El conductor arranca el motor, salimos del hotel y nos incorporamos al tráfico de la ciudad. Genesis frunce el ceño mientras dejamos atrás Los Ángeles y nos dirigimos hacia el norte, hacia el Valle de San Fernando. —¿No vamos en aerolinea?— ella pregunta. —No vamos a volar en avión comercial—, le dice Cade. —Aviones privados hasta el final para nosotros, cariño—. Ella parpadea con esos grandes ojos hacia él. —Nunca he subido a un avión, mucho menos a uno privado—. —Entonces te espera un regalo—. Nos lleva aproximadamente una hora llegar al aeropuerto privado. Nadie habla mucho. Todos revisan sus teléfonos o miran por la ventana. No puedo ignorar el hecho de que la atmósfera es diferente con Genesis en el auto. Normalmente, los chicos se burlarían unos de otros o charlarían sobre con

