Cuando el Pantera volvió a Rusia, las luces frías de la ciudad le parecieron cuchillas. No fue a la mansión. No quería paredes que le recordaran su silencio. Condujo hasta un club que conocía bien, un lugar donde los mafiosos de alto rango iban a perder la conciencia entre licor y carne. El aire estaba cargado de perfume barato y humo espeso. Mujeres de todas las edades, rostros pintados y sonrisas de alquiler, se movían entre las mesas como si fueran parte del mobiliario. La Sombra, siempre un paso detrás, le siguió hasta una mesa apartada. El Pantera se dejó caer en la silla, pidió whisky y empezó a beber, vaso tras vaso, sin mirar a nadie, sin responder a ninguna invitación. Solo pensaba en ella. En Serafín. Y en que, tal vez, nunca más volvería a tocarla. ¿Cómo verla otra vez sin t

