La puerta de la oficina de Dorian se abre bruscamente. Él levanta la mirada, solo para encontrarse con el rostro de su amigo Percy. Cuelga el teléfono y se pone de pie, rodeando el escritorio para saludarle. —Estás perdido —se queda Percy—. Te he llamado, he ido a tu casa, solo me queda rastrear tu teléfono. ¿Será que tengo que llegar a eso? —Salí de la ciudad una semana —le dice Dorian con calma. Percy ha llegado como siempre, como el huracán que es. —¿Y no me dices nada? —pregunta Percy, encarnando una ceja. ¿Cómo sigue pareciéndole raro que Dorian haga cosas sin avisarle? De por sí nunca le da cuentas de nada a nadie, menos a Percy, por más que este quiera integrarse a la vida de su amigo, es un completo enigma. Percy toma asiento y Dorian hace lo mismo. Dorian nota que su amig

