VALERIA
El cuerpo de Samuel es un peso cálido y satisfactorio a mi lado, su respiración aún agitada, mezclada con la mía en el aire cargado de la habitación. La sábana blanca nos cubre hasta la cintura, dejando al descubierto su pecho desnudo, ese torso que hace apenas unos minutos recorrí con las manos, con los labios, con la urgencia de quien se ahoga y encuentra por fin aire.
Cuando gira la cabeza sobre la almohada, sus ojos, aún velados por el deseo reciente, me encuentran. Hay en ellos una luz nueva, algo que brilla más allá de la satisfacción física. Algo que me desarma.
Su mano aparta mis cabellos de la frente con una lentitud infinita, como si cada gesto mereciera ser saboreado. Luego sonríe.
—Eres tan hermosa, Val —susurra, y su voz es un trémolo de emoción contenida—. Haces que mi corazón se vuelque en tanto amor que no sé dónde guardarlo.
Acerca sus labios a los míos y me besa. Es un beso diferente a los de antes. No tiene la urgencia del primer encuentro, ni la voracidad de la entrega. Es un beso lento, profundo, de esos que se dan cuando no hay prisa, cuando se quiere saborear cada segundo.
Algo en mí se queda inmóvil. Recibo sus besos como quien recibe una ofrenda que no merece. Y eso, precisamente eso, es lo que duele.
—Samuel… —intento decir, pero él pone un dedo sobre mis labios.
—No digas nada, por favor —pide, y su voz es una caricia—. Déjame respirar este momento. Déjame guardarlo para siempre.
—¡Dios! —exhalo, y una risa nerviosa se escapa de mí—. No vuelvas a… —me aparto de sus labios apenas un centímetro, pero suficiente para mirarlo a los ojos—. Besas tan rico.
Él ríe, y su risa es como el sol después de la lluvia.
—Aprendo rápido —dice con orgullo infantil—. Y tengo una excelente maestra.
Río también, pero la risa se congela en mi garganta cuando recuerdo lo que tengo que decir. Lo que debería haber dicho antes de dejar que esto pasara.
—Samuel —empiezo, y mi voz tiembla—. Sabes que lo nuestro no puede ser.
Él no se inmuta. Sigue acariciando mi brazo, trazando círculos lentos en mi piel.
—La edad no importa, Val —responde con una calma que me desconcierta—. Te amo. Eso es lo único que importa.
—Samuel, yo tengo una vida y… —tragó saliva. Las palabras pesan como piedras—. Amo a alguien más.
El silencio que sigue es denso, cargado. Pero él no aparta la mirada. No se enfada. No se rompe.
—Lo sé —dice al fin, y su voz mantiene esa calma que no entiendo—. Lo sé desde siempre.
Parpadeo, confundida.
—¿Lo sabes?
—Claro —sonríe, pero esta vez la sonrisa tiene un dejo de tristeza—. No soy ciego, Val. Una mujer hermosa como tú, a esta edad, conociendo a mucha gente, es normal que estes enamorada.
—Samuel…
—Solo quiero que me dejes conquistarte —me interrumpe, y su mano busca la mía bajo la sábana—. Sé que puedo llegar a amarte como mereces. Sé que puedo hacerte feliz. Y sé, con todo mi corazón, que llegarás a amarme como yo te amo a ti.
—No quiero lastimarte —susurro, y es verdad. Por primera vez en mucho tiempo, es completamente verdad.
—No lo harás —responde, y su seguridad es tan sólida que casi puedo tocarla—. Este es mi riesgo. Y lo asumo como un hombre que no va a dejar de luchar por el amor de su vida.
—Samuel… eres joven… y…
—Val —me interrumpe, y su voz se vuelve más grave, más seria—. Te amo desde el primer día en que te vi. ¿Recuerdas? Hace siete años, llegaste a una cena de fin de año con tu padre. Llevabas un vestido rojo y el cabello suelto, y me pareciste la criatura más hermosa que había visto jamás.
Me quedo sin aire.
—Desde hace siete años —continúa— llevo cultivando este sentimiento. Lo he guardado, lo he cuidado, lo he visto crecer. No es un capricho de adolescente, Val. No es algo que se me vaya a pasar mañana. Es lo más real que he sentido en mi vida.
Sus ojos, esos ojos marrones tan transparentes que duelen, me miran sin parpadear.
Las lágrimas empiezan a quemar detrás de mis ojos.
—Samuel…
—No me digas nada ahora —pide, acercándose para besarme la frente con una devoción que duele—. Solo prométeme que lo pensarás. Que me darás la oportunidad de demostrarte lo que siento. El resto, Val, el resto lo dejamos en manos del tiempo.
Lo miro. Veo al niño que conocí hace siete años. Veo al adolescente que creció en silencio, alimentando un amor imposible. Veo al hombre que tengo delante, desnudo y vulnerable, ofreciéndome todo lo que tiene sin pedir nada a cambio.
¿Estaré eligiendo al hombre equivocado?
—Lo que pasó… fue hermoso. Fue intenso y real, para los dos. —Vi cómo su sonrisa se matizaba, cómo la luz en sus ojos se empañaba de precaución—. Pero…
—Sin peros, Val… No soy un niño—dijo, sentándose completamente, enfrentándome, desnudo y sincero—No voy a asfixiarte. Voy a dar un paso atrás. Pero voy a convertirme en el hombre que mereces. Voy a terminar lo que empiezo, voy a hacer que mi música valga la pena, voy a construir algo sólido. Y voy a hacer que te enamores de mí. Porque yo ya estoy perdido por ti. Completamente.
Sus palabras cayeron en el silencio de la habitación como piedras preciosas en un estanque tranquilo. Una sonrisa, involuntaria, cargada de afecto y de una tristeza profunda, se dibujó en mis labios.
—Eres increíble —susurré, y esta vez mi voz traicionó un temblor—. De verdad que lo eres.
Para romper el hechizo de sus palabras, para volver a la urgencia práctica, me levanté. Recogí su ropa del suelo, donde había aterrizado en el frenesí de horas antes, y se la alcancé.
—Ahora, vístete —dije, forzando un tono ligero que sonó falso—. Y vuelve a tu habitación. Antes de que el espectro de tu padre decida hacer su ronda matutina y nos encuentre aquí. No quiero imaginar el consejo de guerra.
Él tomó la ropa y una sonrisa pícara, un destello del Samuel de antes, asomó.
—¿Me echas? —bromeó, pero sus ojos decían otra cosa.
—Te salvo —corregí suavemente.