Bajo la piel del Pantera

1373 Palabras
La primera luz del amanecer se coló por las cortinas, bañando la habitación con un tono grisáceo. Serafín despertó. El peso de un brazo sobre su cintura la hizo contener el aliento. Nikolai estaba amarrado a ella, su cuerpo grande y fuerte pegado al de ella. Podría jurar que sintió que su respiración se hizo más profunda. Él estaba dormido, algo que no había visto en meses. Intentó moverse con delicadeza, pero él la apretó contra sí, y su voz, aún con el resquicio del sueño, la hizo estremecer. —No te muevas. Apenas voy a dormir —dijo. Ella obedeció. El calor de su cuerpo era abrumador, su aliento en su cuello, una mezcla de tabaco y whisky que la hizo sentir a salvo y aterrada a la vez. No se movió hasta que, unas horas después, él la volvió a despertar. —Tengo hambre y quiero cigarros. Ve por ello. Luego nos duchamos. La orden, aunque simple, la desconcertó. Años de sumisión la hicieron salir de la cama con un "Sí, señor" en los labios, pero su mente se quedó en la última parte. Nos duchamos. La simple pluralización de la acción era un salto monumental en su relación. ¿Acaso pensaba bañarse con ella? ¿O ella volvería a bañarlo en la tina, una humillación que ahora le resultaba menos dolorosa? Salió de la habitación, pero se detuvo en el pasillo, sus pies descalzos sobre la alfombra. El nudo de preguntas en su estómago la inmovilizó. El miedo, la vergüenza y una extraña y nueva emoción se mezclaban en su mente. ¿Qué quería decir con "nosotros"? Como si la escuchara, la voz de Nikolai cruzó la puerta, más clara y menos autoritaria de lo normal. —Seráfin, no escucho tus pasos y estoy ansioso. La palabra. Esa palabra. "Ansioso". Una palabra de vulnerabilidad que ella nunca creyó que escucharía de él. A Serafín le pareció una llave que abría una puerta. Su corazón se aceleró, y sus pies finalmente se movieron. Mientras caminaba por el largo pasillo del hotel, un sinfín de preguntas la atormentaban. ¿Estaba ansioso por la comida que le llevaría o por el baño que compartirían? ¿O era algo más, una emoción que él, el Pantera, nunca admitiría que sentía? Cuando Serafín volvió con la comida, el aire de la habitación ya no era el mismo. Había una tensión palpable, un silencio expectante. Nikolai comió, y como ya era su costumbre, sirvió una porción extra en un plato para Serafín, una manía de hacerle sentir que, de verdad, él era su amo, el único que le proveía. Comieron en silencio, y al terminar, él la miró con una intensidad que la hizo temblar. —Me quiero duchar, pero no en la tina. De pie. Y como ves, tu señor está herido. Así que usa tu mejor camisón para que te metas a la ducha conmigo. Aunque, si vas desnuda, es igual. Serafín lo miró con sus ojos de zafiro, procesando la orden. No había en sus palabras un rastro de deseo, sino un eco de control. Obedeció, se levantó y lo ayudó a caminar hacia la ducha. Aquella lección era más que una simple orden; era una farsa de Nikolai, un hombre que estaba empezando a desear la carne que parecía tan pura. Con el corazón en un puño, Serafín se metió en la cabina de cristal. Llevaba puesto un camisón de algodón blanco. Cuando el agua caliente los envolvió, la tela se pegó a su piel, revelando la silueta de sus pezones, sus nalgas y la piel joven y perfecta que tan solo el agua y el aire habían tocado. Ella, avergonzada, miró al suelo. Se agachó para lavarlo, bajó la ropa interior de Nikolai, pero notó que apenas y estaba tenso. La sucia imaginación que tenía sobre Serafín, la necesidad de dominarla y someterla era más psicológica que física, más una batalla de voluntades que un deseo crudo. Se puso colorada al pensar esto, pero tomó la esponja y, con delicadeza, frotó su espalda, sus piernas y sus músculos. Cuando sus manos frotaron su pecho, Nikolai la pegó a la pared, su boca sobre la de ella en un beso ardiente, el segundo que le daba. El beso era de fuego, de pasión contenida, de un deseo que él había negado por demasiado tiempo. Al separarse, él la miró, su voz un susurro ronco y amenazante. —Sal de aquí. No quiero herirte. Ella salió. Antes de que cerrara la cabina, él la detuvo. —Deja el vestido, o piensas mojar las alfombras. Una sonrisa ladeada, una burla cruel, acompañó a sus palabras. Serafín se quitó la ropa, de espaldas a él, con un pánico que se mezclaba con una extraña excitación. Dejó el camisón en el lavabo y salió de la habitación. Nikolai se quedó solo en el baño. Se miró en el espejo, con la respiración agitada. En el fondo, él lo sabía. Quería probar a la chica, tener la mercancía completa, pero había un problema. Él era un bastardo, pero nunca había obligado a una mujer a ser su amante. Su plan, el mismo que usaba en cualquier país, era simple: comprar el servicio, no importar cómo vinieran las mujeres, usarlas para limpiar, y luego, dejarlas tiradas en cualquier lugar. Mujeres que no sabían nada de él, que no conocían a nadie más que la voz de los rusos. Pero ella... Desde que la vio en la subasta, le gustó. Y ahora, tenerla cerca, su sumisión y obediencia, lo llevaban a desear dominarla en un sentido que iba más allá del control. El sexo. Ese crudo y rico sexo que a él le gustaba, donde él era el dominante. Y con ella, sentía que sería diferente, un desafío que él no estaba seguro de poder controlar. Y por eso, por miedo a herirla, por miedo a perder el control, la había echado de la ducha. Era el Pantera, el dueño de todo, pero por primera vez, un ángel había irrumpido en su infierno, y él no sabía qué hacer con él. Serafín se quedó frente al tocador escuchando el sonido del agua golpear el mármol detrás de la puerta cerrada. El corazón le retumbaba en el pecho, más fuerte que el estruendo de la ducha. Su piel aún ardía donde los labios de Nikolai la habían marcado. Se miró en el espejo. No reconocía a la mujer que la devolvía la mirada. Sus mejillas encendidas, sus labios hinchados por el beso, los ojos brillando con algo más que miedo. Era como si, en el fuego del Pantera, su inocencia estuviera ardiendo poco a poco, y ella no supiera si apagar las llamas o dejarse consumir. La puerta se abrió de golpe. Nikolai salió, con una toalla ajustada a la cintura, el agua resbalando por su pecho marcado de cicatrices y músculos tensos. El vapor lo rodeaba, haciéndolo parecer aún más un depredador surgido del infierno. La miró en silencio, sus ojos recorriéndola como si pudiera despojarla de cada secreto. —Te dije que te fueras a tu cama, ratón —gruñó, pero su voz carecía de la frialdad habitual. Era ronca, cargada de algo más. Serafín tragó saliva. —Sí, señor. Obedeció, caminando hacia su rincón. Pero antes de llegar, él la detuvo con una sola palabra. —Serafín. Se giró despacio. El Pantera se acercó, cada paso suyo llenando la habitación de un poder imposible de ignorar. Se inclinó hacia ella, apoyando una mano en la pared, tan cerca que su aliento volvió a rozar su piel. —Si vuelves a mirarme así después de un beso… —murmuró, con un tono bajo y peligroso— no responderé de mí. Ella no entendía a qué se refería, pero supo que había cruzado una línea invisible. Él la observó un instante más, luego se apartó con un gruñido contenido y se dejó caer en el sillón. Encendió un cigarrillo, inhalando con violencia, como si la nicotina pudiera apagar el fuego que acababa de encender. Serafín volvió a su cama, temblando. Pero en el fondo, lo supo: el beso no había sido un accidente, ni un juego de poder. Nikolai estaba luchando contra sí mismo… y la batalla apenas comenzaba.
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