Esa mañana, el Pantera decidió que el desayuno sería en el jardín. El aire estaba tibio, perfumado por las flores que rodeaban la terraza, y el canto de los pájaros parecía querer suavizar la brutalidad que se respiraba en aquella casa. Serafín se veía mejor. El color había regresado lentamente a sus mejillas, y aunque aún cojeaba, la hinchazón de su pie disminuía día tras día. Nikolai la tomó en brazos sin darle tiempo de protestar, aunque ella, de haber podido, tampoco lo habría hecho. Enterró el rostro en su cuello, aspirando ese aroma a madera, pólvora y tabaco que parecía tan suyo. Él la depositó con cuidado en una silla y se sentó frente a ella. Con un gesto sorprendente, tomó su pie herido y lo acomodó sobre su propia pierna. Algunos hombres, al notar la escena, se miraron entre s

