capitulo 8 “El precio del liderazgo ”

1077 Palabras
El aullido de un lobo resonó a lo lejos cuando cerré la puerta de casa tras de mí. No era un sonido inusual, pero esta vez se sintió distinto… más agudo, más urgente. El eco de las últimas palabras de Thiago antes de partir todavía resonaba en mi mente. "Tengo que irme. Mi manada me necesita." Y aunque intenté convencerme de que estaría bien, de que era fuerte y podía cuidarse solo, algo dentro de mí no dejaba de tensarse. La reunión con la otra manada no era solo una reunión. Todos lo sabíamos. No después de lo que hicieron. Cuatro muertos. Cuatro lobos de su manada abatidos como si fueran bestias sin alma. Y Thiago… Thiago no iba a quedarse de brazos cruzados. Entré con el corazón encogido, fingiendo que todo estaba bien. —¿Dónde estabas? —preguntó mi madre al verme cruzar el umbral con la chaqueta aún puesta. —Con Thiago —respondí con simpleza, disimulando el nudo en la garganta. —¿Y cuándo piensas presentármelo formalmente? —preguntó con una sonrisa ladeada y un tono entre broma y curiosidad maternal. —Pero si ya lo conoces, ¿para qué quieres más? —solté rápidamente, subiendo las escaleras sin darle oportunidad de insistir. Sabía que si me quedaba un segundo más, iba a notar lo que intentaba ocultar. Kgg, esta vez me he salvado. Kgg, cambio y corto. —Sabes que no va a parar hasta que se lo presentes, ¿verdad? —comentó con una sonrisa burlona mi hermano, que se dejó caer a mi lado en la cama como si fuera la cosa más normal del mundo. —¿Y quién te dio permiso para entrar? Lárgate. —Has vuelto pronto. Pensé que estaríais más tiempo juntos —comentó, ignorando por completo mi petición. —Tuvo que irse. Se ha convocado una reunión urgente con otra manada… al parecer han cruzado los límites del territorio. Mi hermano frunció el ceño. —¿Han vuelto a violar el tratado? Asentí. —No solo eso. El alfa enemigo ejecutó a cuatro de nuestros guerreros en una emboscada al norte del río. Thiago fue claro: esto ya no es política, es guerra. —Mierda… —susurró él, sentándose más derecho. —Y aún así le llaman "reunión", como si fuera a haber diálogo. Sabemos que eso acabará en sangre. Thiago no es de los que hablan cuando ya le han matado a los suyos. —Es el alfa, Leanne. Es fuerte, sabe lo que hace. —¡Eso no me consuela! —estallé, girándome hacia él—. Ser fuerte no significa ser invencible. Esa otra manada no es una pandilla de cachorros. Son salvajes, usan trampas con plata, atacan en grupo, sin honor. Thiago va a una guerra real… no a una pelea de bar. Mi hermano me observó en silencio. Sabía que tenía razón, pero no podía decirlo. —¿Y tú qué harías? ¿Marcharías con él como si nada? —preguntó al fin, en voz baja. —Si estuviera marcada… podría sentir lo que él siente. Saber si está herido, si está sufriendo, si está… muriendo —dije en voz baja, sintiendo cómo el miedo se apoderaba de mí. Me quedé callada un momento. La idea me atravesó el pecho como una lanza. ¿Y si no volvía? —¿Te imaginas lo que sería no saber nada? Ni dónde está, ni si sigue vivo… —Por eso no puedes dejar que el miedo te consuma. No ayuda —dijo él, con tono sereno. —No es miedo. Es... impotencia. Saber que hay una guerra librándose a kilómetros de aquí, que el chico al que empiezo a querer está allá fuera con los dientes y las garras al descubierto, y yo estoy aquí… escribiendo una maldita canción para la clase de música. —No puedes hacer otra cosa, Lele. Eres humana, por ahora. Esa es tu batalla. La espera. —Y esa es la más difícil —murmuré. —Ahora sí me puedes echar —bromeó, intentando aligerar el ambiente. —Sí, por favor —respondí con una débil sonrisa. Cuando se fue, respiré hondo, intentando recuperar algo de equilibrio. Tomé mi libreta, y con el bolígrafo en mano empecé a escribir como si cada palabra pudiera alejar a Thiago de la muerte. Unos minutos después, Kyleigh entró sin anunciarse, como siempre. —¡Hola hola! —canturreó. —¿Qué haces aquí? —pregunté sin levantar la cabeza. —Trabajo de música. Me aburría en casa —se tumbó a mi lado con total naturalidad. Después de una breve discusión donde dejó claro que no tenía idea musical alguna, me pidió leer la canción. Le entregué la libreta, y enseguida notó el contenido. —¿Es para Thiago? Negué al principio, pero ella ya lo sabía. Y cuando no respondí, añadió: —¿Estás preocupada por él, verdad? La palabra preocupada se quedaba corta. No era sólo eso. Era ansiedad. Era terror. Era sentir que mi pecho se apretaba cada vez que imaginaba a Thiago peleando con otros lobos en el bosque, escuchando gritos, huesos romperse, sangre derramarse en la tierra. Y el problema no era que no supiera defenderse. Lo sabía. Pero eso no garantizaba nada en una guerra. —No quiero quererle —susurré, rompiéndome. Kyleigh me abrazó sin decir nada al principio. Dejó que las lágrimas cayeran, suaves, silenciosas, como si supiera que era necesario. —Nadie elige de quién enamorarse, Lele. Solo pasa. Y cuando pasa… lo único que puedes hacer es sentirlo. —Si estuviera transformada, podría estar a su lado —murmuré. —Y morirías. ¿De verdad crees que él te dejaría ir? Tú no eres un soldado, Lele. Eres su corazón. Me abrazó más fuerte. —Relájate. Vamos a grabar la canción. Así no pensarás en él por un rato —dijo, sonriendo. —Sí claro, porque grabar una canción sobre él es una gran distracción —respondí con sarcasmo. —Cuando menos lo esperes, Thiago entrará por tu ventana, cubierto de barro y con una rosa entre los dientes —rió. —Vaya, gracias. Me siento muchísimo más segura ahora —sonreí débilmente. Me aclaré la garganta y comencé a cantar con voz temblorosa, pero firme: "Les escuchas marchando detrás de ti Soldados en fila, están detrás de ti, cariño Sé que tú das tu vida por la ciudad ¿No puedes oír las campanas? Oh, te están llamando..."
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