Capítulo 14 – Empezar desde adentro

661 Palabras
El sol del mediodía entraba tibio por la ventana del escritorio. Afuera, la ciudad seguía su ritmo de bocinas, colectivos y perros ladrando, pero adentro, el silencio tenía una textura distinta. Cálida. Luminosa. Tranquila. Antonella estaba sentada en su silla, con el mate a medio tomar y un cuaderno nuevo sobre la mesa. Tenía las tapas aún duras, las hojas sin doblar, el lomo intacto. Era una de esas libretas que había comprado hace tiempo “para cuando tenga algo importante que decir”. Hoy, por fin, sabía qué. Había acomodado el escritorio con cuidado: sacó papeles viejos, dejó solo lo justo. El muñequito que le había pertenecido a Santiago estaba en una repisa, junto a una vela apagada y una foto en blanco y n***o de su abuela. Todo tenía un motivo. Todo estaba en su lugar. Con la lapicera en mano, escribió el título en la primera hoja: "Las cosas que no dije." Suspiró. Cerró los ojos. Y sonrió. —¿Estás lista? —dijo una voz detrás de ella. Era Sebastián, apoyado en el marco de la puerta, con una remera ancha, el pelo revuelto y una taza de café en la mano. Antonella (girando en la silla): —Más que lista. Creo que nunca estuve tan convencida de algo. Sebastián (acercándose): —¿Y se puede saber de qué se trata este cuaderno misterioso? Antonella (acariciando la tapa): —De todo lo que callé. Durante años. Las historias que nadie me pidió que contara, pero que me pesan igual. Los silencios. Las cartas que no mandé. Los pensamientos que tuve en la ducha. Las cosas que me dolieron y que nadie notó. Sebastián (sentándose a su lado): —¿Es algo personal? ¿Un diario? Antonella (sonriendo): —Es algo más profundo. No sé si va a ser una novela, una serie, un texto suelto. Pero va a ser mío. Y va a salir de acá —dijo, señalándose el pecho. Sebastián (con una ternura grave): —¿Y vas a dejar que alguien lo lea? Antonella: —Tal vez. Cuando esté lista. Por ahora solo quiero escribirlo sin pensar si está bien, si es vendible, si es prolijo. Quiero escribirlo con la libertad con la que te quiero a vos. Sebastián bajó la cabeza, con una sonrisa tímida. La miró como si no pudiera creer la suerte que tenía de estar ahí, justo en ese momento. Sebastián: —¿Querés que me quede o preferís estar sola? Antonella (mirándolo a los ojos): —Quedate. No tenés que decir nada. Solo... haceme compañía. Él asintió. Se acomodó en el puff junto al escritorio, cruzó las piernas, y empezó a rasguear suavemente la guitarra que tenía apoyada desde la noche anterior. Notas suaves, sueltas, improvisadas. Un fondo perfecto. Antonella volvió a mirar la hoja. Abajo del título, escribió: "Para quienes crecieron cargando lo que nadie se animó a decir." Y después, simplemente empezó. Las palabras salían despacio, pero constantes. Como un hilo que, una vez que se tira, no para hasta desenredarse. Sebastián no decía nada, pero la miraba con los ojos brillantes, como si verla escribir fuera presenciar algo sagrado. Después de un rato, ella paró. Estiró los brazos, suspiró y lo miró. Antonella: —Estoy escribiendo sin miedo, Sebas. Sebastián (con una sonrisa suave): —Eso es todo lo que alguna vez quise para vos. Antonella (burlona): —¿Y no querías que fuera millonaria, famosa, premiada? Sebastián (acercándose): —Quiero que seas libre. Lo demás viene solo. O no. Pero si sos libre… nada te falta. Antonella apoyó la cabeza en su hombro. Se quedaron en silencio unos minutos, escuchando la ciudad desde lejos y la guitarra desde cerca. Y entonces, entre las hojas en blanco, las cosas que no se dijeron y las que sí, entre lo que había dolido y lo que estaba por sanar, supo algo: por primera vez en mucho tiempo, no estaba escribiendo para huir. Estaba escribiendo para quedarse.
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