Oh no, para nada —contestó el chico sonriendo, —me gustan los perros y todavía no tenemos mucho trabajo que hacer. —Gracias... por cierto William, ¿te hiciste voluntario o alguien de tu familia te obligó? —Me hice voluntario, señor, tenía ganas de viajar y esta fue... una manera. Aland agradeció nuevamente que se ocupara de los perros y se sintió contento de darle esa tarea, no podía imaginarse a aquel joven peleando con un lobo. Lo que le hizo recordar y volver a sentirse molesto porque le hubiesen enviado tantos chicos tan jóvenes, eran casi la mitad de sus hombres. Al día siguiente se dirigieron hacia el pueblo de Servury, ahora les acompañaban la perra Moon y el cachorro Sunny. Habían estado preguntando, pero nadie conocía la procedencia de los perros, así que Aland los adoptó, sabía que serían una buena compañía cuando volviera a casa.     Servury les sorprendió con un vasto y extenso rio, y un bosque esplendoroso. No era un pueblo muy grande, pero eso le hacía parecer un buen lugar para vivir, además, por lo que le habían contado, vivían allí gentes muy tranquilas. Sólo había un par de posadas para los viajeros que paraban de paso y alguna taberna que cerraba temprano. Era un lugar tranquilo, y era por eso, que lo sucedido con las reses había llamado tanto la atención y llegado hasta los oídos de Aland en Bluecastle. Cuando se enteró, se puso enseguida en contacto por carta con el alcalde del lugar. Ahora que ya estaban allí cabalgando por el interior del pueblo, preguntaron a los habitantes dónde se encontraba el ayuntamiento. En cuanto supo dónde era, envió a sus hombres a buscar alojamiento en la posada, y luego se dirigió caminando hacía allí junto con Godwin. Un pequeño edificio de piedra, sólo algo más grande que las demás casas, y algo más alejado de estas, era la casa que se le otorgaba a la alcaldía. Cuando se acercaron un fuerte olor a comida llamó su atención, no porque tuviesen hambre, sino por lo mucho que olía a ajo. Llamaron a la puerta, y un hombre moreno, algo bajito, ancho de espaldas y de cara agradable, les abrió. —¿Es usted, Aland de Sallow?  —preguntó, antes de que pudieran presentarse. —Sí soy yo, y este es mi amigo Godwin Amery, uno de los hombres que me acompañan. —Encantado, les esperaba. Yo soy el alcalde y mi nombre es Robert Daft, pero por favor, pasen, pasen. Entraron en la estancia que resultó bastante humilde para ser una alcaldía, apenas unos muebles y un soldado de guardia en la sala principal, y no parecía tener administradores que se encargaran de recibir a la gente. Pero era justo lo que esperaban de un lugar como Servury. El alcalde los hizo pasar a su despacho y los invitó a sentarse, después pidió a la sirvienta que les trajera un par de vasos de sidra. —Disculpen el olor de la casa, en realidad están cocinado sopa, sólo que mi mujer está exagerando con el ajo, a causa del incidente con alguno de los rebaños tiene la cabeza llena de supersticiones —les dijo mientras ocupaba su asiento tras la mesa. —¿Supersticiones? —preguntó Aland. —Si ya sabe, por eso de que pueda ser otro tipo de bestias. —No sé a qué se refiere —contestó Aland, que miró a Godwin quien tenía cara de hacerse una idea. —No importa, no importa, sólo son tonterías. Han venidos ustedes a obtener más información y cazar al lobo. —Exacto —dijo Godwin introduciéndose en la conversación—, aunque no sabemos seguro que sea un lobo ¿alguien lo ha visto? —Me temo que no, como le escribí a su amigo el señor de Sallow nadie vio lo que ocurrió, ni quien lo hizo. Pero las marcas que dejó eran claras de ser un animal, uno grande, y no hay pruebas de que haya podido ser un hombre. —Así que no sabe nada más —agregó Aland, aceptando el vaso de sidra que acababa de traer la sirvienta. —Me temo que no, es lo que ya le escribí en la primera carta, una mañana, una parte del rebaño de nuestro vecino el señor Bates, apareció devorado. Pero por favor no le pregunten al hombre, lo que sabe ya se lo conté yo, y el pobre se ha quedado bastante destrozado con esto. Si quieren pueden visitar el lugar, aunque obviamente tuvimos que limpiarlo. —Nos gustaría echar un vistazo rápido a la granja dónde sucedió, y después buscaremos pistas por el bosque —comentó Aland. —Por supuesto, por supuesto, lo que necesiten.     Aquella misma tarde Aland se dirigió con todos sus hombres a visitar la granja, pero por más que buscaron no encontraron prueba allí. Así que después se adentraron en el bosque en búsqueda de pistas, con ellos iban también los perros, Moon caminaba curiosa y el pequeño Sunny iba en el pecho de William, quien había utilizado un trozo de lino para atarlo alrededor de su cuerpo y llevar al cachorro como se hacía a veces para portar a los bebés. La búsqueda en el bosque tampoco trajo ninguna prueba, se internaron todo lo que pudieron hasta que Aland dio por terminada la exploración y ordenó volver a la posada. Pero entonces, unos crujidos de ramas tras las zonas más pobladas y tras las que no se podía distinguir nada, llamó su atención; y se sorprendieron al descubrir segundos después que no podían volver, un grupo de hombres vestidos completamente de n***o, armados y en mayor número que ellos, los habían rodeado. Aland ordenó a sus hombres que se acercaran unos a otros y se colocaran en círculo cubriéndose las espaldas. Más alejado, William al ver lo que ocurría, se escondió entre los árboles con los perros consciente que se había quedado rezagado, y a sabiendas que si se topaba con alguno de esos hombres tenía todas las de perder. Pero no pudo parar a Moon, que corrió en defensa de su amo en cuanto vio que se encontraba en peligro, se lanzó sobre uno de los hombres de n***o y le mordió en la pierna, pero este se la quitó rápido de encima propinándole una patada y haciéndola chocar contra un árbol. Moon gimoteó de dolor, pero (aunque con dificultad), volvió a levantarse dispuesta nuevamente a atacar, entonces Aland le gritó para que se marchara, pero Moon simplemente aceptó quedarse quieta, parecía esperar, a que fueran primero aquellos hombres los que hicieran un movimiento. —Son demasiados Aland... —susurró Godwin con inquietud. —Maldita sea... Aland era consciente que aquellos hombres eran demasiados y parecían bastante fuertes. Aparte, emanaba de ellos una especia de aura extraña... era bastante evidente que no tendrían más remedio que luchar, sólo esperaba que los más jóvenes supieran defenderse.
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