La noche en la pequeña cama fue distinta a cualquier otra. Nikolai, enroscado a su lado, dormía como un niño exhausto, con el brazo aferrado a Serafín como si ella fuera su último ancla en el mundo. Ella no se atrevió a moverse, pero en su silencio, el temor se mezcló con una nueva comprensión: el Pantera no era invencible. Debajo de la capa de hielo, era un hombre roto, cubierto de cicatrices invisibles que solo ella estaba viendo por primera vez. Al amanecer, cuando los rayos de sol se colaron por las cortinas, él despertó. La soltó bruscamente, como si hubiera cometido un error imperdonable al mostrarse vulnerable. Se levantó y se vistió con movimientos rápidos y torpes, su rostro una máscara de fría indiferencia. —Hoy me acompañarás al patio —ordenó con su voz de hielo, sin mirarla.

