Totalmente consternada por lo que acaba de vivir, Scarlette avanza por el pasillo hacia los ascensores para bajar, no sabe si al restaurante o a la playa. En su necesidad de esconderse, de estar sola buscando tratar de comprender lo que hizo, y en qué momento y con tanta rapidez logró cumplir uno de los sueños más grandes que había tenido en la vida y nunca pensó hacerlo posible.
Ella, recuerda que en el pasado, lo más cerca que había logrado estar de Maxwell, fue en la cena donde lo conoció diez años atrás. Recuerda que esa noche asistieron ella y Juliet en compañía de sus padres a un festejo. En esa oportunidad quedó sentada dos sillas distantes de él, y Juliet en el medio de los dos; luego en un cumpleaños de un amigo en común de todos ellos, y la guinda del pastel, el momento doloroso para ella, el día de la boda de él con Juliet. Desde el primer día que lo vio, Scarlette quedó enamorada de él, era un amor platónico, de esos amores que algunas chicas recrean en la mente, y jamás piensan hacerlo posible.
Por años guardó ese sentimiento como lo más preciado en la vida. La admiración que siempre le había tenido a Maxwell rebasaba todas las barreras. Es un empresario reconocido, tanto que de él se habla todo el tiempo en las revistas de economía, ella ha venido coleccionando las ediciones donde se diga hasta lo más mínimo de su persona.
Incómoda se remueve al recordar que al llegar a su casa lo primero que debe hacer es quemar todas esas revistas, no quiere que al morir, unas semanas después, cuando a Juliet le toque ir a recoger sus recuerdos a su departamento, se encuentre con la noticia de que ella, su única hermana, la que siempre creyó menos, guardaba una colección de artículos que evidencian su amor enfermizo por su esposo.
Al abrirse las puertas de la cabina del ascensor en frente de ella, sacude la cabeza. No quiere recordar eso. Siempre que lo hace cae en depresión, y sumar una más a la que será el motivo de su tristeza por este día, no le ayudara en nada, decide desechar ese recuerdo.
Voluntariamente vuelve su mente a la respuesta de Maxwell cuando textualmente dijo que:
“Antes de que termine por ser yo el que me abalance sobre ti, mejor recurro al agua fría. ¿Recuerdas? Antes de que se inviertan los papeles”.
—¿A cuenta de qué me dijo eso? —Se pregunta en voz alta.
Como va sola en el ascensor no pone reparo en su monologo mental y expresivo, aunque para este momento, ya poco le importa si consideran que está loca al verla hablar sola.
Recostada en las paredes de madera, decide hacer una introspección de lo que hizo desde que llegó a la isla la noche anterior:
Inicio del Flashback
Recién acaban de aterrizar en el Aeropuerto Internacional de Honolulu. Siendo su oportunidad para descender del avión, Scarlette en seguida se detiene en la puerta de salida del avión con la intención de desembarcar, se sofocó, sintió como si le faltara el aire. De pronto una sensación de vértigo la atacó, su cuerpo se vio impactado por el efecto del clima de la isla. La humedad es bastante densa, o por lo menos ella la siente así, pese a ser media noche, hace brisa, el viento sopla con fuerza, es una brisa algo pesada, no ayuda mucho al estado de ánimo que desde hace dos días le acompaña.
—Scarlette, ¿Te sientes bien? —Le pregunta Cinthya, su amiga, que viene detrás de ella, y que coloca una mano en su hombro.
—Sí, sí, no hay problema, solo es el efecto de las horas del viaje —Le responde, acompañando su respuesta con una media sonrisa forzada—. En serio —Le asegura haciendo un gesto con la mirada para lograr su convencimiento al ver la duda en el rostro de la chica.
—Bueno, vamos a creerte —Responde en voz baja.
Con discreción, Scarlette gira la mirada para darse cuenta de que están obstaculizando el paso de salida, y detrás de ellas se han agolpado un sinfín de pasajeros igual de deseosos como ellas por llegar a su destino.
Muchos de los que están aquí al verla casi en estado enfermizo, a punto del desmayo, con la piel tan pálida, traslucida como una hoja y respirando con algo de dificultad, pensarán que se muere por llegar a la sala de emergencias de un hospital. No, ese no es su caso, ese es el último lugar en el que desea volver a poner un pie.
Por asistir a uno hace dos días, es que hoy se encuentro aquí, triste, desolada, sin ninguna posibilidad de lograr vislumbrar un futuro para ella como lo tiene Cinthya, o cualquier otra chica de su edad.
Como nunca antes lo había anhelado, hoy es el primer día de su vida en el que realmente desea ahogarse en el alcohol, ahogar a las neuronas, que se adormezcan a tal punto que no le permitan razonar, que le impidan distinguir el bien y el mal en cada paso que dé. No quiere sentirse mal, no ahora. No para las pocas horas que le quedan por respirar. Fatigada, piensa que no tiene caso vivir en función de las etiquetas sociales, del qué dirán cuando la vida se le apaga de a poco y sin poderlo evitar.
Porque sí, así es. Tiene las horas contadas. Según el diagnóstico que le dio el doctor para el momento en el que salió del hospital en estado de shock, le quedaban mil cuatrocientos cuarenta minutos de vida. En otro momento pudiera considerar que es mucho el tiempo de espera; sin embargo, en ese instante y ahora, para ella es poco tiempo, casi nada. Son pocos minutos para todo lo que había planificado hacer de su vida, hasta ahora no logró nada, apenas logró residirse en la Universidad como administradora de empresas, se sentía feliz en su trabajo, con un ascenso en puertas, y la posibilidad cada vez más latente de cambiarse a otro departamento, propio. Su vida nunca había estado mejor, y solo la alarma de lo que creyó era un simple malestar, terminó arrojándola al vacío en el que se encuentra.
Un simple vértigo; bueno, se corrige, no, no fue un simple, fueron varios simples mareos, leves dolores de cabeza y visión algo borrosa en repetidas ocasiones, la llevaron hace seis días a la emergencia del Hospital Keck de USC, en Los Ángeles, California, donde la sometieron a una serie de pruebas para determinar la causa no solo de los mareos, sino también los dolores de cabeza que había venido presentando en los últimos meses. Eran dolores muy aislados, espaciados en el tiempo que, por tal razón, Scarlette consideró siempre como signos de agotamiento por tanto trabajo y estudio sin descanso.
Ese día, después de estabilizarse le dieron el alta con la promesa de volver tres días después por los resultados de las pruebas, y ¿Cuál fue su sorpresa cuando se entrevisto con el doctor de guardia? Un cáncer cerebral en estado avanzado, al extremo de que, según el doctor, médicamente no se puede hacer nada más, sino sobrellevar la enfermedad con tratamientos paliativos.
—Vino tarde a la consulta señorita Moore. El tumor está muy avanzado, cualquier tratamiento que iniciemos será infructuoso. Le aconsejo buscar tratamientos que le ayuden a sobrellevar los dolores propios de la condición. La remitiré a la consulta
Después de escuchar estas palabras, Scarlette salió devastada de ese consultorio, quiso morir de una vez. Caminó por un puente y consideró aventarme al vacío, abordó el metro y también pensó en abandonarse a los rieles cuando el tren apareció en frente de ella y la multitud que se agolpaba a la espera de abordarlo, pero no, tampoco fue capaz.
«Soy tan cobarde que no puedo ayudar al destino a adelantar ese triste momento», Se dijo en mentalmente sintiendo la agonía del final venir sin poder detenerlo o si quiera retrasarlo.
Volviendo de golpe a su presente, su realidad, al ahora, en la salida del avión. al sentir que alguien la tropieza bruscamente, se siente tambalear en lo alto de las escaleras. Busca agarrarse de algo, pero no encuentra con qué.
—¡Hey! Cuidado —Cinthya grita y la toma por el brazo.
Al girar la mirada Scarlette ve que es un joven que de manera un tanto mal educado, pasó a su lado, llevándosela por delante sin pedir disculpas.
—Señoritas terminen de bajar —Les pide la azafata, ignorando lo sucedido y su semblante tan desencajado.
Scarlette prefiere que sea así, no quiere la compasión ni la lástima de nadie en este momento. Bastante tiene con recordarse que cada minuto perdido en la nada cuenta para quien no tiene más que unas cuantas horas de caducidad.
Hicieron caso y como si hubieran logrado activarse con rapidez realizaron todo el proceso de desembarque y salida del aeropuerto. Abordaron un taxi en la entrada y se fueron directo al hotel. Por lo avanzada de la noche, para lo mal que se ve, pudiera pensarse que ella hubiere querido llegar a descansar; sin embargo, su nivel de ansiedad es tal que dormir es lo que menos desea en estos momentos, mucho menos mantenerse encerrada en una habitación que terminará produciéndole claustrofobia.
Nunca ha sufrido de los nervios ni enfermedad alguna asociada a la alteración de los mismos, pero al saberse en la recta final de la vida, siente que todo lo que le limite le asfixia, le impide respirar con normalidad.
Así se siente ahora de solo imaginarse encerrada en la habitación a la espera que de que el cansancio la venza y permita que el sueño llegue a sus ojos.
—¿Qué piensas hacer? —Le pregunto a Cinthya cuando llegaron a la puerta de la habitación de cada una.
—¿Qué más se puede hacer? —Le inquiere Cinthya alzando los hombros—. Descansar unas cuantas horas, mañana comenzaremos tu recorrido.
—¿En serio, Cinthya? —Cuestiona Scarlette exagerando el tono de la voz—. ¿Descansar? ¿Quién te dijo que quiero descansar? ¿Sabes cuánto tiempo me queda para descansar sin ningún problema después de este viaje? —Le pregunta en tono de amargura.
Está alterada, siente que la ansiedad ha tomado el mando de su vida en estos últimos días. De la Scarlette centrada, pasiva, discreta, no hay nada. Murió antes de fallecer legal y medicamente.
Su mente va a mil por horas, es mucho lo que deseo hacer en tan poco tiempo. Sacude la cabeza y al comprender que ella realmente debe estar agotada, pues es quien ha soportado sus cambios de humor desde que llegó a su departamento a darle la fatídica noticia, Scarlette se acerca a su amiga, la abraza y le da un beso en la mejilla.
—Disculpa amiga, anda a descansar, nos vemos ahora —Le dice Scarlette y se agacho para tomar su maleta.
—¿Tú qué harás? —Le pregunta la castaña en un tono de voz somnoliento.
—Vivir amiga, lo único que me queda en esta corta vida, vivir —Le responde y abre la puerta con la tarjeta inteligente que les dieron en la recepción.
—Dame unos minutos y salgo —Le pide Cinthya.
—¿Qué vas a hacer? Duerme —Le pide.
—No, ¡Cómo crees! Vine a vivir con mi amiga, prometí acompañarte en estos días, y así será, así me esté cayendo del cansancio no te dejaré, dame unos cinco minutos y nos vamos a vivir —Le dice emocionada—. No sé a dónde rayos podremos ir a esta hora, pero salgamos.
Media hora después ambas chicas llegaron a la única discoteca abierta en toda la isla, de ello se enteramos por el chofer del taxi que abordaron en el hotel.
Sentadas en una mesa cerca de la pista de baile, Cinthya y Scarlette observan que hay muchas personas en el lugar, pese a ser pasada la medianoche. En la primera hora de estará allí, ordenaron uno, dos, tres, cuatro, cinco y ahí perdieron la cuenta de los cocteles que se tomaron.
—¿Esto es parte de tu lista de cosas por hacer? —Le pregunta Cinthya alzando el tono de la voz por el ruido de la música.
—Sííí —Responde Scarlette ebriamente animada.
Justo en ese instante, un chico le propone bailar a Cinthya, ella duda, mira a su amiga, la pelinegra de cabellera abundante, quien le hace seña para que disfrute. A fin de cuenta, para eso están aquí, para disfrutar sin detenerse en consideraciones.
Con ese pensamiento, Scarlette continuó tomando de su coctel hasta que se le terminó y pidió dos más, mientras que Cinthya aún permanecía en la pista bailando como potra desbocada. En una sola ocasión se acercó hasta la mesa, pidió un trago y el mismo chico la volvió a abordar.
—¿No te importa? —Le inquiere.
—Haz de tu vida una fiesta amiga, recuerda que solo tenemos una —Le dice Scarlette y luego se toma de un solo sorbo el resto del coctel en la copa—. No hagas como yo que voy a morir sin haber vivido ni una cuarta parte de lo que debería —Agrega con una sonrisa en los labios. Una sonrisa exagerada, producto de los efectos del licor.
Scarlette no supe en qué momento, pero me vio metida en medio de la multitud en la pista, bailando, moviendo las caderas al ritmo de la música con Cinthya y su amigo por bastante rato.
Iba a retirarse a su mesa porque comenzó a escucharse una balada y al no tener pareja de baile, decidió retiraba a paso lento, aturdida por los efectos del licor pero sintiéndome más viva que nunca, cuando unos brazos fuertes rodearon su cintura atrayéndome hacia un cuerpo extremamente duro, como una roca, impidiéndole huir en caso de querer hacerlo, cosa que ella no intentó en modo alguno, pues se sentí cómoda allí entre tanta fuerza representada por músculos y el aroma de una loción a bambú que logró altera sus sentidos.
Pegada al duro cuerpo, Scarlette levanta la mirada y se encuentra, con los ojos verdes de…
Hasta le cuesta pensar ese nombre.
—¿Maxwell? —Le pregunta atropellando las palabras en medio del aturdimiento de su mente.
—Scarlette —Le responde el hombre de metro ochenta de estatura con voz enronquecida mientras de su mirada ella cree ver fuego.
—¿Qué, qué…? —Comenzaba a preguntarle, pero él acalló mis palabras con un beso que la terminó de hacer perder toda noción del tiempo y el lugar adónde se encuentran.