Capitulo 20

1051 Palabras
SAMUEL Ella levanta la vista, sorprendida. —Si lo amaras de verdad —continúo, acariciando su mejilla—, tus labios no me besarían con esa pasión. Tu cuerpo no reaccionaría así cuando estoy cerca de ti. Tus ojos no brillarían de esta manera. No me mirarían como me miras ahora. —Samuel… Vuelvo a besarla. Esta vez con más seguridad, con más certeza, con toda la verdad que llevo dentro. Sus labios responden un instante, apenas un instante, antes de que me aparte y se ponga de pie. Camina hacia la ventana. —Antes de besarte —dice, y su voz es un hilo roto—, estaba segura de lo que sentía, Samuel. Él era mi todo. Mi pasión más oscura. Mi deseo. Mi locura. Habría hecho cualquier cosa por estar con él. El "él" me golpea como un puñetazo. Pero no digo nada. La dejo hablar. —Pero cuando me hizo suya… —su voz se quiebra—. Cuando al fin lo tuve… no fue lo que esperaba. No fue lo que había imaginado durante años. Me sentí… vacía. Tan vacía, Samuel. Una lágrima rueda por su mejilla. —En cambio, tú —se gira para mirarme—. Tú me haces sentir como una princesa. A tu lado me siento protegida, amada, deseada de verdad. No como un trofeo, no como un capricho, no como algo que se toma por la fuerza. ¿Por qué? Me acerco lentamente. Detengo frente a ella, tomo su rostro entre mis manos, la obligo a mirarme. —Porque quizás con él solo tenías un capricho —digo, y cada palabra sale del lugar más profundo de mi ser—. Una ilusión, una fantasía construida durante años. En cambio yo… yo te ofrezco mi amor de verdad. Ella tiembla bajo mis manos. —Y eso, Valeria —susurro—, eso no se compara con nada. Sin decir más, busco sus labios. El beso es lento al principio. Tierno. Casi una caricia. Pero pronto se transforma, se llena de todo lo que hemos callado, de todo lo que hemos sentido, de todo lo que merecemos. Aparto mis labios de su boca para bajar a su cuello. Beso ese lugar donde los latidos se sienten más fuertes, donde su piel sabe a ella, a deseo, a rendición. Un gemido se escapa de su garganta y se enreda en mi oído. Sus manos me recorren. Buscan mi piel bajo el polo, la encuentran, la acarician. Mis dedos, mientras tanto, encuentran los botones de su blusa. Uno a uno los voy liberando, dejando al descubierto más de ella, más de su piel, más de esta mujer que me está volviendo loco. La blusa cae al suelo. Ella busca mi piel con más urgencia ahora. Me quita el polo de un tirón, y sus manos recorren mi pecho, mi espalda, mis hombros, como si estuviera memorizando cada centímetro de mí. Mis dedos encuentran el cierre de su pantalón. Lo desabrocho lentamente, sintiendo cómo su respiración se acelera, cómo su cuerpo se tensa y se relaja al mismo tiempo. La tomo de la mano y la guío hacia la ventana. La luz de la tarde entra tamizada por la cortina, bañando su piel de un tono dorado que parece sacado de un sueño. Es tan hermosa que duele. La giro suavemente. Queda de espaldas a mí, frente al cristal, con las manos apoyadas en el marco. Su silueta se recorta contra la luz, perfecta, irreal, mía. Me inclino y beso su espalda. Comienzo por sus hombros, recorriendo cada vértebra con mis labios, bajando lentamente por su columna. Su piel se eriza bajo mi boca, un escalofrío que la recorre entera y que sé que es por mí. Siento su respiración hacerse más profunda, más agitada, mientras mis manos recorren sus caderas, sujetándola con la suavidad de quien sostiene algo precioso. Pero en medio de la entrega, mi mente se distrae. Con la bendita cajita que Lucas dejó sobre la mesita de noche. Está a unos pasos, tentándome, recordándome que esto es real, que estamos aquí, que todo puede pasar. Extiendo el brazo sin separar mis labios de su piel. Estiro, estiro un poco más, lo rozo y entonces la cajita cae al suelo con un golpe seco. Valeria se gira ligeramente, sorprendida por el ruido. Me mira por encima del hombro, ve mi mano extendida, la cajita en el suelo, y una pequeña risa se escapa de sus labios. —No hace falta —susurra, y su voz es una caricia—. Yo me cuido. Esa puta frase, me entra por los oídos y se instala en algún lugar muy profundo, encendiéndome. Busco su entrada con mis dedos, lentamente, sintiendo su calor, su humedad, su respuesta. Ella se arquea contra mí, un gemido escapa de su garganta mientras su espalda se presiona contra mi pecho. Su cabeza cae hacia atrás, apoyándose en mi hombro, y puedo ver su rostro de perfil, los ojos cerrados, la boca entreabierta, la expresión de alguien que se deja llevar. La música de Lucas sigue sonando al otro lado de la pared. Un ritmo lento, sensual, que marca el compás de lo que está pasando. Mis caderas comienzan a moverse al mismo tiempo que mis dedos, entrando y saliendo, encontrando su ritmo, fundiéndome con ella. Ella responde. Sus caderas se mueven con las mías, encontrando el compás, pidiendo más. Una de sus manos busca la mía, entrelaza nuestros dedos sobre su vientre. La otra se apoya en el marco de la ventana, sosteniéndonos a ambos. Mis caricias se intensifican, siento cómo su cuerpo tiembla, cómo se tensa, cómo se acerca al borde. Su respiración es puro jadeo y sus gemidos se mezclan con la música, con el latido de mi corazón, con todo. —No pares —susurra—. Por favor, no pares. Cuando el orgasmo la alcanza, su cuerpo se tensa por completo, un grito ahogado escapando de sus labios mientras se deja llevar. La sostengo, la abrazo, la contengo mientras tiembla entre mis brazos. Luego, lentamente, la giro para quedar frente a frente. Su rostro está encendido, sus ojos brillan, su sonrisa es todo lo que necesito ver. —Ven aquí —murmuro, y la atraigo hacia mí. Nos besamos mientras la música se sigue escuchando.
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