La casa de Braian tenía ese olor típico de casa de varón joven: mezcla de desodorante en aerosol, pizza recalentada y un toque de zapatillas húmedas. El living estaba medio desordenado, con una pila de vasos de plástico, almohadones en el piso y el parlante tirando reggaetón a volumen bajo. Agustín ya había llegado con gaseosa, Lautaro con una birra artesanal, Máximo con su mate y Ezequiel, como siempre, con hambre.
Ezequiel: —¿No hay algo para picar? ¿O esta es una de esas reuniones espirituales?
Braian: —Hay pizza fría. Y si abrís la heladera, capaz encontrás una empanada huérfana.
Agustín: —¿De qué año?
Braian: —De antes del último mundial.
Rieron todos. Sebastián llegó unos minutos después, con una bolsa de medialunas y cara de “necesito hablar, pero no quiero parecer
dramático”.
Máximo: —¡Ey, llegó el romántico empedernido!
Lautaro: —¿Te dejó salir Antonella o la convenciste con medialunas?
Sebastián: —Me dejó salir con medialunas. Es un sistema de confianza basado en grasa y harina.
Ezequiel: —Sos otro desde que estás con ella, eh.
Sebastián: —¿Para bien o para terapia?
Agustín: —Para bien. Estás más tranquilo. Antes te colgabas con cualquiera, ahora hasta cocinás pan casero.
Braian: —A mí me da ternura. La forma en que la mirás… nunca te vi así, Sebas.
Sebastián se tiró al sillón con un suspiro. A veces, con sus amigos, sentía que podía aflojar.
Sebastián: —Es que no sé cómo explicarlo. Con Antonella es distinto. Me calma. Me desafía también, eh, no creas. Pero es como si… no sé, me viera de verdad.
Máximo: —Fua. Filosofía con medialunas.
Lautaro: —Igual posta que cambiaste. Te hacés el tierno y todo, pero me acuerdo cuando en 4° año todas estaban detrás tuyo y vos
ni enterado.
Ezequiel: —¡Sí! Y Anto estaba re enganchada. Se notaba.
Sebastián: —¿En serio?
Agustín: —Obvio. Te miraba como si fueras el final feliz de una novela romántica.
Sebastián: —Yo no me di cuenta. En esa época estaba con Luz.
Lautaro: —Y Luz estaba con medio colegio.
Máximo: —Incluyendo a vos, Lauti, si mal no recuerdo.
Lautaro: —Fue una noche, che.
Braian: —Sí, pero qué noche. El escándalo llegó hasta la dirección.
Rieron todos fuerte. Sebastián sonrió, pero bajó la mirada unos segundos.
Sebastián: —Qué loco, ¿no? Tantos años compartiendo pasillos, y recién ahora la miro y digo: es ella.
Agustín: —¿Y sabés que es ella de verdad?
Sebastián: —Sí. Porque no es solo amor. Es respeto. Es admiración. Es esa paz rara que te da alguien que no querés que se vaya
nunca.
Hubo un silencio. Uno de esos que nadie quiere cortar porque saben que se acaba algo importante. Hasta que Ezequiel rompió la
mística:
Ezequiel: —Yo también siento eso por la pizza que quedó.
Máximo: —Vos no sentís nada si no tiene salsa.
Braian: —Che, y hablando de conexiones: me dio gusto ver a Maia el otro día. Hacía mil años que no la veía.
Lautaro: —Sí… bah, más o menos gusto. Se notaba que todavía me tiene bronca.
Sebastián: —Lauti, te lo digo bien: tratá de llevarte mejor con ella. En serio. Maia es importante para Anto. Y Anto para mí. Así
que...
Lautaro: —Lo sé, lo sé. Fui medio salame en el colegio, lo admito. Pero no sabía que seguía tan a flor de piel.
Braian: —Es Maia. Tiene memoria emocional infinita.
Máximo: —Lucas sigue con ella, ¿no?
Sebastián: —Sí. Desde cuarto año. Y se adoran.
Agustín: —Qué lindos. Igual que vos e Isabella. Ella me volvió más ordenado, te juro.
Lautaro: —¿Ordenado? Si ayer subiste una historia lavando los platos con los pies.
Agustín: —Era un experimento.
Ezequiel: —Che, cuando terminemos todos casados, hagamos un club de maridos en recuperación.
Sebastián: —¿Y el lema cuál sería?
Braian: —“Donde hubo libertad, quedaron medialunas”.
Las carcajadas duraron un buen rato. Se quedaron ahí, comiendo restos fríos, hablando de fútbol, de anécdotas, de la vida. Y en algún punto de la noche, Sebastián supo que estaba en el lugar correcto: con amigos que, entre bromas y empujones, sabían cuidarse de verdad.