En una de aquellas pequeñas casas del pueblo, de apenas dos habitaciones y una cocina, caminaba contorneándose Gladys del brazo de su amo, quien ahora se había convertido en su prometido; pues eso es lo que él les había dicho a sus padres, y ella lo había tomado por verdad. Hasta ahora él le había prometido que, si se portaba bien, obtendría todo lo que deseaba, mucho más allá del deseo de ser completamente suya en la cama. Para él, las cosas estaban saliendo exactamente como quería, al entrar en la casa, los padres de ella habían actuado con algo de recelo. Pero se mostró con exquisita formalidad, aunque sin sonreír demasiado, pues todavía sus colmillos eran bastante visibles. Al final, quizás por sus formas de hombre pudiente, quizás por la alegría de haber recuperado a Glady

