El rugido de los helicópteros de Miller Industries no era solo un sonido; era una vibración física, una onda de choque constante que golpeaba el pecho de Aina y hacía vibrar sus pulmones. El eco de los rotores rebotaba en las paredes de la cueva, recordándole que su padre no venía a negociar ni a buscar un compromiso diplomático. Richard Miller no creía en las segundas oportunidades ni en la redención; para él, el hecho de que su hija hubiera sobrevivido al derribo del hidroavión era, simplemente, un error de cálculo técnico que venía a corregir personalmente con la eficiencia de un verdugo corporativo. Kian se movía por la penumbra de la cueva con una precisión que rozaba lo mecánico, una danza letal perfeccionada en años de combate. Sus dedos, aún manchados con la arena volcánica y la s

