Había pasado más de una semana desde que habían llegado a Rusia. Serafín se había sumergido en sus lecciones con disciplina, sorprendiendo a todos por la rapidez con la que aprendía. Sin embargo, lo que más la motivaba no eran los profesores, sino la mirada orgullosa de Nikolai cada vez que superaba un reto.
Aquella noche, después de la cena, descansaban en el salón privado del Pantera. La chimenea crepitaba con un fuego tenue, y en la pantalla del televisor antiguo aparecía la serie que ella había descubierto por casualidad: Mi Bella Genio. Serafín estaba fascinada con el programa; decía que le gustaba ver cómo alguien tan poderoso podía volverse vulnerable por amor.
Nikolai, sentado en el sofá con ella, fumaba mientras la observaba sonreír con inocencia. No podía recordar la última vez que había visto a una mujer reír así en su presencia.
De pronto, ella se acomodó un poco, bajó la vista hacia sus manos entrelazadas y, recogiendo todo el valor que llevaba días reuniendo, preguntó en voz baja pero firme:
—Mi señor… ¿qué diría usted si yo le dijera que estoy enamorada de usted?
Nikolai se quedó inmóvil. La pregunta lo golpeó como un disparo al corazón, aunque su rostro no lo mostró. Era un maestro en llevar puesta la máscara de la frialdad, pero dentro de él, el corazón latía con violencia.
Con calma, exhaló el humo del cigarrillo y respondió:
—Te creería, mi ángel. Porque en este tiempo puedes haber desarrollado un fenómeno… uno que llaman Estocolmo. —Giró apenas el rostro para mirarla de perfil—. Algunas víctimas creen enamorarse de su captor. ¿Sabes lo que significa esa palabra, Estocolmo?
Serafín sonrió suavemente, sin atreverse a mirarlo.
—Sí, mi señor. Es un fenómeno por un accidente ocurrido en Estocolmo en 1973. Rehenes de un banco desarrollaron fuertes lazos con sus captores… incluso afecto.
Él alzó una ceja, genuinamente sorprendido por la precisión de su respuesta. Con ternura contenida, le acarició los rizos.
—Eres muy inteligente, Serafín. Vas a ser grande, ya lo verás.
Ella levantó la mirada, con un brillo travieso que lo desarmó.
—Soy tan inteligente, mi señor, que podría decir que usted tiene el síndrome de Lima.
Nikolai arqueó una ceja, intrigado.
—¿Y qué es eso, ángel?
—Cuando el captor muestra preocupación por el bienestar de su víctima. —Su tono era dulce, pero sus ojos temblaban de valentía.
Él quedó unos segundos en silencio, como si ella le hubiera arrancado una verdad que llevaba tiempo escondiendo. Y entonces, con un movimiento brusco, apagó el cigarrillo en el cenicero, la atrapó bajo su cuerpo y hundió su boca en la de ella.
El beso fue ardiente, desesperado, una confesión sin palabras.
—Necesitamos un sanatorio, —susurró con voz ronca contra sus labios—. Estamos locos, ángel. Y somos peligrosos.
Serafín, con el corazón acelerado, en vez de asustarse, sonrió. Sus manos temblorosas se alzaron hacia su cuello, envolviéndolo con delicadeza, atrayéndolo hacia ella. Esta vez, no esperó que él la dominara. Fue ella quien lo empujó suavemente hacia el sofá y, con torpeza y valor mezclados, lo montó.
Nikolai la dejó hacer. Por primera vez en su vida, el Pantera no marcó el ritmo. La dejó decidir, la dejó poseerlo.
Sus movimientos eran tímidos, casi inseguros, pero cada roce de su piel lo estremecía más que cualquier encuentro que hubiera tenido antes. Ella lo miraba con los ojos grandes, encendidos, como si buscara en su rostro la aprobación de cada gesto.
—Mi señor… —susurró ella, con voz temblorosa—. ¿Está bien lo que hago?
Él tragó saliva, conteniéndose para no arrebatarle el control. Le acarició el rostro con la mano grande, su pulgar rozando la mejilla encendida.
—Ángel… lo que haces me está volviendo loco.
Ella bajó la mirada, ruborizada, y se inclinó para besarle el cuello, con la inocencia de quien explora un mundo desconocido. Nikolai cerró los ojos, su pecho subía y bajaba con fuerza.
—Nunca pensé que podría… —ella se detuvo, avergonzada.
—¿Qué, Serafín? —preguntó él, con la voz ronca.
—Que podría hacer sentir así a alguien como usted.
Él rió suavemente, sin dejar de acariciarle la espalda.
—Me haces sentir más de lo que crees. —Su mirada se volvió seria, intensa—. Y eso me asusta.
Ella levantó la vista, sorprendida.
—¿A usted… le asusta?
Nikolai asintió apenas, con una sonrisa amarga.
—He sobrevivido a balas, cuchillos y enemigos que darían la vida por verme caer. Pero nada me ha dado tanto miedo como esto que siento cuando estás sobre mí.
El corazón de Serafín latió tan fuerte que creyó que él podría oírlo.
—Entonces… —dijo con una valentía que ni ella sabía que tenía—, déjeme ser su miedo, mi señor. Prometo no dejar que lo destruya.
Él la observó en silencio, como si esas palabras hubieran roto algo dentro de él. Y, sin poder contenerse más, llevó su mano a la nuca de ella y la besó con una intensidad que le arrancó el aire.
Serafín, aún con las manos temblorosas, se movió sobre él con más seguridad, guiada por el deseo y la necesidad de demostrarle que era suya. Nikolai la dejó. Por primera vez en su vida, el Pantera no necesitó imponerse para sentir que dominaba. Porque esa pequeña mujer, con su inocencia y su fuego, ya lo había conquistado por completo.
Entre jadeos, él murmuró contra sus labios:
—Serás la primera y la última, ángel. Lo juro.
Ella sonrió, con lágrimas brillando en sus ojos.
—Entonces… no me deje nunca, mi señor.
Nikolai la abrazó con fuerza, hundiendo su rostro en el hueco de su cuello, mientras por dentro aceptaba la verdad que había intentado negar demasiado tiempo: Serafín no era un capricho. Era la única mujer capaz de quebrar al Pantera. Cuando ella lo abrazó con fuerza, con la vergüenza pintada en las mejillas y la pasión latiendo en su cuerpo, Nikolai supo, sin lugar a dudas, que estaba perdido.
Ya no era su esclava. Era su maldición. Y también su salvación.
Después el amanecer entró suavemente por los ventanales altos del ala privada. Serafín aún dormía, envuelta en las sábanas de seda, con los rizos desordenados y los labios ligeramente hinchados después de la intensidad de la noche anterior.
Nikolai estaba sentado en el borde de la cama, sin camisa, con un cigarrillo apagado entre los dedos. La observaba en silencio, como un cazador que de pronto se descubre temiendo por su presa.
No era la primera vez que compartían la cama, pero sí era la primera en que él había dejado que ella lo dominara. Y esa pequeña diferencia había abierto una grieta peligrosa en su armadura.
¿Qué me estás haciendo, Serafín? pensó, apretando la mandíbula.
Cuando ella se movió, murmurando su nombre en sueños, algo ardió en el pecho de Nikolai. No era deseo. Era algo mucho peor: miedo.
Decidido, se levantó. No podía permitirse esa vulnerabilidad. Dio un par de pasos, pero se detuvo al escuchar su voz ronca y aún adormilada:
—Mi señor… ¿ya se va?
Él se giró. Ella estaba medio despierta, con la sábana cubriéndole el pecho, mirándolo con esos ojos que lo desarmaban.
—Solo a dar unas órdenes, ángel. —Su voz sonó más suave de lo que pretendía.
—¿Volverá pronto? —preguntó ella, con esa inocencia que lo partía en dos.
Él se inclinó para besarle la frente.
—Siempre vuelvo contigo.
Ese día, Serafín continuó con sus clases de etiqueta, música y protocolo. Desde la terraza, Nikolai la observaba. Fingía leer documentos, pero en realidad no apartaba los ojos de ella. Cada sonrisa que le regalaba a un profesor, cada gesto delicado, lo llenaba de un orgullo extraño… y de una celosa incomodidad.
La sombra, su hombre de confianza, se acercó con discreción.
—Jefe, ¿desde cuándo vigila usted las lecciones de una mujer? —preguntó con un tono entre curioso y burlón.
Nikolai no apartó la vista de Serafín.
—Desde que descubrí que el mundo sería capaz de arrebatármela en cualquier momento.
—¿Y no cree que tanto control pueda sofocarla? —se atrevió a decir la sombra.
Él lo miró con frialdad.
—Prefiero sofocarla a perderla.
Al caer la tarde, la encontró en la sala de música, sentada frente al piano. Sus dedos recorrían las teclas con delicadeza, repitiendo una melodía sencilla.
—Has avanzado —comentó él, apoyado en el marco de la puerta.
Ella levantó la mirada y sonrió, esa sonrisa tímida que era capaz de detenerle el corazón.
—He practicado mucho… pensé que le gustaría escucharme.
Nikolai se acercó lentamente, rodeó el banco y se sentó a su lado.
—Tócala otra vez.
Serafín obedeció. Mientras lo hacía, él tomó suavemente su mano, deteniéndola. Se inclinó cerca de su oído.
—Nunca más dudes de mí, Serafín.
Ella lo miró, confundida.
—¿Por qué lo dice, mi señor?
Él rozó con el pulgar los nudillos de su mano. Estaban aún enrojecidos.
—Porque aunque no me lo digas, sé que algo golpeaste mientras yo no estaba.
El corazón de Serafín dio un vuelco. Bajó la mirada, avergonzada, sin responder. Era cierto cada vez que, él salía ella en el sacó de arena descargaba la ira los celos.
Nikolai sintió un peso en el pecho. Quería preguntarle qué había sentido, si había llorado por él, si había imaginado lo peor. Pero el temor de escuchar la verdad lo detuvo.
Solo apretó un poco más su mano y dijo con voz baja:
—Si alguna vez me mientes, ángel… que sea para proteger tu corazón, no para alejarme del tuyo.
Ella lo miró entonces, con lágrimas brillando en los ojos, y asintió en silencio.
Esa noche, mientras ella dormía abrazada a su pecho, Nikolai se quedó despierto largo rato.
Ya no es una esclava. Ya no es un capricho. Esta mujer… esta mujer puede destruirme.
Y aunque su mente le gritaba que debía protegerse, su corazón ya había elegido.