La luz del amanecer se colaba por las ventanas, deslizándose por los fríos pasillos de piedra. Tracy abrió los ojos con un nudo en el estómago. No sabía nombrar esa sensación, pero la sentía en la piel, como electricidad estática. Era como si algo invisible la vigilara. Más que de costumbre. Lo ignoró, como siempre hacía, y se preparó para otro día en la sombra: obedecer, callar, desaparecer.
Adrian Belmont seguía en su oficina, con los puños cerrados sobre el escritorio. En su mente solo resonaba una palabra: Mate. El lobo dentro de él aullaba, reclamando lo que consideraba suyo. Pero Adrian no lo aceptaba. No podía. "Tiene que ser un error," pensó con furia. "Ella no puede ser. Es solo una sirvienta." Pero la certeza lo carcomía, como una brasa encendida bajo la piel.
Lucas, en cambio, no se contenía. Caminaba por el corredor con su habitual aire despreocupado, hasta que la vio. Tracy limpiaba el suelo, concentrada en su tarea. Él se detuvo, ladeó la cabeza y sonrió con descaro. Se acercó lo justo para captar su aroma: vainilla con un fondo cálido, como madera dulce.
—Vaya, Tracy… hoy te ves distinta —dijo, la voz ronca, divertida.
Ella frunció el ceño y desvió la mirada.
—Siempre me veo igual, señor Lucas —respondió, esforzándose por mantener la calma. Pero algo en su tono, en sus ojos, le revolvió el estómago. Como si, de repente, él realmente la estuviera viendo.
Desde la distancia, Santiago la observaba en silencio. Más reservado que sus hermanos, aún no sabía cómo manejar lo que sentía. Lo de anoche no había sido un error. La conexión, el instinto, todo lo confirmaba: Tracy era su mate. Y eso lo desconcertaba tanto como lo atraía.
Horas después, en la cocina, Tracy sintió que alguien estaba detrás. No tuvo tiempo de girarse. Un roce apenas perceptible en su brazo le robó el aliento. Era como fuego líquido recorriéndole la piel. Al alzar la mirada, se topó con los ojos de Adrian. Intensos. Indescifrables.
Pero en cuanto él notó su reacción, retrocedió de golpe, como si hubiera tocado una llama.
—Ten cuidado, criada —soltó con frialdad antes de marcharse.
Tracy se quedó quieta, llevándose la mano al brazo que aún le ardía. No entendía qué había pasado, pero supo, sin dudar, que todo estaba cambiando. Y, por primera vez, sintió miedo.
Muy lejos de ahí, entre los árboles que marcaban los límites del territorio Belmont, algo se movía. Una figura delgada, casi líquida, se deslizaba entre sombras. Dos ojos rojos brillaron con malicia, y una sonrisa afilada se dibujó en un rostro pálido.
—El juego ha comenzado —murmuró el vampiro, antes de fundirse con la oscuridad.