VALERIA Me mira fijamente. Tiene los ojos encendidos, como si intentaran decirme algo que sus palabras no pueden. Lo conozco demasiado para no entender: detrás de esa furia hay un dolor inmenso. La observo unos segundos. De repente aprieta mi brazo con fuerza y suelto un quejido. —¿Qué has hecho con mi vida? —grita, con la voz quebrada—. ¡Responde, carajo! —Suéltame, Samuel, me haces daño. —¿Daño? ¿Tú me hablas de daño? —su risa es amarga mientras me sacude por los hombros—. ¿Por qué, aunque te odio con toda mi alma, sigues atormentándome? ¡Mírame, mierda! ¡Mira lo que hiciste! Intento apartarme, pero me sujeta con más fuerza. Sus dedos se clavan en mi piel. —Odio que me mires así —sigue, fuera de sí—. ¡Deja de mirarme! Odio que aunque no quiera verte, tu puta imagen me persiga. Cie

