SAMUEL La hora de irnos había llegado. Pedimos un taxi hasta la estación. Estamos listos, los bolsos cargados, los cuerpos en esa tensión de quien sabe que está a punto de partir. Pero antes de subir, tomé la decisión más estúpida de mi vida. Otra vez. —Voy a quedarme unos días— digo. Sofía me miró con esos ojos que ya lo sabían antes de que yo abriera la boca. Fue más comprensible de lo que merecía. Para ella, esta decisión significaba darme un tiempo para dejar heridas y reconocerme, para sanar lo que fuera que me tenía atado a este lugar. Una oportunidad. Un voto de confianza que yo sabía, en el fondo, que no merecía. Mis amigos, en cambio, no se anduvieron con sutilezas. —Eres un idiota —dijo Bastián, cerrando la puerta del taxi con más fuerza de la necesaria—. Una g****a más en

