—Buenos días —dijo Dorian contra la mejilla de Layla, dejando un beso suave. La movió con delicadeza hasta que ella empezó a despertar. —¡No! Tengo sueño —protestó ella, girándose hacia el otro lado. Dorian la tomó entre sus brazos, impidiéndole escapar. Pero se alegró de que fueran las ocho de la mañana y que ella siguiera allí, cumpliendo su promesa. —Layla, ¿me acompañas a hacer el desayuno? —le pidió con una sonrisa. Layla abrió los ojos, resignada a que ya tenía que despertar. —Estoy cansada —dijo con voz soñolienta. Dorian se rio al ver cómo ella se removía entre sus brazos. —Vamos, perezosa. Tomó sus brazos y la puso de pie, dejando una nalgada en su nalga tatuada. Layla corrió frente a él, bajando las escaleras a toda prisa. Dorian la observó maravillado, completamente des

