Arena al viento

1944 Palabras
Los días habían volado como arena al viento, y el rancho parecía sostenerse solo sobre el peso de la presencia del Pantera. Aquella tarde, Serafín se encontraba frente a la máquina de escribir, intentando juntar palabras en una hoja que seguía casi en blanco. Sus dedos se movían con torpeza sobre las teclas, cuando el sonido de pasos firmes la obligó a detenerse. Nikolai acababa de colgar el teléfono satelital. Su expresión era la de un hombre que había tomado una decisión irrevocable. Caminó hacia ella, abrió el gavetero de su clóset y sacó unos documentos. Los dejó sobre la mesa, justo donde la joven escribía. —Mira esto —ordenó con calma. Serafín retiró lentamente las manos de la máquina de escribir y tomó el documento. El papel tenía un sello oficial y letras impresas con frialdad. Al leer el nombre, su corazón dio un salto. —¿Quién es esta persona, señor? —preguntó con voz baja, temblorosa, señalando el nombre que aparecía en tinta negra. Él, que mientras tanto guardaba armas y ropa en un bolso, se volvió hacia ella. —Smirnov —respondió con firmeza—. Ese es mi apellido. La miró a los ojos y agregó: —Ese nombre te garantiza que nunca morirás siendo nadie. El que lo escuche, el que sepa de dónde provengo, te respetará… hasta temerá hablar contigo. Hasta los que me odian querrán escucharte, como si hablaras en mi nombre. Serafín apretó el papel entre sus dedos. Su respiración se agitó. —¿Y quién es esta mujer que aparece como mi madre? —preguntó, con la inocencia y la necesidad de verdad brillando en sus ojos verdes. Nikolai se acercó despacio, inclinándose sobre ella. —Tal vez alguien que ya está muerta —contestó sin inmutarse—. ¿Qué importa? Lo único que importa es que yo ya empecé a escribir tu nueva vida. Y te aseguro algo, Serafín: serás alguien que nunca podrán olvidar. Ella se quedó en silencio, las palabras clavándose en su pecho. Nikolai la tomó de la mano y la llevó hacia la ventana. Afuera, bajo el sol del atardecer, un auto n***o brillaba como una promesa. —Ese es tuyo. Las llaves y el dinero están aquí. Quiero que sepas manejarlo, porque tal vez un día lo necesites. El miedo en los ojos de Serafín fue imposible de ocultar. —¿Por qué me dice esto, mi señor? —susurró con voz apenas audible. —Porque voy a México —respondió él, sin apartar la mirada del horizonte—. Debo cobrar una deuda de respeto. No es contra un delincuente común. Gustavito puede ser peligroso, pero yo… —hizo una pausa, encendiendo un cigarrillo que apenas probó— …yo soy peor. Ella tragó saliva, las manos aferradas al documento. —Y… si no vuelve, mi señor… ¿qué será de mí? Nikolai se giró hacia ella, clavando sus ojos azules en los suyos, y con una calma aterradora, dijo: —Entonces te vas. Sin mirar atrás. El aire se volvió pesado entre ellos. Serafín, con un hilo de voz, se atrevió a preguntar: —¿Adónde… mi señor? La respuesta llegó sin titubeos, cargada de un extraño calor en su frialdad: —A la libertad, mi ángel. Ella lo miró, sintiendo que el corazón le estallaba en el pecho. —Pero yo quiero esperarlo… —confesó, con miedo y anhelo mezclados en su voz. Nikolai la observó con un brillo extraño en los ojos, uno que rara vez se dejaba escapar. Había en su mirada algo más que posesión; un destello fugaz de vulnerabilidad, como si, por un instante, el temido Pantera recordara que también era hombre, y que lo que tenía frente a él podía perderse. Dejó el bolso en el suelo con un golpe seco y se acercó con pasos medidos, como un depredador que sabía que la presa ya estaba atrapada, pero aún así quería saborear la cacería. Se inclinó hacia ella y, sin pedir permiso, posó sus labios sobre los de Serafín. Al principio, fue un beso duro, posesivo, como todo lo que él hacía. Sus labios se adueñaron de los suyos con la fuerza de quien no conocía la rendición. Ella cerró los ojos, sintiendo el vértigo de pertenecerle, temblando con el roce de su boca que sabía a humo y a deseo contenido. Pero entonces, sin que ella lo esperara, el beso cambió. La presión se suavizó, y Nikolai dejó de devorarla para acariciarla. Sus labios se movieron sobre los de ella con una calma extraña, casi reverente. Era como si temiera que el contacto se rompiera, como si con cada roce buscara grabar su presencia en su piel. Serafín, sorprendida, lo miró apenas se separaron un instante. —Mi señor… —susurró con la voz temblorosa, incapaz de ocultar la mezcla de miedo y anhelo. Él le tomó el rostro con ambas manos, enredando sus dedos en sus rizos rojos como si fueran llamas que se negaba a soltar. —No me llames así ahora —murmuró, con la voz más baja y áspera que nunca—. Esta noche… solo sé mía. La tomó en brazos como si fuera lo más frágil y valioso del mundo. Sus pasos firmes la llevaron hasta la cama, donde la depositó con cuidado, aunque sus ojos azules ardían con un fuego contenido. Serafín sintió su corazón golpearle el pecho con violencia; había estado tantas veces a su merced, pero esa vez todo era distinto. Cuando la hizo suya, Serafín percibió la diferencia de inmediato. No era solo el dominio brutal del Pantera, sino algo más profundo, casi tierno, que la envolvía sin dejarle espacio para respirar. Sus manos recorrieron su piel con una urgencia mezclada con cuidado, como si temiera que ella desapareciera entre sus brazos. —Te llevaré conmigo —susurró contra su oído, su voz grave y rota—. Aunque me odies, aunque me rechaces, no pienso dejarte atrás. Serafín lo abrazó con fuerza, sin poder contener las lágrimas que se escapaban silenciosas. —Yo no lo haré, mi señor… yo no lo haré —respondió con un hilo de voz, entregándose a la certeza de que su destino ya estaba atado al de él. Los documentos quedaron olvidados sobre la mesa, junto a la máquina de escribir, como testigos mudos de un futuro escrito por manos ajenas. Y mientras Nikolai la estrechaba contra su pecho, con la respiración agitada y el pulso acelerado, Serafín comprendió la verdad que había temido aceptar: no importaban los papeles, ni el apellido inventado, ni el auto esperando bajo el sol del atardecer. Lo único que ella quería… era que él volviera. La noche fue larga y extraña. Serafín despertó varias veces, siempre encontrando el mismo cuadro: Nikolai, apoyado en un codo, observándola como si temiera que se desvaneciera con el amanecer. Sus ojos azules, tan acostumbrados a inspirar terror, parecían distintos a la luz tenue que entraba por la ventana: más humanos, más heridos. —Duerme —le susurró, cada vez que notaba que ella se movía inquieta. —¿Y tú? —alcanzó a preguntar en voz baja, con la timidez de una niña. —Yo no necesito dormir —respondió con esa seguridad peligrosa que lo definía, aunque Serafín supo que mentía. La última vez que abrió los ojos antes del alba, lo encontró de pie, descalzo, frente a la ventana, con un cigarro encendido entre los dedos y la mirada perdida en el horizonte. Tenía el torso desnudo, y el tatuaje que cruzaba su espalda parecía aún más oscuro en la penumbra. No dijo nada; solo lo observó hasta volver a quedarse dormida. --- Cuando amaneció, el Pantera ya estaba vestido con ropa de combate. El bolso esperaba junto a la puerta, cargado de armas y ropa, como si se marchara a una guerra de la que no estaba seguro de volver. Serafín, todavía recostada, lo miró con el corazón encogido. El miedo y el deseo se mezclaban en sus venas, como un veneno dulce que no sabía rechazar. Él se acercó despacio, inclinándose hacia ella. —Recuerda lo que te dije —murmuró, acariciando su rostro con el dorso de los dedos—. Si no vuelvo, te vas. Sin mirar atrás. Ella tomó su mano con suavidad, apretándola contra su mejilla. —No digas eso… vas a volver. Él sonrió apenas, esa sonrisa fría que siempre le helaba el alma. —Claro que volveré. No puedo dejar a mi ángel en manos de nadie más. Nikolai bajó la cabeza y la besó, primero con dureza, luego con esa ternura extraña que había empezado a mostrar en los últimos días. Fue un beso largo, desesperado, que le dejó el sabor de la despedida en los labios. Antes de salir, tomó los papeles que había dejado sobre la mesa la noche anterior y se los colocó en el regazo. —Apréndetelos bien. Esta… —le señaló con un dedo firme el nombre escrito en el acta de nacimiento— …es la nueva Serafín. Mi Serafín. Ella bajó la mirada a los documentos. Ahí estaba: Serafín Smirnov. Su corazón dio un vuelco. El apellido de él. Un nombre que, según había dicho Nikolai, impondría respeto y temor en cualquiera que lo escuchara. —¿Smirnov? —preguntó en un murmullo, sin atreverse a mirarlo a los ojos. —Mi apellido —contestó con orgullo y gravedad, ajustando el arma en su cinturón—. El que hará que nadie se atreva a tocarte. Desde ahora, no eres nadie… Eres mía. Serafín tragó saliva, acariciando el papel con las yemas de los dedos. —Y si no lo quiero, mi señor… Él la interrumpió con un gesto firme, inclinándose hasta rozar su frente con la de ella. —Lo querrás. Porque ahora ese apellido es tu escudo. Y porque si no lo aceptas… el mundo se encargará de hacerte pedazos. Ella no respondió. Solo asintió en silencio, porque en el fondo sabía que tenía razón. Nikolai le dio un último beso, más corto, más seco, y salió sin mirar atrás. El ruido de la puerta cerrándose resonó como un trueno en la habitación. --- Serafín se quedó sola, con el eco de sus pasos aún vibrando en las paredes. El silencio se volvió abrumador. Se levantó con cuidado, apoyándose en el borde de la cama para no forzar su pie todavía sensible, y se sentó frente a la mesa. Encendió la lámpara y desplegó los documentos con manos temblorosas. El acta de nacimiento. El pasaporte. La cédula falsificada. Todo impecable, como si realmente hubiera nacido con esa identidad. Serafín Smirnov. Lo leyó una y otra vez, intentando memorizar cada dato: la fecha de nacimiento, el lugar, los supuestos nombres de sus padres. Una madre inventada, un padre muerto. Una historia escrita por el Pantera para borrarle el pasado que nunca conoció. Mientras repasaba las palabras, un pensamiento oscuro la atravesó: ¿Quién soy yo realmente? Se tocó el cabello rojo como el fuego, acariciando sus rizos, y dejó que una lágrima solitaria rodara por su mejilla. No sabía si lloraba por miedo, por la pérdida de lo poco que había tenido… o por la certeza de que ya no podía imaginar su vida sin él. Tomó aire, secándose las lágrimas con la palma de la mano, y susurró al vacío: —Vuelve, mi señor… por favor, vuelve. El documento quedó frente a ella, abierto sobre la mesa, brillando bajo la luz tenue. Era el recordatorio de que su destino ya no le pertenecía… pero también de que, quizás, ya no quería que le perteneciera a nadie más que a él.
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