Promesas que se rompen solas

1671 Palabras

Serafín entró siguiendo a la mujer mayor por un pasillo alfombrado que olía a madera antigua y a perfume caro. El silencio de la mansión pesaba, roto apenas por el eco de sus pasos. En el salón principal, un hombre alto, de cabello completamente blanco, se giró hacia ella. Tenía los mismos ojos oscuros y punzantes que los suyos, y cuando la miró, Serafín sintió que el aire se le escapaba del pecho. —Hija… —dijo él con una voz grave, cargada de años y heridas. Serafín dio un paso, pero no supo si avanzar más o salir corriendo. El hombre abrió los brazos, pero no la tocó. —Pensé que estabas muerta… —continuó—. Y cuando me dijeron que estabas viva, no quise creerlo… porque el infierno en el que estuviste… lo creó él. La palabra él fue como un latigazo. —¿De quién habla? —preguntó, aunque

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