Cuando llegó el día de la boda, me sentí tan imponente como triste y desesperada. Sin embargo, cualquiera que me mirara a los ojos diría lo contrario. Parecía una esposa calmada, que comprendía la situación. Ver a mi esposo con una hermosa sonrisa, junto a la mano de Amelia, me hizo sentir un nudo enorme en la garganta. Y no solamente eso, la cara de satisfacción de Amelia, mirándome de reojo de vez en cuando como diciendo "Mira, gané", peor aún. No quise ver la boda, a pesar de que tenía la obligación de hacerlo a partir de ahora, como formar familias. Me retiré, aduciendo que no podía soportarlo. Me refugié en mi habitación para llorar, porque de verdad me sentía muy mal. La punta de mi alma era amargamente triste, mientras Lila, preocupada por mí, me acariciaba la espalda. “Deje de ll

